Duquesa de la Victoria

Impulsora de la Cruz Roja en España

La serie de Antena 3 «Tiempos de guerra» ha descubierto a esta aristócrata madrileña, Carmen Angoloti y Mesa, que puso en marcha varios hospitales y salvó la vida de miles de soldados.

Carmen Angoloti y Mesa nació el 7 de septiembre de 1875 en Madrid. Fue la tercera de los cuatro hijos de Joaquín Angoloti Merlo, político, diplomático y presidente de la Cámara de Comercio de Madrid, y Carmen Mesa. Su infancia transcurrió de forma tranquila y fue criada por un ama de Lequeitio, que se ocupaba de ella y de su hermana, ya que sus hermanos varones eran mucho más mayores.
Cuando su madre falleció, Carmen era apenas una niña y quedó sumida en una gran tristeza. Pero, si algo caracterizaba a la futura duquesa de la Victoria era su optimismo y su fortaleza, que le permitieron seguir adelante con una determinación que aplicaría a lo largo de su vida. En la escuela, las lecturas de Julio Verne despertaron en ella una gran atracción por las aventuras y los viajes, aunque nunca faltó a las fiestas y los eventos sociales del Madrid de la época ni al palco del Teatro Real, donde ella y su hermana destacaban por su belleza. Entre sus aficiones estaba la música (era una excelente pianista) y la lectura. En su casa de Madrid tenía más de 3.000 volúmenes y otros 7.000 en su finca de Valencia de Alcántara. También dedicó mucho tiempo al deporte: jugaba a tenis con la reina Victoria Eugenia y sus hijas, las infantas Beatriz y María Cristina, y era una entusiasta del golf, el hockey, las regatas y el esquí.  
Para entender cómo era Carmen, sirve una descripción que Ignacio Angoloti de Cárdenas, su sobrino, hizo en el libro «La duquesa de la Victoria», publicado en 1958: «Su manera de andar, su fortaleza física, sus movimientos y su finura hicieron que, aunque sólo fuera físicamente, lograse destacar entre sus semejantes. Siempre ha tenido a gala no llevar maquillaje, como asimismo ha prodigado muy poco los adornos excesivos, y en palacio llamaba la atención por ser la dama de la Reina que ostentaba menos alhajas y joyas».  


Se casó a los 17 años y nunca tuvo hijos


Pronto, un apuesto oficial de caballería se fijó en ella: Pablo Montesinos y Espartero, ayudante de cámara y escolta de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg y III duque de la Victoria y III conde de Luchana. La pareja contrajo matrimonio el 1 de enero de 1982, cuando ella tenía 17 años, y no tuvieron descendencia. En 1899, Carmen recorrió con su marido Rusia y varios países europeos, entre ellos Alemania, Suiza, Holanda y Francia, para instalarse, a principios del siglo XX, en Berlín, donde su marido fue destinado como agregado militar durante tres años, en los que entablaron  relación con el káiser Guillermo II. Su regreso a Madrid, en 1906, marcó el inicio de una nueva etapa en su vida a raíz de una audiencia con la reina Victoria Eugenia, con la que compartía amistad, y su gran vocación, que fueron las obras de caridad y la colaboración activa con la Cruz Roja. Entre 1918 y 1920 estudió enfermería en esa institución benéfica para, después, dirigir el Hospital de San José y Santa Adela en Madrid, primer centro nacional de la Cruz Roja y que ella ayudó a financiar. 


Conmovida por el desastre militar de África 


Su vida transcurría sin mayores contratiempos entre su profesión y su participación en las celebraciones de palacio, hasta que, en julio de 1921, cuando acompañaba a Victoria Eugenia en un viaje a San Sebastián, se produjo el desastre de Annual, la catástrofe más recordada de la Guerra de Marruecos, que se saldó con el balance de 13.000 soldados españoles muertos. «Estábamos en San Sebastián cuando nos conmovió el desastre de África. Entonces, la reina, acordándose de lo necesario que era en Melilla el humanitario servicio de la Cruz Roja, me dijo: “Vete allí y verás lo que puedes hacer”. El honor que para mí envolvía aquel mandato me dio aliento para asumir la responsabilidad de servir a la augusta señora; lo demás era facilísimo. La reina me dirigía, me enviaba cuantos recursos precisaba, siempre atenta en aliviar las desdichas de los soldados heridos. Me acompañaron dos señoritas madrileñas: María Benavente, hija del ilustre doctor y sobrina del gran dramaturgo, y Mimí Merry del Val», explicó Carmen en un reportaje publicado ese año. 
Pero Carmen y su equipo de enfermeras fueron recibidas con escepticismo y cierta ironía por las autoridades militares de Melilla, que consideraban el envío de las enfermeras como un error y una frivolidad de la reina, ya que una guerra no era lugar para mujeres. Lejos de amedrentarse, la duquesa de la Victoria se encaró con el responsable del cuerpo de sanidad militar y le dijo: «O con usted o contra usted. Es orden de la reina y basta». 
Desde ese momento, se puso en marcha hasta encontrar espacios para habilitar hospitales y, después, los recursos necesarios para organizarlos y poder tratar y curar a los enfermos y a los heridos, desde las camas hasta el material quirúrgico. Fue tal su empeño que, el 4 de agosto de 1921, inauguró en Melilla el primer hospital en un antiguo seminario de los hermanos de la Doctrina Cristiana, con capacidad para 100 camas. Después, y visto el empuje de la duquesa y su equipo, el ayuntamiento cedió una escuela para transformarla en hospital, con 200 camas de capacidad. Mientras, desde Madrid, Victoria Eugenia se convirtió en su gran aliada. Ese año, instauró el Día de la Banderita, dedicado a la cuestación «para obtener recursos para su labor en tierras africanas». 
Tras los dos hospitales de Melilla, la duquesa extendió la labor humanitaria de la Cruz Roja a las localidades de Larache, Ceuta, Chaouen y hasta un total de 22, durante el tiempo que fue presidenta de la Cruz Roja Española. Pero su labor, como explica Ignacio Angoloti, no se limitó a la realizada en los hospitales y otros centros sanitarios, sino que la duquesa, a quien los heridos llamaban madre Carmen, también estuvo al pie del cañón, en el mismo frente, ocupándose de cientos de heridos que «fueron curados en primera instancia por sus manos caritativas».  

 

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Alicia Borrachero, que la interpreta en la serie de televisión.


Un monumento junto al Hospital de San José 


El papel de Carmen en Marruecos despertó la admiración no sólo de los militares, los legionarios y los reyes, sino también de los políticos. El diputado socialista Indalecio Prieto declaró: «Conozco en esta guerra un heroísmo ante el cual me hincaría de rodillas, y es el de unas damas que, sea cual fuere su alcurnia, una conciencia honrada como la mía no puede pasar en silencio. Me refiero a ese grupo pequeño, diminuto, ínfimo, capitaneado por esa heroína que se llama duquesa de la Victoria. Es el único heroísmo español del cual he sido testigo, el único que me siento con valor para exaltar aquí; pero con la exaltación tiene que ir la honda lamentación, entre lágrimas, de que sea un puñado tan escaso, cinco, seis u ocho mujeres, las que andan atendiendo a los heridos, clavando los féretros, amortajando los cadáveres». 
Finalizada la Guerra de África en 1927, la duquesa de la Victoria fue condecorada con la Gran Cruz del Mérito Militar con el distintivo rojo por su permanencia en los campos de batalla, siendo la única mujer española que la conseguía. Otro homenaje que le rindieron fue erigir un monumento en su honor junto al Hospital de San José y Santa Adela, inaugurado por Victoria Eugenia en 1925. 


Liberada de la cárcel y exilio en Marsella 


En abril de 1931, Carmen acompañó a la soberana en su destierro a Francia y, en 1936, se instaló de nuevo en su casa de la calle Goya de Madrid, donde vivió el trágico inicio de la Guerra Civil, así como su encarcelamiento y el de su marido, al que no volvería a ver nunca más. En diciembre de 1936, fue liberada gracias a la intervención de la Cruz Roja y al encargado de negocios de la República Argentina. «El doctor Pérez Quesada decidió salvarla. Parece ser que dicho señor había hecho a los republicanos un donativo de carne congelada pidiendo a cambio la libertad de una presa y ésta fue Carmen», explica Ignacio Angoloti sobre ese episodio. 
Una vez liberada y, tras un tiempo en Marsella, la duquesa se trasladó al frente de Madrid, donde se hizo cargo del hospital de Leganés hasta el fin de la contienda. Después, como presidenta de la Cruz Roja, cargo que ostentó hasta 1952, se dedicó a organizar la red de establecimientos de esa oenegé en nuestro país y regresó muchas veces a tierras africanas para visitar e inaugurar hospitales. Ya hemos dicho que viajar, para Carmen Angoloti, fue una pasión y siguió cultivándola hasta el final de sus días. Con 80 años no dudaba en hacer la maleta y viajar a Turquía, Canadá o los Estados Unidos para asistir a eventos organizados por la Cruz Roja, entidad con la que estuvo comprometida hasta su muerte, en Madrid, en1959, cuando tenía 84 años.