Lisa Fonssagrives

La primera supermodelo

Una exposición sobre la obra del fotógrafo norteamericano Irving Penn en el Grand Palais de París rinde homenaje a su esposa y musa, la sueca Lisa Fonssagrives, considerada como la primera «top-model» que ha habido.

Lisa Birgitta Bernstone, nombre de la que se convertiría en la primera supermodelo de la historia, nació en Gottenburgo (Suecia) el 17 de mayo de 1911. Fue una de las tres hijas (sus hermanas se llamaban Lilian y Kajsa) de un matrimonio que, al poco de su nacimiento, se instaló en Uddevalla y, desde muy pequeña, estuvo en contacto con las artes. Estudió pintura, escultura y danza, siendo esta última disciplina la que la llevaría a Berlín para perfeccionar su técnica con la coreógrafa Mary Wignman. Tras un tiempo en la capital alemana, se trasladó a París para participar en los cursos de ballet clásico que impartía la princesa rusa Lubov Egorova. Decidió quedarse a vivir allí tras iniciar una relación con el bailarín parisino Fernand Fonssagrives. Tanto Lisa como su marido, del que tomaría el apellido, aspiraban a hacer carrera profesional como bailarines, pero los tiempos eran muy duros, por lo que el matrimonio se aseguraba un sueldo dando clases de danza, así como actuando en fiestas privadas. Fue en una de esas «soirées» cuando, en 1936, fue descubierta por Wilheim Maywald. Ese fotógrafo alemán la vio en el ascensor del edificio donde vivía y la convenció para que posara para él. 


Muchas horas en el Museo del Louvre 


Las fotos que le hizo fueron tan impresionantes que el marido de Lisa las envió a «Vogue». En el semanario francés quedaron fascinados por aquella mujer de estilizada silueta (sus medidas eran 86-58-86, con una altura de 1,70) y anguloso rostro, que derrochaba elegancia por los cuatro costados. Por ello, le propusieron posar para un futuro genio de la fotografía: Horst P. Horst. Sin embargo, aquella sesión fue una verdadera tortura para la futura maniquí. «Estaba aterrorizada, no sabía qué hacer con mi cabello, ni con mis manos. En mi vida había leído una revista de moda y no me interesaba el mundo de la ropa», explicó entonces Lisa. A pesar de ser consciente de que no tenía oficio como modelo, no se amilanó. Sencillamente, tenía que aprender. Y, en lugar de dirigirse a un kiosco para comprarse todas las revistas de moda que hubiera a la venta, puso rumbo al Museo del Louvre, donde se pasó un montón de horas estudiando la manera en que las modelos habían posado para los grandes maestros de la pintura. Aquella idea suya fue genial, porque le sirvió para encontrar la desenvoltura suficiente con la que componer sofisticadas poses que le permitían realzar los vestidos de alta costura que tenía que lucir. 
A partir de ahí, Lisa Fonssagrives jugó como quiso ante la cámara con su espléndida silueta, que el fotógrafo David Seidner describiría como la de un «lagarto sueco y rubio con pómulos dolorosamente altos y nariz aguileña». Para  entonces, Lisa era rubia, pero había nacido morena y también tuvo su época de pelirroja. 
Su marido pasó de la danza a la fotografía
Con todo, iba a ser su marido el que le proporcionara la definitiva seguridad y confianza que la catapultarían a la cima de una profesión en la que, entonces, las modelos no tenían ningún protagonismo. A raíz de un accidente de buceo que le provocó una grave lesión de espalda, Fernand Fonssagrives tuvo que abandonar su gran pasión: la danza. Para animarlo en ese difícil momento y abrirle otros campos de expresión, Lisa le regaló una Rollieflex, cámara con la que Fernand descubrió el apasionante mundo de la fotografía. Actividad en la que, curiosamente, iba a llegar mucho más lejos de lo que había conseguido como bailarín. El escultural cuerpo de Lisa fue constante inspiración para él. La retrató al aire libre, en el estudio, vestida, desnuda o envuelta en sugerentes sombras.     
Fotografiada por su esposo y por otros de los grandes de la cámara, Lisa protagonizó una de las portadas más memorables de «Vogue» en 1940, firmada por Horst P. Horst, en la que apareció vestida con bañador y sobre un fondo negro haciendo con su cuerpo la letra «V», inicial del nombre de la revista. A partir de ahí, puede decirse que Lisa Fonssagrives se consagró como una de las modelos más importantes del momento. 

 

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 Lisa Fonssagrives en una sesión para el gran Horst P. Horst.


40 dólares la hora para la modelo mejor pagada


Para entonces, la pareja había emigrado a EEUU huyendo de la Segunda Guerra Mundial. En Nueva York, donde se instalaron, Fernand consiguió trabajo como fotógrafo para varias revistas, mientras que Lisa entró en la nómina de una agencia de modelos, consiguiendo que las revistas de moda y las agencias de publicidad se la rifaran, maravillados por su juncal silueta y el perfecto óvalo de su rostro, donde destacaba la forma de acento circunflejo de sus arqueadas cejas. En cuestión de pocos meses, Lisa ya era la modelo mejor pagada del mundo: cobraba 40 dólares la hora, dos o tres veces más que el resto de las modelos. Con todo, una miseria comparada con la remuneración que ahora recibe cualquier «top-model» por una sesión.    
En 1947, tras una ausencia porque había sido madre de una niña que recibió el nombre de Mia, Lisa retomó su profesión de modelo y fue en ese año cuando posó, por primera vez, para el afamado fotógrafo norteamericano Irving Penn, hermano del célebre director cinematográfico, Arthur Penn. El flechazo entre ambos fue instantáneo y, a partir de ese momento, la modelo sueca se convirtió en la musa del artista fotográfico, que sería el padre del segundo hijo de Lisa, Tom, nacido en 1952. Dos años antes, el 27 de septiembre de 1950, la pareja se había casado por lo civil en el barrio londinense de Marylebone. Algunas semanas después, en un estudio de la rue de Vaugirard, de París, con luz natural, Penn hizo algunas de las que se consideran las mejores fotografías de la maniquí y que dejaban constancia de la perfecta sintonía que había entre el matrimonio. 
Llegada a la cuarentena, una edad en que, en esa época, era normal que las mujeres hubieran perdido figura y belleza, Lisa Fonssagrives seguía conservando una cintura de avispa y unas perfectas caderas. Eso llevó a la casa Dior a elegirla para que encarnara el prototipo de mujer moderna, inteligente, culta y preparada que optaba por una ropa distinta. Con esta áurea de modernidad, Lisa fue la primera modelo que apareció en la portada de una revista tan importante como «Time», donde apareció con el titular de «La chica del millón de dólares». Y es que ya se había consolidado como la modelo de alta costura más elogiada, la mejor pagada y, para muchos, la maniquí con más profesionalidad de todos los tiempos. En esa época, Lisa, que inspiró a los dibujantes de la factoría Disney para la creación del personaje de la malvada Cruella De Vil en la película «101 Dálmatas», posó para grandes nombres de la fotografía como Richard Avedon, Erwin Blumenfeld (que la hizo pasearse peligrosamente por una pasarela de la Torre Eiffel prácticamente sobre el vacío), Man Ray, Edgar de Evia, George Hoyningen-Huene y George Platt Lines, aparte de sus dos maridos. A pesar de todos los halagos que recibía, la supermodelo nunca perdió el sentido común. «Es siempre el vestido y nunca la chica. Yo sólo soy una buena percha», aseguraba. Pero, pese a su modestia, Lisa Fonssagrives marcó un antes y un después en la historia de la moda. Su trabajo abrió caminos que seguirían, décadas después, otras modelos como Claudia Schiffer, Cindy Crawford, Kate Moss y Gisele Bündchen, entre otras muchas. 


Diseñadora y escultora de mármol y bronce


A mediados de la década de los años 50, Fonssagrives dejó de ser modelo para trabajar como diseñadora. Ejerció como tal durante unos seis años hasta que, en la década de los 60, se consagró en cuerpo y alma a la escultura, trabajando con el mármol y bronce.
La modelo sueca falleció, el 4 de febrero de 1992, en Nueva York, a la edad de 80 años víctima de una neumonía. Su hija, Mia Fonssagrives-Solow, se dedicó al diseño de joyas, mientras que su hijo ha trabajado como diseñador. Ahora, cuando se han cumplido los 25 años de su muerte, una exposición sobre la obra del fotógrafo Irving Penn en el Grand Palais de París rinde homenaje a la belleza y profesionalidad de la que fue la primera top-model.