Che Guevara

Líder revolucionario e icono universal

Cuando se cumplen 50 años de la muerte del argentino y un libro de su hermano aporta nuevos datos sobre él, la figura de Ernesto Guevara sigue siendo uno de los grandes mitos de la historia mundial.

Ernesto Guevara de la Serna nació el 14 de junio de 1928 en la ciudad de Rosario (Argentina) y fue el primogénito de cinco hermanos: Celia, Roberto, Ana María y Juan Martín. Su madre, Celia de la Serna y Llosa, procedía de una familia acomodada argentina, y su padre, Ernesto Guevara Lynch, era socio de una empresa de construcción naval. A pesar de su origen acomodado, sus padres renunciaron a su elevado estatus. «Mi madre tenía un carácter firme, difícil, rebelde e independiente. Además de feminista antes de hora, fue una de las primeras argentinas en cortarse el pelo a lo “garçon”, llevar pantalones, fumar y conducir. Y mi padre era marginal y soñador. Ambos no tenían nada de conservadores. Más bien al revés: vivieron una existencia bohemia y liberal, en perpetuo movimiento, económicamente precaria, muy alejada de la que tuvieron sus padres», recuerda Juan Martín Guevara, hermano menor de Ernesto, en «Mi hermano el Che» (Alianza editorial), libro que se ha publicado en el 50 aniversario de la muerte del icónico revolucionario.


Aquejado de asma

Ernesto pasó los dos primeros años de su vida en Puerto Caraguatay, una localidad ubicada en la frondosa y salvaje provincia de Misiones, donde sus padres tenían una plantación de yerba mate. En 1930, volvieron a Buenos Aires, donde detectaron que el pequeño Ernesto tenía ataques de asma que le dejaban muy debilitado. Los tratamientos no funcionaban y sus padres, aconsejados por los médicos, se mudaron a la ciudad de Alta Gracia, en Córdoba, cuyo clima seco era más favorable para que el niño sobrellevara la enfermedad. Allí pasó su infancia y adolescencia, en un ambiente familiar de libertad de pensamiento y acción. «Mis padres no nos imponían ninguna manera de pensar. Nos animaban a que nos las apañáramos, convencidos de que teníamos que vivir nuestras propias experiencias, aunque eso pudiera perjudicarnos», recuerda Juan Martín Guevara.
Su tenacidad le sirvió para llevar su enfermedad de la mejor manera y hasta se decidió a practicar deportes como el golf y el rugby –éste último se le daba especialmente bien–. Fueron años felices. Ernesto tenía una buena pandilla de amigos y triunfaba entre las chicas adolescentes por su personalidad arrolladora y su talante seductor. 
A los 16 años, el joven se matriculó en la Universidad de Córdoba para estudiar Ingeniería, una carrera que pronto cambiaría por la de Medicina. Su condición de asmático le libró de hacer el servicio militar, le convirtió en un ávido lector y en un gran aficionado al ajedrez y desarrolló un fuerte espíritu de disciplina y autocontrol. En 1948, cuando Ernesto tenía 20 años, sus padres se separaron, aunque siguieron viviendo bajo el mismo techo.
El viaje que le descubrió la pobreza de América 
En su adolescencia, Ernesto no tuvo inquietudes sociales ni políticas y jamás militó en ningún partido ni asociación, pero tenía una gran inquietud por viajar, por conocer otros países, otros pueblos. Así, a los 23 años, emprendió el primero de sus dos grandes recorridos por el continente. Con poco dinero en el bolsillo, mucha ilusión y a bordo de una motocicleta, él y su mejor amigo del colegio, Alberto Granado, pudieron conocer de cerca la miseria y las injusticias que se vivían en muchos países de América Latina. Atento, observador y muy crítico, Ernesto iba anotando en un diario todas sus impresiones y experiencias –en el que se basaría la deliciosa película «Diarios de motocicleta», protagonizada por Gael García Bernal– y fue sintiéndose cada vez más comprometido con los problemas sociales. 


Primer matrimonio con una exiliada peruana


Tras ocho meses de viaje, Ernesto regresó a Buenos Aires, después de que su amigo Alberto se hubiera quedado a trabajar en Venezuela, pero aquel viaje le cambió radicalmente la vida. «El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina. El que las ordena y pule, yo, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo anterior. Este vagar sin rumbo por nuestra “Mayúscula América” me ha cambiado más de lo que creí», reflexionaba Guevara sobre él mismo.
Ernesto prosiguió con sus estudios de Medicina, ya que le quedaban 15 asignaturas para acabar. Se metió de lleno en la carrera y, haciendo gala de su capacidad intelectual y su extraordinaria memoria, obtuvo el título en un tiempo récord. Se doctoró en 1953, pero decició que, por el momento, no iba a ejercer. Sus proyectos pasaban por viajar de nuevo. En aquel entonces ya no salía con la que había sido su novia desde hacía dos años, María del Carmen Ferreyra –a quien apodaban  Chichina–, una joven que pertenecía a una de las familias más ricas de Córdoba. Era el momento ideal para marcharse de nuevo y así fue. 
En julio de 1953, Guevara emprendió una nueva aventura, esta vez con su amigo Carlos «Calica» Ferrer, por Sudamérica y Centroamérica. Descubrió la indigencia en la que vivían los mineros en Bolivia, un país sacudido por la revolución. También pasó por Perú y Guatemala. En este último país conoció a Hilda Gadea, una exiliada peruana con la que se casó en 1955. Hilda le introdujo en los círculos políticos de izquierdas de una Bolivia convulsa y agitada. Obligado a abandonar el país tras el triunfo del golpe militar que acabó con el guatemalteco Jacobo Arbenz, Guevara se marchó a México, donde conoció a Fidel Castro y a su hermano, Raúl, con los que sintonizó desde el primer momento y a quienes se unió como militante del Movimiento del 26 de julio, una organización creada para acabar con el dictador cubano Fulgencio Batista. En 1956, Ernesto –que ya era conocido como Che por ser argentino– y su mujer tuvieron a su primera hija, a la que llamaron Hilda Beatriz. La pareja, sin embargo, entró en crisis y acabaron rompiendo su relación. 

 

hijos del che guevara1

Con su segunda esposa, Aleida, y los cuatro hijos que tuvieron: Aleida, Camilo, Celia y Ernesto. El pequeño tenía sólo 2 años cuando asesinaron a su padre.


Aleida, la revolucionaria que lo conquistó 


En el terreno revolucionario, el Che seguía entregado a la causa cubana. Ese mismo verano, se embarcó, junto con 81 guerrilleros más, en el «Granma», un viejo yate que Fidel había comprado unas semanas antes. La intención era aniquilar a Batista. Sin embargo, al llegar a la isla, la mayoría fueron abatidos por el ejército cubano. Ernesto y Camilo Cienfuegos –amigo suyo y uno de los grandes referentes de la revolución– corrieron mejor suerte y salieron ilesos de la contienda. Se refugiaron en Sierra Maestra, desde donde planificaron el contraataque con los pocos guerrilleros que sobrevivieron. Nombrado comandante por Fidel, el Che lideró el ejército revolucionario, que fue ganando batallas. Finalmente, el 2 de enero de 1959, lograron entrar en la Habana y derrocar a Batista. Fue el triunfo de la revolución y el inicio del mito del Che. 
La dimensión política de Ernesto empezaba a consolidarse. Nombrado a finales de 1959 ministro de Industria y, después, presidente del Banco Nacional, el argentino representó internacionalmente a Cuba muchas veces. Entre ellas, en las reuniones con la Unión Soviética para firmar acuerdos comerciales. En lo personal, el Che se casó en junio de ese año con Aleida March, una intrépida guerrillera cubana a la que había conocido durante la revolución. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Aleida, Camilo, Celia y Ernesto, nacidos entre 1960 y 1965. Su pensamiento internacionalista, su estrategia de lucha armada generalizada y su espíritu idealista chocaban con el comunismo pragmático y las ansias de poder de Fidel Castro. En 1965, el Che escribió una carta al líder de la revolución cubana en la que le comunicaba que renunciaba a sus cargos políticos y a su ciudadanía cubana. La misiva, que fue leída durante el Primer Congreso del Partido Comunista Cubano y retransmitida por la televisión, acababa con la frase «Hasta la victoria, siempre», un lema que ha quedado en la memoria colectiva y retrata el espíritu del luchador argentino. 


Lucha armada en Tanzania y Bolivia


A partir de entonces, el Che centró sus esfuerzos en apoyar los movimientos revolucionarios en África, y concretamente, en el Congo. Su participación en la rebelión congoleña fue un fracaso y, tras pasar un tiempo en Tanzania, decidió iniciar una acción guerrillera en Bolivia, contando con el apoyo de Fidel. Pero, a pesar de su gran entusiasmo, la contienda estaba destinada a la derrota. El 7 de octubre de 1967, el Che fue herido de bala en la Quebrada del Yuro, un barranco en el que se había atrincherado con su debilitado ejército. Desde allí fue trasladado a una escuela municipal de La Higuera, una aldea del sur de Bolivia, donde fue fusilado por Mario Terán Salazar, un teniente a quien le temblaba el pulso antes de disparar. «Póngase sereno y apunte bien. Va a matar a un hombre», fueron las últimas palabras que, al parecer, pronunció el Che antes de morir. Su hermano Juan Martín asegura que murió de pie. «Querían que lo hiciera sentado, para humillarlo. Protestó y ganó aquella última batalla», dice. 
Su cuerpo fue trasladado en helicóptero a Vallegrande, donde los militares bolivianos lo expusieron a la prensa. La imagen del Che semidesnudo, descalzo y con los ojos abiertos, dio la vuelta al mundo. El cadáver fue enterrado, junto con el de otros revolucionarios, en una fosa común. En junio de 1997, casi 30 años después de su muerte, un equipo de científicos cubanos encontró en Valle Grande esos supuestos restos y, el 12 de julio de ese mismo año, fueron trasladados a la localidad cubana de Santa Clara, donde se les rindió un emotivo funeral y recibieron sepultura. Sin embargo, algunos historiadores creen que aquellos no eran, realmente, los restos mortales del revolucionario. El escritor J.J. Benítez, que acaba de publicar «Tengo a papá. Las últimas horas del Che» (Editorial Planeta), asegura que no están en Cuba, sino que siguen en Bolivia. Sea como fuere, 50 años después de su muerte, el Che sigue desatando pasiones y la admiración que corresponde a ser un mito del siglo XX.