Gregory Peck

El último gran caballero de Hollywood

Abrazando A Ingrid Bergman En «Recuerda».

Abrazando a Ingrid Bergman en «Recuerda».

El último gran caballero de Hollywood

Este actor californiano, fallecido plácidamente el 12 de junio de 2003, era una de las últimas estrellas del viejo Hollywood, donde fue un hombre liberal, tranquilo y amante de su familia.

Caracterizado como el abogado Atticus Finch en «Matar a un ruiseñor».

Eldred Gregory Peck nació el 5 de abril de 1916 en La Jolla, pequeña localidad de California (Estados Unidos). Tras el divorcio de sus padres, Gregory y Bernice, en 1922, Greg creció prácticamente bajo la tutela de su abuela que una vez por semana lo llevaba al cine. Fue un niño aplicado en la escuela, donde a veces hacía novillos para escaparse con sus amigos a jugar a la playa. Excelente nadador y buceador, a los nueve años estuvo a punto de morir cuando una ostra gigante (típicas en la costa californiana) le aprisionó la mano mientras buceaba a seis metros de profundidad. Afortunadamente, sus amigos le ayudaron a liberarse.

   

Difíciles comienzos teatrales en Nueva York 

Tras su paso por la academia militar católica de Saint John, cerca de San Diego, Gregory llegó a la Universidad de Berkeley con la intención de estudiar Medicina, pero acabó en Filología inglesa. En el último año, cuando alguien lo invitó a participar en una obra de teatro de aficionados, Peck descubrió que quería ser actor. En 1939 hizo las maletas y, con 195 dólares en el bolsillo, puso rumbo a Nueva York. Estudió con Marta Graham y, para mantenerse, trabajaba en lo que pillaba, desde guía a modelo publicitario. Por fin consiguió entrar en la compañía de la actriz Katherine Cornell, donde conoció a la peluquera noruega Greta Konen, con la que se casó en 1942 y tuvo tres hijos: Johnatan (1944), Steven (1945) y Carey Paul (1949).

    

«Las llaves del reino», su primer gran éxito

Después de triunfar en el teatro, que le permitió aprender a modular su hermosa voz de barítono y dar expresividad a su rostro de pocos registros, todo parecía dispuesto para que Gregory Peck diera el salto al cine. Debutó con «Días de gloria» y, aunque la película resultó un fracaso, los productores se dieron cuenta de que aquel joven altísimo, moreno, guapo y dotado de una elegancia natural podía ser uno de los nuevos galanes de la industria. Así fue como en 1944 «Las llaves del reino», adaptación de la novela del mismo título de A. J. Cronin, lo convirtió, con sólo 28 años, en una gran estrella. Su sobria y ajustada interpretación de un sacerdote estadounidense destinado a una vieja misión en China le supuso, además, la primera de sus cinco nominaciones para el Óscar. Sin ligarse a ningún estudio en exclusiva, sus siguientes películas –«El valle del destino» y «Recuerda», de Alfred Hitchcock, en la que formó pareja con la actriz sueca Ingrid Bergman– lo confirmaron como nuevo galán de postguerra.
Un año después rodó «El despertar» y «Duelo al sol» a las órdenes de King Vidor. Su interpretación de un vaquero orgulloso, sin escrúpulos y apasionadamente enamorado de una mestiza encarnada por Jennifer Jones ha sido uno de los mejores papeles de su vida. Las dos tuvieron una excelente acogida, al igual que «Pasión en la selva», adaptación de una novela de Ernest Hemingway en la que la censura obligó a cambiar el final: la esposa que disfruta humillando a su marido mata accidentalmente a su esposo durante un safari en África en lugar del asesinato que figuraba en el relato original. La segunda nominación del actor al Óscar vino de la mano de «La barrera invisible», película de Elia Kazan que lo convirtió en una de las estrellas más taquilleras de Hollywood. Incluido en el reparto de «El proceso Paradine» pese a que Hitchcock hubiera preferido a un actor inglés, Peck rodó en Inglaterra ese filme en el que intrepretaba a un abogado fascinado por la personalidad de su cliente, acusada del asesinato de su rico marido. No fue un gran éxito, pero contribuyó a mantener su aureola de rutilante estrella del cine.
«El gran pecador» (1949), en la que tuvo como compañera de reparto a Ava Gardner, fue un completo fracaso y Peck, venciendo sus prejuicios, firmó un contrato para rodar cuatro películas para la Fox por un sueldo total (y mítico, entonces) de un millón de dólares. Fue un acierto ya que «Almas en la hoguera» y «El pistolero» tuvieron una excelente acogida por parte de la crítica y el público. En la cúspide de su fama, Peck viajó en 1953 a Europa para rodar, junto a la debutante y encantadora Audrey Hepburn, una de las escasas comedias de su carrera: «Vacaciones en Roma». Acabado el rodaje viajó a París para promocionar la película y allí conoció a Veronique Passani, una periodista de 19 años de la que se enamoró a primera vista. Dos años después, conseguido ya el divorcio de su primera mujer, se casó con ella en Nochevieja de 1955, poco después de haber dado vida para la pantalla al capitán Achab, personaje central de «Moby Dick», dirigida por John Huston. De su segundo matrimonio nacieron dos hijos: Cecilia, en 1958, y Anthony, en 1960, el único de sus cinco hijos que ha seguido sus pasos como actor.

Óscar por su trabajo en «Matar a un ruiseñor»

Tras protagonizar varias películas fracasadas y un par de éxitos –«Los cañones de Navarone» y «El cabo del terror»–, Peck obtuvo el único Óscar de su carrera en 1962 por «Matar a un ruiseñor». Partidario del cine social y comprometido, Peck encarnó el personaje de Atticus Finch, un abogado blanco que defiende a un negro acusado de violación en un estado racista del sur de EEUU. La película, además, situó su caché en un millón de dólares. Poco después fue protagonista y productor de «…Y llegó el día de la venganza», que sería su fracaso más sonado. La película –una historia de un exiliado republicano que vuelve al País Vasco para vengarse de un guardia civil que lo persiguió, no gustó al régimen de Franco, que la prohibió haciendo extensivo el veto a todas las películas de la Columbia. En 1976, Peck sufrió uno de los golpes más duros de su vida: su hijo Jonathan, un cámara de televisión de 29 años que atravesaba una fuerte depresión, se quitó la vida de un disparo en la cabeza. Destrozado por la tragedia y ya que su carrera estaba en declive, el actor se refugió en su casa de la Riviera Francesa, desde donde mantuvo una gran amistad con Grace Kelly y la familia real monegasca.

Unos últimos años dedicados a su familia

«La profecía», un filme de terror en el que reapareció con las sienes plateadas, le devolvió la fama. «Los niños del Brasil» (1978), donde dio vida al doctor nazi Josef Mengele, fue prácticamente su retirada del cine. En la década de los 80 intervino en algunas películas (entre ellas «Gringo viejo», con Jane Fonda), pero la mayor parte de su tiempo lo dedicó a estar con su mujer, sus hijos y sus nietos y fomentar entre los jóvenes el amor al cine. Sin estar enfermo de nada, la vida de Peck se fue agotando hasta que en la madrugada del jueves 12 de junio de 2003, en su casa de Los Ángeles y con su esposa cogiéndole la mano, exhaló su último suspiro. Tuvo una muerte tan digna como su vida. Curiosamente, los norteamericanos no prestaron demasiada atención mediática a la desaparición de uno de los últimos gigantes del cine.