Anastasia

La gran duquesa rusa que se convirtió en mito.

Durante años se especuló con la posibilidad de que ella fuera la única de los cinco hijos del zar Nicolás II que se había salvado de la matanza que, en 1918, acabó con la familia imperial rusa.

Anastasia Despuntaba Tanto Por Su Belleza Como Por Su Inteligencia.

Anastasia despuntaba tanto por su belleza como por su inteligencia.

Anastasia fue la cuarta de los cinco hijos del último Zar de Rusia, Nicolás II, y su esposa, la emperatriz Alexandra. Nació el 5 de junio de 1901 en el Palacio de San Petersburgo. Desde pequeña destacó por su carácter alegre y su inteligencia. De sus cuatro hermanos, Olga, Tatiana, María y Alexéi, era la que más interés demostraba por los estudios. Pierre Gilliard, uno de sus tutores, la definió como «puro nervio y muy pícara».

Muy unida a su hermano pequeño, Alexéi

Siempre estuvo muy unida a Alexéi, heredero al trono de Rusia. No sólo porque se llevaban sólo tres años de edad (él nació en 1904), sino porque la enfermedad de éste, hemofilia, hizo que sintiera un cariño especial por él. Cuando el niño sufría alguna crisis, Anastasia acudía a su habitación y lo entretenía con sus imaginativas ocurrencias, haciéndole olvidar su sufrimiento. Cuando Alexéi sanaba, correteaban juntos por los jardines de palacio.
A pesar de que la familia Romanov era una de las más poderosas del momento, sus cuatro hijas nunca tuvieron habitación propia. Dormían juntas en una amplia estancia y sobre sencillos catres, fáciles de trasladar cuando la familia viajaba. Tanto Anastasia como sus hermanas preferían que se las llamase por su nombre, y no por su título de Grandes Duquesas (superior al de princesa), que las incomodaba. Disfrutaron de una infancia feliz junto a sus padres (hay muchas fotos de la familia donde se les ve sonriendo en el jardín de palacio o sobre la cubierta de su yate privado), pero los hijos del Zar apenas tuvieron contacto con otros niños, lo que provocó que fueran más inmaduros que otros jóvenes de su edad. Por ese motivo, Anastasia nunca tuvo novio y, cuando entró en la adolescencia, se dedicó, como sus hermanas, a coquetear con los marineros que cuidaban del yate familiar. Alexéi, por su parte, vivía sobreprotegido. Debido a su enfermedad, su madre lo mantenía constantemente vigilado, cuidando de que no se hiciera ninguna herida que, para él, podía resultar mortal.

La revolución bolchevique de 1917

Pero la tranquila vida familiar de los Romanov se truncó en 1917, con la revolución bolchevique dirigida por Lenin. Las derrotas militares y los sufrimientos del pueblo ruso, a quien se negó a escuchar, supusieron la caída de Nicolás II, quien fue obligado a abdicar en marzo de ese año.

Tras la abdicación, los Romanov permanecieron prisioneros junto a su médico particular, el cocinero, el mayordomo de Nicolás II y la doncella de la Zarina en Tsarcoye Selo. Allí, padecieron todo tipo de humillaciones y vivieron confinados en una pequeña zona de la casa, siendo obligados a trabajar la tierra para plantar un pequeño huerto cuyos frutos nunca vieron crecer, puesto que pronto fueron trasladados a Tobolsk, donde pasaron ocho meses mucho más duros que los anteriores, sobre todo después de que los bolcheviques, al llegar al poder en octubre de 1917, implantaran el comunismo. Apenas recibían comida, ya que les dieron cartillas de racionamiento, y estaban constantemente vigilados por los guardianes de la casa.

 

Cuando todavía era Gran Duquesa de Rusia, Anastasia en una visita a unos soldados rusos convalecientes.

 

La familia recluida en Ekaterimburgo  

Un día, llegó un comisario, diciendo que tenía órdenes de trasladarlos a Moscú para someterlos a juicio. Alexéi, debido a su mal estado, no pudo viajar, así que sólo lo hicieron el Zar, la Zarina y la gran duquesa María. Pero no llegaron a Moscú. Los obligaron a quedarse recluidos en Ekaterimburgo. Cuando Alexéi sanó, los demás miembros de la familia se reunieron con ellos. Era mayo de 1918, y vivieron sus últimos meses en una casa rodeada de altas vallas y con las ventanas pintadas, para que nadie pudiera verlos, vigilados por rudos campesinos y obreros siberianos que disfrutaban humillándolos.

Asesinados a balazos

En la madrugada del 17 de julio de 1918, hicieron bajar a toda la familia y a los cuatro sirvientes que los acompañaban al sótano de la casa. Entonces, 11 hombres armados entraron en la sala y, tras leer una breve sentencia de muerte, empezaron a disparar. No todos murieron con la primera descarga y, para asegurarse de que ninguno salía de allá con vida, hundieron las bayonetas en sus cuerpos. Después, los llevaron a un bosque a las afueras de la ciudad, los descuartizaron y les prendieron fuego. Sobre los restos echaron ácido sulfúrico, con el fin de no dejar huellas de la masacre, ya que pretendían que nunca nadie supiera lo que había sucedido.

En 1991, gracias a los cambios producidos en la antigua Unión Soviética tras la caída del comunismo, se autorizó a desenterrar los restos hallados en 1979 en dos fosas comunes cercanas. A partir de 1997 se sometió a los restos a pruebas de ADN para verificar que se trataba de los Romanov. Cruzaron sus códigos genéticos con muestras sanguíneas de familiares muertos y vivos y, finalmente, llegaron a la conclusión de que eran ellos. Lo único que no quedó claro fue la identidad de una de las tres hijas del zar enterradas en la fosa de menor tamaño, dudando de si unos de los restos pertenecían a María o a Anastasia. Pero finalmente quedó aclarado el asunto y concluyeron que se trataba de Anastasia, atribuyendo los huesos y cenizas de la tumba vecina a María y Alexéi. El 17 de julio de 1998, los restos de la familia imperial rusa fueron sepultados definitivamente en el transcurso de una ceremonia oficial en la catedral de Pedro y Pablo de San Petersburgo.

Anna Anderson: la «otra» Anastasia

Varias mujeres se han encargado de mantener viva a Anastasia, diciendo que no murió en aquella masacre y que ellas eran la cuarta hija del último Zar de Rusia. La más inquietante de todas ellas fue Anna Anderson, a quien un policía salvó de morir ahogada una noche de 1920. La joven, que entonces tenía 20 años, se había lanzado a un canal de Berlín y estaba muy asustada. Como rehusaba revelar su identidad o responder a las preguntas que le hacían sobre su intento de suicidio, fue internada en un hospital psiquiátrico, registrada como «Señorita desconocida». Le diagnosticaron una enfermedad mental «de carácter depresivo» y, finalmente, confesó a una enfermera que ella era la Gran Duquesa Anastasia de Rusia, y que había podido escapar de la masacre de Ekaterimburgo la noche del 16 al 17 de julio de 1918. Pese a su gran parecido con Anastasia, nunca pudo explicar de manera convincente cómo escapó. Su versión de que sobrevivió a las balas y bayonetas, y que luego la rescató un guardia bolchevique que se convirtió en su amante no parece posible. Y cuando dos de los parientes del Zar que vivían en Europa tras escapar de la revolución (la Gran Duquesa Olga, hermana de Nicolás II, y la princesa Irene de Prusia, hermana de la Zarina), se entrevistaron con ella para verificar si era Anastasia, dijeron que era una farsante. Sin embargo, la hija del médico de la familia imperial la creyó, y también uno de los hijos de Irene, quien compiló una lista de preguntas que sólo Anastasia podía responder y quedó convencido de que era ella.

La insistencia de esta mujer, que publicó el libro «Yo soy Anastasia», llamó la atención de Hollywood, y su historia fue protagonizada por Ingrid Bergman, quien ganó un Oscar en 1956.