El Greco

El famoso pintor griego afincado en Toledo

Una colosal exposición que lleva por título «El griego de Toledo» acoge en la ciudad castellana hasta el mes de junio la mayor exposición sobre este artista del que el próximo 7 de abril se cumplirá el cuarto centenario de su muerte.

El Greco Era Un Hombre Soberbio, Arrogante Y Orgulloso

El Greco era un hombre soberbio, arrogante y orgulloso

Doménikos Theotokópoulos nació el 4 de agosto de 1541 en Candía, capital de la isla de Creta, que entonces pertenecía a la República de Venecia. Aunque hay pocos documentos sobre su vida, se sabe que fue uno de los hijos de un rico comerciante y recaudador de impuestos llamado Geórgios, si bien de la madre no se sabe nada. Su hermano mayor, Manoússos, también fue comerciante y su protector hasta el día de su muerte. Doménikos recibió una esmerada educación humanística que le permitió adquirir conocimientos artísticos hasta llegar a alcanzar el título de maestro pintor especializado en iconos tardobizantinos. De sus inicios sólo se conocen tres cuadros: «La Dormición de la Virgen», «San Lucas pintando el icono de la Virgen» y «La Adoración de los Magos». Inquieto y ambicioso, Candía se le quedó pequeña muy pronto y decidió ampliar conocimientos instalándose en Venecia, donde vivió entre 1567 y 1570. En la ciudad de los canales estudió la obra de Tintoretto, Veronés y Tiziano –de los que algunos expertos aseguran que fue discípulo–, del que heredó el dramatismo compositivo, el uso del color, la sutilidad de la pincelada, los volúmenes y la impresión del movimiento. En Venecia se codeó con algunos de los arquitectos más renombrados de la época, lo que le ayudó a dar perspectiva a sus cuadros. 

  

Un hombre soberbio, arrogante y orgulloso

Tras un viaje de estudios por Padua, Verona, Parma, Vicenza y Florencia se instaló en Roma donde el cardenal Alessandro Farnese y su familia se convirtieron en sus protectores, aunque dos años después, y por causas que no se han clarificado, fue expulsado de su círculo de influencia. Sin embargo, y gracias a sus dotes artísticas, ingresó en la Accademia di San Luca y abrió su propio taller para trabajar como retratista para particulares, pero su carácter soberbio y arrogante no le permitió tener una clientela suficiente para mantenerse. Hombre orgulloso y pagado de sí mismo, llegó a decir públicamente que Miguel Ángel no sabía pintar y se había ofrecido al papa Pío V, a quien desagradaban los desnudos que Miguel Ángel había realizado en la Capilla Sixtina, para volver a pintarla de nuevo con decoro y decencia. Sus descalificaciones sentaron tan mal a los artistas romanos que éstos hicieron todo lo posible para echar de la ciudad al que ya se le llamaba Il Greco (el griego). 

   

Al rey Felipe II no le gustó su estilo

En 1577, decidió probar fortuna en España, ya que el rey Felipe II estaba contratando a pintores italianos para decorar el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Sin embargo, el primer encargo importante que tuvo en nuestro país lo consiguió gracias a Diego de Castilla, deán de la catedral de Santa María de Toledo, para el que pintó el retablo mayor de Santo Domingo el Antiguo en el monasterio toledano dedicado a este santo. Poco después, el monarca le encargó los cuadros «Adoración del nombre de Jesús» y «El martirio de San Mauricio», pero a Felipe II no le gustó su estilo y le excluyó de la decoración de El Escorial. Frustrado por no ser un pintor de la corte, se instaló en Toledo, la capital religiosa más importante del mundo después de Roma. Esto, unido al fervor católico propiciado por el Concilio de Trento (1545-1563), fue el perfecto caldo de cultivo para que el Greco alcanzara gran reconocimiento por sus iconografías de vírgenes, santos y exaltaciones de la Sagrada Familia. Se decía que las siluetas de sus figuras eran muy estilizadas porque tenía un problema en la vista, pero no ha podido demostrarse. Como el volumen de trabajo crecía, abrió un taller del que salieron innumerables lienzos y retablos para conventos, parroquias, capillas, monasterios y clientes privados. Con algunos de ellos tuvo pleitos importantes por el precio de sus obras, por quejas de orden técnico y por razones iconográficas y devocionales. A pesar de estos problemas, siguió pintando cuadros que, años después, se convertirían en cotizadísimas piezas como «El caballero de la mano en el pecho» (1585); «La Coronación de la Virgen» (1591); «Antonio Covarrubias» (1601); los cuatro cuadros de la Capilla mayor del Hospital de la Caridad de Illescas (1603); «Visión del Apocalipsis» (1608) y «Vista de Toledo» (1610). 
Su formación humanística y sus ansias de saber le convirtieron en un autodidacta que se empapó de los rasgos culturales más importantes de las ciudades que visitó. Asumió como propias las diferentes técnicas y tendencias de la época y se interesó por la arquitectura y la escultura, artes que supo plasmar en sus obras y en los dibujos que realizó para la construcción del Ayuntamiento de Toledo o las iglesias de la Caridad y de los Franciscanos de Illescas. 

Arriba, imagen de su estudio en Toledo.

Jorge Manuel, el único hijo reconocido

Más allá de su obra pictórica, su vida personal sigue envuelta en el misterio. Tuvo un vínculo afectivo con la artista renacentista italiana Irene di Spilimbergo y, en Toledo, mantuvo una relación con Jerónima de las Cuevas de la que, en 1578, nació Jorge Manuel, su único hijo reconocido. Se comenta que la pareja nunca llegó a casarse porque Doménikos había dejado en su Creta natal a una esposa llamada Helena, lo que provocó que Jerónima ingresara en un convento al haber tenido un bebé fuera del matrimonio. Otros investigadores afirman que murió al dar a luz y que el niño se crió con Petronila de la Madrid, cuñada de Jerónima y pariente de Andrés Núñez, párroco de Santo Tomé, que le encargó su obra principal: «El entierro del conde de Orgaz» (1586-88). La relación entre padre e hijo fue muy fuerte toda la vida. 
Algunas de las historias que se cuentan sobre el Greco tienen que ver con la relación que tuvo con dos criadas, una de las cuales, incluso, habría engendrado otro vástago de uno de los artistas más enigmáticos de la historia. Siguiendo con las conjeturas, hay quien dice que el cuadro «La dama del armiño» representa a una hija y que, entre las mujeres de «El Expolio» (1577-79) y en «La Sagrada Familia» (1595-96), estaban su mujer y su suegra. 
El Greco jamás llegó a hablar bien en español, pese a que vivió 35 años en Toledo. Tenía muy pocos vínculos personales con españoles, ya que sólo frecuentaba la compañía de italianos y griegos y se autodenominaba cristiano ortodoxo, no católico. «Toledo fue para él como una tela de araña: quedó atrapado en ella por continuos pleitos, las deudas que tenía con él la catedral, la presencia de su hijo. Estaba endeudado hasta las cejas, con muchísimos acreedores, siempre en números rojos», asegura el experto en su obra Fernando Marías, comisario de la exposición «El Griego de Toledo», inaugurada por la reina Sofía el pasado viernes 14 de marzo y pieza central del IV centenario de la muerte del pintor. 

   

Muerto por un ictus

En 1608, su salud empezó a quebrarse quizás por un ictus y el precio de sus obras cayó porque sus clientes no sabían si las pintaba él o artistas de su taller. El 7 de abril de 1614 falleció en Toledo y fue enterrado en la parroquia de Santo Tomé. Poco después, se llevaron sus huesos a la iglesia de San Torcuato que, al ser demolida, provocó la desaparición de los restos del pintor. 
Con motivo del IV Centenario de la muerte del pintor, a lo largo de este 2014 se han organizado un sinfín de actividades culturales como exposiciones, tertulias, libros, recorridos turísticos y vídeos. La exposición central, «El Griego de Toledo», que estará en la ciudad castellana hasta junio, ha reunido 75 obras del gran maestro y es la de mayor envergadura que se ha llevado a cabo nunca sobre el artista, cuya misteriosa vida ha sido recreada por el cine.