Lola Flores

La faraona del folclore español

Veinte años después de su muerte, esta artista jerezana de fama mundial sigue siendo un personaje irrepetible en el panorama musical español por su fuerza y su tronío.

En Los Inicios De Su Carrera, Lola Flores Ya Demostró Que Sería Una Artista Con Un Genio Y Un Temperamento Irrepetibles.

En los inicios de su carrera, Lola Flores ya demostró que sería una artista con un genio y un temperamento irrepetibles.

María de los Dolores Flores Ruiz nació en Jerez de la Frontera (Cádiz) el 21 de enero de 1923. Doña Rosario –costurera y ama de casa– y don Pedro –camarero–, formaban un matrimonio de origen modesto que no cabía de gozo al tener entre sus brazos a su primera hija. «Tenía tanto pelo que se le podía hacer una coleta», recordaría años más tarde su madre. A los tres meses, doña Rosario se volvió a quedar embarazada y a los seis nació prematuramente una niña que murió con tres días. Lola era tan espabilada que, a los nueve meses, ya se marcaba algún bailecito encima de la barra del bar de sus padres. Pero era muy vaga para aprender a caminar. Era una niña alegre, inquieta, caprichosa, pizpireta y con un gran temperamento. A los 5 años acudió a la escuela, pero los pupitres no estaban hechos para ella. No le gustaba estudiar, no podía aguantar mucho tiempo sentada y se volvía como loca en cuanto oía música. Era muy teatrera y tenía tan buena memoria que no tardaba en aprenderse las canciones y escenificarlas en el modesto bar de su padre.

Manolo, un hermano con el que jugar

Lola era muy traviesa y echaba de menos un hermanito con el que jugar. Sus plegarias se convirtieron en realidad a los 11 años. La familia ya se había trasladado a Sevilla, donde regentaba un bar mucho más grande, cuando el pequeño Manolo vino al mundo. Lola estaba tan ilusionada que se convirtió en una segunda madre para él. Pero ella no olvidaba el baile y el cante. Paseó su arte por innumerables bares y tabernas. Un maestro le puso nombre artístico: Lolita Flores, Imperio de Jerez.
Era una época dura, con cartillas de racionamiento y un país gris y dividido. Poco antes del fin de la contienda, nació Carmen Flores, que con el tiempo se convertiría en otra gran artista de la familia. A los 14 años, Lola, convertida ya en toda una mujer, presintió que su futuro iba a cambiar. Entró en la compañía de variedades de Mary Paz y coincidió en Jerez con la compañía de Manolo Caracol. Al artista le comentaron que había un torbellino en el pueblo que movía pies y manos como nadie y enseguida surgió la química entre ellos. Pero sólo bailaron una vez. Don Pedro, su padre, no la dejó ir de gira. Pero no todo estaba perdido. El productor Fernando Mignoni la vio actuar y la contrató por 8.000 pesetas para participar en «Martingala», su primera película. El sur se le estaba quedando pequeño a Lola y la familia se trasladó a la capital.
Madrid se convirtió en un gran espaldarazo para la artista. Asistió a la academia del maestro Quiroga, que la protegió, la ayudó económicamente y le enseñó a desenvolverse con soltura en los escenarios. Gracias a él logró su primer contrato por el norte, pero fue un fracaso. A su regreso, actuó como telonera en el teatro de La Zarzuela y desde allí emprendió rumbo al Paralelo barcelonés, donde actuó cantando los éxitos de Estrellita Castro al compás de un guitarrista apodado «El Pescaílla», padre del que luego sería su futuro marido. A pesar de las estrecheces económicas, nunca perdió la ilusión. A su regreso a Madrid, el director Julián Torremocha le dio un papelito en «Un alto en el camino» (1941), su segunda película, por el que cobró 13.000 pesetas. Poco después estrenó en el teatro Fontalba de Madrid la obra «Cabalgata», en la que Lola cantó «Lerele», canción que le reportaría mucha fama y la grabación de un disco.

Amor pasional con Manolo Caracol

Tras mucho insistir, Manolo Caracol volvió a aparecer en su vida. Los padres no estaban convencidos, pero intuyeron que algo bueno estaba a punto de pasar. Y no se confundieron. En el año 1944, con la obra musical «Zambra», Lola y Manolo se convirtieron en la pareja más explosiva del momento, dentro y fuera de los escenarios. Si en público había química, en privado eran pura dinamita. No podían vivir juntos, pero tampoco separados. Caracol estaba casado y con hijos a los que les daba dinero, amor y cariño; para Lola, que ansiaba formar una familia, iban las palizas y las borracheras, pero también mucha pasión. Juntos se recorrieron todos los escenarios de España. La pareja se llevaba tan bien sobre los escenarios que no dudaron en explotar su vena comercial en el cine, participando en dos películas: «Embrujo» (1947) y «La niña de la venta» (1951). Lola era feliz. Finalmente, su familia había dejado atrás las penurias de una época que ya formaba parte de pasado. Le compró un bar a su padre, regalaba muñecas a su hermana y bicicletas a su hermano e invitaba a sus seres queridos a grandes comilonas. Desde muy joven y hasta que murió, la generosidad fue una de sus virtudes y una de sus tarjetas de presentación. Lola acaparaba los titulares de los diarios más importantes del país, pero su vida no tardaría en teñirse de negro. En julio de 1949, Manolito, su hermano, empezó a quejarse del hígado. Fue operado urgentemente, todo parecía ir bien, pero a los pocos días el joven murió de una peritonitis. Lola se convirtió en el alma de la familia y en la protectora de su hermana, Carmen.

Su etapa con el productor Cesáreo González

En 1951, Lola y Manolo rompieron su contrato personal y profesional, pero a la artista se le abrió una nueva vida. Apareció el todopoderoso productor Cesáreo González y, de nuevo, acaparó todos los titulares: «Lola Flores firma un contrato por seis millones de pesetas». Otra vez, Lola se convirtió en carne de cañón para las habladurías. ¿Trabajo o relación sentimental? Lola, como todo en la vida, se lo tomaba a guasa: «Nada, nada, que a mí me ha gustado siempre el dinero, pero para gastarlo». Su primer largometraje con Cesáreo fue «La estrella de Sierra Morena» (1952) y en abril de ese año se lanzó a la conquista de América. Su gira por México fue un éxito. Conoció a Jorge Negrete, compartió mesa con Mario Moreno «Cantinflas», actuó ante la atenta mirada de Cid Charisse, Shirley Winters y Ginger Rogers y América cayó rendida a sus pies. A su regreso a España, rodó «Pena, penita, pena» (1953) y «Morena Clara» (1954) y estrenó con gran éxito en el Calderón de Madrid el espectáculo «Copla y Bandera», de Quintero, León y Quiroga. También publicó el disco «Ecos de España», con temas tan conocidos como «Échale guindas al pavo», «El Lerele» o «Soy morena clara». En 1955, se fue de nuevo a América y rodó en México «Lola Torbellino», «Maricruz» o «La Faraona», un título profético que tomarían prestado para coronar de por vida a esta mujer de rompe y rasga.

Lola Flores, en casa con sus tres hijos también artistas, Lolita, Antonio y Rosario.

Flirteos con Onassis y Gary Cooper

A más de uno dejó con el corazón «partío». El torero «Gallito» y los futbolistas Coque y Biosca tuvieron sus pequeños roces con ella; el mismísimo Gary Cooper se quedó embobado en cuanto plantó su tronío al otro lado del charco. La citó en un hotel, el galán la recibió en batín y zapatillas y ella salió corriendo; Aristóteles Onassis conquistó el mundo, pero no pudo con su genio. Depositó un fajo de billetes gordos en su bolso, pero Lola le espetó: «No necesito el dinero de ningún hombre por muy Onassis que sea». Finalmente, fue Ricardo Montalbán, galán de moda afincado en Hollywood, quien saboreó su piel canela. La llamaba «My little gipsy» (mi gitanita) y juntos tiñeron de rosa las páginas más importantes del mundo. Lola, con ironía y mucho humor, confesó: «Virgen sólo ha habido una y ésta es la Virgen María».
El año 1957 sería uno de los más importantes y decisivos en su vida. El 27 de octubre se casó en la basílica del Monasterio de El Escorial con Antonio González «El Pescaílla», un gitano del barcelonés barrio de Gracia que consiguió domar a la fierecilla indomable con el cantar de su guitarra. Eran las seis de la mañana, una hora inusual para celebraciones, pero Lola, que era mucha Lola, quería evitar que la familia de la primera mujer de su novio –se había casado por el rito gitano y había tenido una hija, Toñi– impidiera la celebración de un día tan importante. Ese día eran tres en el matrimonio porque la Faraona estaba embarazada de tres meses de la que sería su primera hija. Lolita llegó al mundo el 6 de mayo de 1958. Era una preciosa niña, muy plácida, que de mayor iba a llorar todo lo que no había llorado de pequeña. La familia estaba feliz, habían creado un hogar cálido en el que se respiraba arte en cada uno de sus rincones. Lola disfrutó muchísimo durante los primeros cinco meses de la maternidad, pero pronto tuvo que ponerse a trabajar. El matrimonio trabajó en la película «Échame la culpa» y ese mismo año Lola rodó «María de la O»; también intervino en el espectáculo «Luna y guitarra» y continuó grabando discos del repertorio de Quintero, León y Quiroga. En 1961, nació el primer varón de ambos, al que llamaron Antonio. 
Un año más tarde, Lola rodó el filme más polémico de su carrera, «El balcón de la luna», junto a Carmen Sevilla y Paquita Rico, que había sido su madrina de boda. Poco después de terminar ese rodaje, el 4 de noviembre de 1963 nació su última hija, Rosario, vivo retrato de su madre. El hogar de los Flores era un hervidero de alegría hasta que papá y mamá hacían las Américas y Lolita se hacía cargo de la familia: «Hija, encima de la cómoda te dejo una carta con las cosas que tienes que hacer si nos pasa algo en nuestro viaje». A pesar de sus continuos viajes, Lola estaba siempre pendiente de sus hijos. Se gastaba fortunas en las cuentas de teléfono, los colmaba de regalos y hacía todo lo posible para que estudiasen. 

Reportajes vendidos en la prensa del corazón

Los años 40, 50, 60 y principios de los 70 fueron épocas de mucho trabajo en cine, televisión, teatros y salas de fiesta. Todo el mundo tarareaba y se sabía de memoria sus tres canciones emblemáticas: «La zarzamora», «Pena, penita, pena» y «El Lerele». Lola enseguida se convirtió en un personaje muy querido por la prensa del corazón, donde vendió muchos reportajes. Pero era una mujer de ley y no olvidaba sus orígenes humildes. Muchas noches llenaba camiones enteros de juguetes que repartía por las chabolas de Madrid sin que nadie se enterara; enseguida abría el bolso y soltaba 5.000 pesetas de la época al primer mendigo que se le cruzara por la calle; a la hora de comer invitaba a tanta gente que ella, en broma, siempre decía que celebraban un cumpleaños. Lola era todo corazón. 

Don Juan de Borbón, uno de sus amigos

La Lola de España, como a ella le gustaba que la llamaran, era el perejil de todas las salsas. Reyes, jefes de estado e importantes financieros pujaban por sus bailes. Era amiga de sus amigos, con o sin cuenta corriente. Carmen Caballero fue una de las más leales, y Paco Arce –ex dueño de Elizabeth Arden– como un hermano. Entre sus amistades figuraba don Juan de Borbón. Un buen día Lola llegó tarde a una comida, los invitados estaban ya degustando el primer plato, pero, nada más llegar, el padre del Rey se puso de pie para recibirla. El resto, imitó dicho gesto. Era tal su genio y figura, que con sólo mirar a una persona le hacía un estudio psicológico. Y podían ocurrir dos cosas, o salía corriendo o se quedaba a su lado para toda la vida. 
Su casa de María de Molina era un hervidero de tertulias, juergas y mucho amor. Allí se codeaban grandes nombres de las finanzas y del espectáculo con desconocidos que acu­dían a presentarle sus respetos. En verano, se relajaba en «Los Gitanillos», la casa que tenía en Marbella, donde la invitaban a todas las fiestas de jeques y príncipes destronados. Allí «sedujo» a Deborah Kerr, Audrey Hepburn, Yul Brinner y otras grandes celebridades de Hollywood. Sin embargo, a principios de los 80, su carrera declinó y empezó un camino no exento de espinas. El año 1989 fue duro: falleció de un cáncer doña Rosario, a Lola la operaron de la vesícula, ella se resintió del cáncer que arrastraba desde hacía más de veinte años y, para colmo, Hacienda la acusó de defraudar al fisco por no declarar entre los años 1981 y 1985. El fiscal solicitó una multa 131 millones y una pena de dos años y un mes de prisión. 
Mientras tenía lugar la lucha en el tribunal, Lola se vistió con la mejor de sus sonrisas y acudió como estrella invitada al concierto homenaje que Julio Iglesias le tributó en Miami. Todos los González Flores actuaron juntos ante la atenta mirada de Raphael, Celia Cruz o El Puma. Pocos meses después, el tribunal dictó una sentencia por la que Lola tenía que pagar una multa de 28 millones de pesetas. Triste y enferma, pero sin perder la vitalidad de la que hizo gala toda su vida, vendió su piso de María de Molina, donde había vivido casi treinta años, y empezó una nueva etapa en una casa en La Moraleja que llamó «El Lerele».
A pesar de todo, era feliz. Sus nietas, Alba y Lena, eran sus ojitos derechos. Luego vendría Guillermo. No llegó a conocer a Lola, la única hija por el momento de Rosario. La artista no tenía pelos en la lengua. Durante años reclamaba a los cuatro vientos la Medalla al Mérito en el trabajo. Y no se la daban. Ya tenía el Lazo de Isabel la Católica, estaba condecorada por repúblicas americanas como Colombia, Venezuela, México, Argentina, Cuba o Chile. Pero nadie es profeta en su tierra y eso le dolía a la Lola de España. Finalmente, el 1 de julio de 1994, le concedieron tan distinguida condecoración. 
Lejos de apagarse, Lola tomó aliento para que ese torbellino de colores del que siempre hizo gala a lo largo de su vida no se apagara nunca. Descubrió su faceta como pintora naíf y se lanzó al mundo de la televisión, donde lograría materializar sus sueños como presentadora en espacios tan conocidos como «Sabor a Lolas», «El tablao de Lola» o «Ay Lola, Lolita, Lola», cuyos últimos programas realizó poco antes de fallecer. 

La Faraona, con sus dos hijos mayores, Lolita y Antonio, en un programa de TVE.

Veinticinco años luchando contra el cáncer

En 1993, se emitió en varios capítulos su biografía, «El coraje de vivir». Aquello fue un bálsamo para el calvario de una mujer que llevaba más de veinticinco años luchando contra un cáncer. Iba y venía del hospital como si se fuera de compras, nunca perdía su sentido del humor, pero las fuerzas se le iban acabando. El 16 de mayo de 1995 moría en «El Lerele», en brazos de su secretaria y fiel amiga Carmen Ma­teos. El torbellino de colores, como le llamaba José María Pemán, se había apagado. Catorce días más tarde, su hijo Antonio, murió de pena. Cuatro años más tarde, el 12 de noviembre, falleció Antonio «El Pescaílla».