Jordan Belfort

El lobo de Wall Street

Este ejecutivo neoyorquino, al que Leonardo DiCaprio ha dado vida en la pantalla, inspiró el filme de Martin Scorsese y aún debe más de 70 millones de euros a los clientes que estafó en la década de los 90.

En La Actualidad, Jordan Belfort Se Dedica A Dar Conferencias Y Charlas Motivacionales Sobre Cómo Incentivar Las Ventas.

En la actualidad, Jordan Belfort se dedica a dar conferencias y charlas motivacionales sobre cómo incentivar las ventas.

Jordan Ross Belfort nació el 9 de julio de 1962 en el seno de una familia judía de clase media. Sus padres, Leah y Max, eran contables. Desde pequeño, este niño que tenía una gran capacidad intelectual, se obsesionó con la idea de amasar una fortuna y vivir rodeado de los lujos que escaseaban en su hogar, ubicado en el barrio de Queens, en Nueva York. Con esta motivación, se inició en los negocios estando en el colegio cuando, durante un verano, vendió tantas palas de tenis en las playas que, en una sola temporada, ya sacó suficiente dinero para ir a la universidad. Primero, estudió Biología en la American University, pero después empezó Odon­tología, ya que tenía la impresión de que en esa profesión se ganaba mucho dinero. Pero la ilusión le duró poco. En el primer día de clases, el decano de la facultad desinfló sus sueños cuando dijo que la era dorada de la profesión de dentista ya había pasado y que, si pensaban hacerla para enriquecerse, habían escogido la carrera equivocada. Belfort dejó la universidad y montó un negocio de venta de carne y mariscos, que funcionaba porque es un genio en la venta, pero no iba a reportarle la fortuna con la que soñaba.

De conector de llamadas a corredor de bolsa

Todo cambió cuando conoció la historia de un joven del Bronx que, trabajando como corredor de bolsa en Wall Street, se estaba convirtiendo en millonario. Jordan decidió dejar su negocio y, el 4 de mayo de 1987, con sólo 7 dólares en el bolsillo, aterrizó en Wall Street para trabajar en L.F. Rothchild, firma donde empezó como conector, pasando llamadas de clientes a los corredores de bolsa. Allí, el ambicioso Belfort se sintió atraído por la adrenalina y el desenfreno que generaban las ventas, pero, cuando dejó de ser un novato y ascendió, la empresa quebró. Lejos de dejarlo, Jordan, que ya se conocía al dedillo la mecánica de los mercados, fundó una franquicia de Stratton Securities, otra firma de corredores que negociaban con bonos y valores. Su poder persuasivo hizo que sus ingresos subieran como la espuma y, a los pocos meses, había ganado tal suma de dinero que compró toda la empresa, que rebautizó con el nombre de Stratton Oakmont. Pronto el ansia de obtener dinero le llevó a estrategias de dudable legalidad: Jordan compraba grandes paquetes de acciones basura y las revendía a clientes incautos que localizaba a través de la guía telefónica, ya que su empresa funcionaba como un «call center». 

Leonardo DiCaprio en una escena de «El lobo de Wall Street». El director, Martin Scorsese, dando instrucciones al actor y a la actriz Margot Robbie.

Una versión pervertida de Robin Hood

Cuando las ventas subían el valor de las acciones, Belfort vendía las suyas en el mercado, cosechando enormes dividendos y provocando el desplome de su valor dejando a sus clientes sin un dólar. Su actitud de tiburón financiero se hizo famosa. «Es una versión pervertida de Robin Hood, que roba a los ricos para quedárselo él mismo y su alegre banda de corredores de bolsa», dijeron de él en la prensa. Acompañado por amigos sin escrúpulos a los que hizo socios –Danny Porush, Andy Green «Choza» y Kenny Green–, Jordan hizo que su empresa funcionara como un cohete mientras, abducido por el poder, las drogas –que tomaba sin control alguno– y el lujo en el que vivía, se tranformó en un auténtico lobo de los negocios. «Wall Street te va deformando y se va perdiendo la sensibilidad. En un abrir y cerrar de ojos, la gente se convirtió en números. Era joven y perdí el norte», reconoce Jordan en una de las dos autobiografías que ha escrito, contando cómo sus empleados se introducían en ese mundo depravado donde sólo importa el dinero. Y es que Stratton, reconocida como una de las mayores y más poderosas empresas de Manhattan, era una auténtica locura: entre venta y venta de acciones, los 1.000 ejecutivos que llegó a tener se divertían en las oficinas practicando sexo entre ellos o con prostitutas, consumiendo grandes cantidades de cocaína o Qualuuds (una droga similar a los barbitúricos a los que Jordan, que padecía dolores de espalda, se hizo adicto), realizando actividades de lo más disparatadas (como el lanzamiento de enanos a una diana) y ganando toneladas de dinero que gastaban en carísimos trajes, coches último modelo y lujosas casas. 

  

El yate de la diseñadora francesa Coco Chanel

Por su parte, Jordan no tenía ni 30 años cuando ya poseía una impresionante mansión a las afueras de Nueva York, un avión y un helicóptero privados y hasta un yate que había pertenecido a la célebre diseñadora francesa Coco Chanel. En lo personal, su alocada vida lo abocó al divorcio de su primera mujer, pero contrajo segundas nupcias con la supermodelo Nadine Caridi, a la que apodó «la duquesa». Con ella tuvo dos hijos, Chandler y Carter, pero eso no le hizo sentar la cabeza. De hecho, su adicción a las drogas era tal que dicen que en las fiestas de Belfort, en las que llegó a gastar hasta 700.000 dólares en una noche, la cocaína se servía en bandejas y prestaban sus servicios las prostitutas más cotizadas de la ciudad. A Belfort no le importaba que sus coches acabasen destrozados por los efectos de su conducción temeraria o que su yate se hundiera en Italia por una tormenta. El Lobo, que se sentía invencible, ganaba más de 40 millones de euros en un solo año haciendo trampas y embaucando hasta a la familia de Nadine para blanquear dinero en Suiza. Pero esta vida tuvo su final.

Otra escena de la controvertida película sobre este tiburón financiero que se hizo multimillonario estafando a sus clientes.

Cuatro años de cárcel y 80 millones de multa

Su mala prensa y las quejas de clientes estafados motivó, en 1998, una investigación por parte de la SEC, el organismo que regula los mercados financieros estadounidenses. Con el FBI pisándole los talones, Belfort tuvo que dejar su firma. En lo personal, su adicción a la cocaína lo llevó a vivir terribles episodios matrimoniales –destrozó el mobiliario de su casa y agredió a su esposa en un intento de llevarse a sus hijos con él–, tras lo que aceptó entrar en un programa de desintoxicación. Y, justo cuando empezaba a ser un hombre feliz, legal y restablecido, fue acusado de fraude financiero y blanqueo de dinero, entre otras cosas. Tras varios años de negociaciones con las autoridades, se declaró culpable y le condenaron a cuatro años de cárcel y al pago de casi 80 millones de euros para restituir lo defraudado. Gracias a su cooperación –desenmascaró a socios y a empresas que usaban iguales métodos fraudulentos–, su sentencia se redujo a 22 meses, que cumplió en el instituto penitenciario federal, donde escribió sus memorias. 
De momento, parece que sólo ha pagado 8,5 millones de lo que debe restituir, pero ha prometido saldar su deuda con los beneficios de las ventas de sus libros y los derechos de la película «El lobo de Wall Street», basada en uno de sus libros. Aparentemente rehabilitado, vive en una modesta casa de Los Ángeles y se dedica a realizar charlas y conferencias motivacionales sobre cómo vender, aunque dentro de la legalidad. Nadine lo abandonó, pero comparte su vida con otra mujer. Muchos temen que la película, que consideran que es un retrato amable de este tiburón financiero, convierta a Belfort en un héroe para las jóvenes generaciones de Wall Street.