Lola Montes

La primera «femme fatal» de la historia

La periodista Cristina Morató ha recogido en el libro «Divina Lola» la vida de esta bailarina y aventurera irlandesa, que se hizo famosa en el siglo XIX por su belleza, extravagancias y larga lista de amantes.

Elizabeth Rosanna Gilbert, verdadero nombre de Lola Montes, nació el 17 de febrero de 1821 en Grange, Irlanda. De su padre, el alférez del ejército británico Edward Gilbert, heredó su sed de aventuras, y de su madre, Eliza Oliver, que la tuvo con 15 años, su belleza y rebeldía. En marzo de 1823, su familia se instaló en la India, donde su padre murió de cólera dejando a su mujer, de 18 años, sola, en un país inhóspito y con una hija a su cargo. En esos años estuvo al cuidado de una niñera, Denali, a la que adoraba: «Cuando mi madre salía y no regresaba hasta la madrugada, me quedaba con Denali y eso siempre era una fiesta. Me contaba mágicas historias hasta que me dormía en su regazo», recordaría años después, tal y como se recoge en el libro «Divina Lola», de Cristina Morató. En 1824, Eliza se casó con otro militar, el teniente Patrick Craigie, y éste, al comprobar que Betty, de 5 años, era una niña indómita, decidió enviarla, contra su voluntad, a estudiar a Escocia, con su familia. 
Su llegada al pueblo de Montrose no pasó desapercibida, tanto por sus modales como por su exótica forma de vestir y, aunque sus abuelos fueron muy cariñosos con ella, la «díscola niña india» pronto les dio muchos quebraderos de cabeza. En 1831, a los 10 años, la enviaron a Sunderland, donde la hermana de su padrastro tenía una escuela. Allí se hizo notar por su belleza, su temperamento, su obstinación y su rebeldía y, al cabo de un año, se trasladó a otro centro escolar en la localidad de Bath, para recibir una educación más sofisticada. 

 

Una bailarina sevillana de familia exiliada


Cuando Betty tenía 16 años, su madre viajó desde la India hasta Gran Bretaña para casarla con un viudo rico, 50 años mayor que ella, que la esperaba en Calcuta, pero la chica se fugó con el joven teniente Thomas James, a quien acababa de conocer y con el que se casó en Irlanda para embarcarse, al poco, hacia la India. El matrimonio duró cinco años y Betty regresó a Inglaterra, donde, tras tener varios amantes, debutó como bailarina. La actriz británica Fanny Kelly le había aconsejado que se dedicara a la danza española que, entonces, estaba muy de moda. Aprendió a zapatear y a tocar las castañuelas y se transformó en Lola Montes, una supuesta sevillana con una familia exiliada durante la guerra carlista. De esta manera empezó su aventura de impostora y «femme fatale», dejando una estela de escándalos y engaños por donde pasaba. «Elizabeth Gilbert James ha muerto. Ya nunca dependeré de nadie, soy un espíritu libre. He sufrido mucho, pero mis penalidades habrán valido la pena porque llegaré más lejos de lo que nadie pueda imaginar», se dijo. Su debut en Londres en junio de 1843 como «Lola Montes, la bailarina española» fue un gran éxito por el exotismo de sus bailes y su gran belleza. Sin embargo, no tardaron en reconocerla como la exesposa del teniente Thomas James y la prensa publicó su falsa identidad: «Lola Montes conoce mejor los barrios de moda londinenses que el Teatro Real de Sevilla». Ofendida y herida en lo más profundo de su orgullo, se fue al continente europeo. Después de una gira llena de polémica por Alemania y Polonia, se estableció en París, donde debutó con sus danzas españolas en el teatro de la Ópera en marzo de 1844, con escaso éxito: «La hermosa y ágil mujer de mirada viva fue calurosamente recibida, pero fue rechazada como bailarina». Y todo porque, al notar la frialdad del público, trató de llamar su atención quitándose una liga y lanzándola al patio de butacas. ¡Un escándalo¡ 


Gran idilio con el músico húngaro Franz Liszt


No renunció a su idea de actuar en los teatros franceses y, mientras iba a clase de danza, se codeó con los más famosos intelectuales de la época. Conoció a Alejandro Dumas, a Honoré de Balzac, a la escritora George Sand, amante de Chopin y que la bautizó como «la leona de París», y al músico húngaro Franz Liszt, con quien vivió un apasionado idilio. Pero en París, su gran amor fue el periodista Henri Dujarrier, que se enamoró perdidamente de ella en cuanto la vio. A su lado, vivió una relación estable y, gracias a sus influencias, regresó a los escenarios recogiendo excelentes críticas. «Hay algo lascivamente atractivo y voluptuosamente tentador en las poses que adopta y, además, es guapa, muy guapa. Vayan a verla. Es única, divertida y entretenida», escribió uno de los críticos más famosos de la capital francesa. 

 

Lola Montez   1851

Retrato de Lola Montes, que encandiló a los hombres por su belleza. Uno de ellos fue el rey Luis I de Baviera, que la convirtió en su amante.

Amante de un rey y varias veces casada


Dujarrier quería casarse con ella, pero en 1845 murió tras batirse en un duelo –por una rivalidad profesional–, con otro periodista. «Les aseguro que me hubiera gustado ocupar el lugar de mi amado en el duelo, porque, a diferencia de él, yo sí tengo muy buena puntería con la pistola», dijo Lola, tremendamente afectada, en el juicio que se celebró por la muerte de su amante. 
Tras esa tragedia, dejó París y el 5 de octubre de 1846 llegó a Múnich, destino que cambiaría su vida. En esa ciudad alemana se convirtió en la amante de Luis I de Baviera, 35 años mayor que ella y casado con Teresa de Sajonia. Como en otros hombres, Lola le causó al soberano alemán un efecto arrebatador. La bailarina debutó en el prestigioso teatro de la Corte a pesar de las reservas de su director, que le advirtió al monarca de la fama que la precedía: «Me temo que esta mujer tiene el poder de conquistar a los hombres hasta conseguir su ruina total». Y añadió: «Arrojó una copa de champán a la cabeza de un oficial que pretendió propasarse con ella en Berlín; pasó 14 días en prisión por golpear a un gendarme con su fusta y, en Varsovia, ante la fría actitud del público, respondió con gestos impúdicos y mostró su trasero al respetable». 
Nada de eso impidió que el rey Luis cayera rendido a sus pies, le escribiera poemas, la incluyera en la Galería de las Bellezas del Palacio Real, y le concediese, en 1847, el título de condesa de Landsfeld. Aquello fue la gota que colmó el vaso, porque el pueblo, la aristocracia y el movimiento liberal, cansados de la actitud complaciente de Luis I, se pusieron contra él y su amante forzando, con su presión, su abdicación en su hijo Maximiliano en 1848.  
Al año siguiente, Lola regresó a Inglaterra y, aunque los términos de su divorcio con su primer marido no le permitían casarse con nadie hasta que éste falleciera, se casó con un militar y rico heredero, George Trafford Heald.  Así, las acusaciones de bigamia no tardaron en aparecer y eso hizo que Lola y su esposo huyeran del país. Dos años después, se separaron y entonces puso rumbo a EEUU para empezar una nueva vida. Debutó en Nueva York en 1851 cosechando un gran éxito, gracias a su Danza de la Araña (tocando las castañuelas, fingía buscar un arácnido entre sus ropas) y a un musical sobre su propia vida que se estrenó en Broadway. Después, viajó a San Francisco, se casó de nuevo (esta vez con el periodista Patrick Hull), con el que se trasladó a Grass Valley, un pueblo minero de California. Aunque aquel matrimonio también fracasó, Lola se quedó en la ciudad e hizo una pequeña fortuna tras invertir en la mina de su amigo y protector John Southwick. Con el dinero, abrió un bar, en el que cada noche se reunían los numerosos hombres de negocios, banqueros y artistas que llegaban al Oeste. Pero, la vida de Lola dio un vuelco cuando empezó a ser consciente de los muchos pobres que había a su alrededor y, desde entonces, se dedicó a los más necesitados.    


Su díscola vida, en libros, películas y musicales


En 1855, hizo una última gira artística por Australia y, al volver a EEUU, debutó como escritora –publicó un libro con sus secretos de belleza en 1858– y conferenciante, llegando a ganar más dinero que el propio Charles Dickens.
Entonces, abrazó la fe metodista y renunció a todas sus pertenencias, quedándose prácticamente sin nada. El 17 de junio de 1861, la bailarina e impostora que llegó a ser condesa falleció de neumonía, a los 39 años, en una diminuta habitación de Brooklyn, en cuyas paredes había escrito citas de la Biblia que, como le explicó al reverendo Francis Hawks, le daban «aliento para afrontar la muerte». 
La vida de Lola Montes ha sido representada en numerosas películas, novelas y musicales. Posiblemente, el filme más conocido sobre ella fue el que, en 1955, dirigió el realizador alemán Max Ophüls con Martine Carol y Peter Ustinov como protagonistas. Años antes, Conchita Montenegro la había encarnado en la película española «Lola Montes» (1944), con un guión moralizante, dirigida por Antonio Fernández-Roman.