Papa Francisco

Primer Pontífice latinoamericano y jesuita

El 13 de marzo de 2013 se elegía como sucesor de Benedicto XVI en la silla de san Pedro a este cardenal argentino de 76 años, que se convertía en el primero procedente de América Latina y del que se espera que haga grandes cambios en la Iglesia.

El Papa Francisco Ha Sido Como Un Vendaval De Aire Fresco Y De Renovación En El Vaticano.

El papa Francisco ha sido como un vendaval de aire fresco y de renovación en el Vaticano.

Jorge Mario Bergoglio Sivori llegó al mundo el 17 de diciembre de 1936 en Buenos Aires (Argentina). Fue el primero de los cinco hijos de un matrimonio de italianos procedentes del Piamonte: Mario Bergoglio, contable y empleado de ferrocarril, y Regina Sivori, ama de casa. Tras él, nacieron sus cuatro hermanos: Alberto Horacio, Marta Regina, Óscar Adrián y María Elena, la única que sigue viva, y tras cuyo parto su madre se quedó paralítica. Con ellos vivía la abuela paterna, Rosa, una auténtica «nonna» italiana y figura referencial en la vida del futuro Papa. 

 

Mucha lectura, cine, música y fútbol 

La infancia de Bergoglio transcurrió en una casita de dos plantas de la calle Membrillar, en el barrio de Flores, una zona de clase trabajadora. En el jardín de la casa jugó con sus hermanos y disfrutó de una de sus mayores aficiones: la lectura. Devorador de libros de ciencia, novela y poesía, también le apasionaba el cine y era habitual que toda la familia pasara la tarde del domingo en la sesión continua del cine de barrio. Bergoglio hizo preescolar en el Colegio Misericordia, un centro femenino al que fueron sus dos hermanas y que sólo admitía niños en la guardería. Allí tuvo de maestra a una monja llamada Dolores, con la que mantuvo contacto hasta su muerte. «Cuando Dolores falleció, se pasó la noche entera en la capilla, de rodillas», recordaba la directora del centro. Después, cursó primaria en el Cerviño, donde destacó por su inteligencia. Su madre le inculcó el amor por la música clásica, reuniendo cada sábado por la tarde a los hermanos en torno al aparato de radio. De su padre, un hombre tranquilo y bonachón, heredó la pasión por el fútbol ­–es hincha del Club Atlético San Lorenzo de Almagro– y el gusto por la música argentina. Tanto le gustaban la milonga y el tango que se apuntó a clases en un club del barrio, donde una vez por semana iba a bailar con otros jóvenes de su edad y en el que conoció a Amalia Damonte, de la que se quedó totalmente prendado. 

Con sólo 13 años y aunque la familia no pasaba penurias económicas, su padre lo puso a trabajar mientras completaba sus estudios como técnico químico en el instituto de secundaria. A los 17 años, según él ha explicado en repetida ocasiones, descubrió su vocación religiosa. Era un día de primavera cuando, al pasar cerca de la iglesia San José de Flores, una de las más emblemáticas y antiguas de Buenos Aires, sintió el irrefrenable impulso de entrar para confesarse. De allí, salió convencido de que quería dedicarle su vida a Dios. «Él ha contado muchas veces que fue aquí donde sintió que Dios le estaba esperando, que le estaba pidiendo ser sacerdote», ha explicado Gabriel Marronetti, párroco del templo. No explicó en su casa nada de su revelación, pero sí se lo advirtió a su novia, a la que le escribió una carta en la que, además de dibujarle una casita que podría haber sido su nido de amor, le decía: «Si no me caso con vos, me hago cura». Aquel tierno amor de la infancia acabó de golpe porque el padre de Amalia se enteró de que Marito, como le apodaban, rondaba a su hija y ella le conminó a que se alejara. Así quedó atajado un romance que, de haberse consolidado, habría dado lugar a una historia diferente. Alejado del amor terrenal, se volcó en uno más trascendental: el divino.  

Pero, antes, su experiencia como trabajador de un laboratorio le había acercado a la dura realidad social que se vivía en Argentina. Fue gracias a su jefa, Esther Balestrino de Careaga, simpatizante comunista que después desaparecería y sería asesinada durante la dictadura, que le enseñó mucho de la política y le acercó a las tesis del peronismo.

En 1957, cuando tenía 21 años y era un joven engominado y fumador como tantos otros, Bergoglio conmocionó a sus padres al anunciarles que dejaba la casa familiar para ingresar en el seminario de la Compañía de Jesús de Villa Devoto. «Se reconcilió con ellos cuando se comprometió a ser un cura de pobres y no el curita faldero de las señoras adineradas», ha explicado un amigo de la infancia. Al poco de ingresar en el noviciado, contrajo una gravísima pulmonía que lo tuvo entre la vida y la muerte y forzó a los médicos a practicarle una ablación parcial de un pulmón, lo que le dejaría secuelas respiratorias para toda la vida.

El Papa despierta el entusiasmo popular allá donde va.

Profesor de Literatura y Psicología

Tras su paso por el noviciado jesuita, Bergoglio estudió Humanidades en Chile y, en 1960, de regreso a Buenos Aires, obtuvo la licenciatura en Filosofía en el Colegio Máximo San José, de los jesuitas. Entre 1964 y 1966, fue profesor de Literatura y Psicología en la provincia de Santa Fe y, después, dio clases en Buenos Aires. En 1967, empezó a estudiar Teología en el Colegio Máximo y, dos años después –en el mismo año en que falleció su padre–, se ordenó sacerdote. Tenía 33 años. Inmediatamente después, inició una rápida carrera en el seno de la Compañía de Jesús convirtiéndose, cuatro años después, en el jefe de esta orden en su país. Como tal, realizó su primer viaje al extranjero. Fue en 1970 y se desplazó hasta Colombia para visitar los noviciados jesuitas. Ese mismo objetivo le llevó a Madrid a finales de aquel año. Desde la capital española, hizo ruta por diversos países europeos y, después, se quedó un tiempo en Irlanda con la finalidad de aprender inglés. En aquella época conoció a los miembros de su familia –tíos y primos– que seguían viviendo en el Piamonte, dialecto que habla a la perfección al igual que el italiano. Una gran actividad viajera para alguien que se declara «casalingo», palabra italiana que quiere decir «hogareño» y no esconde que su lugar preferido en el mundo es su Buenos Aires natal. «Cuando estaba en Frankfurt haciendo la tesis, por las tarde paseaba hasta el cementerio, desde donde se divisaba el aeropuerto. Una vez, un amigo me encontró en ese lugar y me preguntó qué hacía allí y le respondí: “Saludo a los aviones… Saludo a los aviones que van a la Argentina”», explicaba en la amplia entrevista que recoge el libro «El papa Francisco», de Ediciones B, escrito por los periodistas Sergio Rubin y Francisca Ambrogetti. Ahí también se mencionan los monacales hábitos que rigen su vida: duerme cinco horas al día –aunque no perdona una siesta–, no trasnocha, come frugalmente, se cocina muchas veces él mismo, usa el transporte público y se despierta cada día a las 4 de la mañana sin despertador para meditar durante tres horas antes de empezar su jornada laboral. Absolutamente apegado a su agenda y su breviario, confiesa que este libro es lo primero que abre cada mañana y lo último que cierra antes de acostarse. «Cuando viajo tengo que llevar los dos tomos y los pongo en el bolso de mano. Entre sus páginas, guardo el testamento de mi abuela, sus cartas y la poesía “Rassa nôstrana”, de Nino Costa», ha explicado. 

 

Nombrado cardenal por Juan Pablo II

Jorge Mario Bergoglio comenzó su carrera en la jerarquía eclesiástica a los 55 años, tras ser nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires. A partir de entonces, su ascenso fue fulminante: en 1998, le nombraron arzobispo de Buenos Aires y, en el 2001, Juan Pablo II lo consagró cardenal. Después, presidió hasta el 2011 la Conferencia Episcopal Argentina,cargo que le llevo a tener duros enfrentamientos con Néstor y Cristina Kirchner, anterior y actual presidentes del país. Pero también hay sombras en su figura. La más oscura apunta a su supuesta connivencia con la dictadura militar del general Jorge Videla: según algunas fuentes, Bergoglio habría estado detrás de la detención y tortura de dos jesuitas que trabajaban en barrios obreros; según otros, él medió para la liberación de estos religiosos y ayudó a otros perseguidos por el régimen. Para el premio Nobel Adolfo Pérez, no tuvo nada que ver con los militares. 

Aunque hace ocho años fue el segundo cardenal más votado tras Joseph Ratzinger, su elección la pasada semana como jefe de la Iglesia en sustitución de Benedicto XVI fue una sorpresa mayúscula porque ningún experto lo había colocado entre los «papables». Convertido en el primer Pontífice latinoamericano y jesuita de la historia, elegir el nombre de Francisco ha sido visto como una declaración de austeridad, sencillez y cercanía. Por el momento, el cambio de estilo ya se nota. Desinteresado por la solemnidad y la simbología de los ropajes, viste una sencilla sotana blanca, calza zapatos de suelas gastadas y sigue llevando colgada al cuello la cruz de hierro que usaba siendo cardenal. No quiere coche oficial y, para horror de su servicio de seguridad, insiste en mezclase entre la gente. Un estilo que ya tenía, cuando rechazó vivir en la residencia arzobispal de Olivos y habilitó un teléfono directo para que los párrocos –sus predilectos son los que trabajan en barrios de chabolas– pudieran contactar con él directamente. Siendo cardenal ha lavado los pies a mujeres y enfermos y oficiado misas para «cartoneros», símbolo de la exclusión social en Argentina. Ya entonces decía que prefería que lo llamaran padre o pastor más que eminencia. Excelente gestor y ajeno a una curia donde menudean grupos de presión y corruptelas, afronta el reto de renovar la Iglesia, desde la ortodoxia religiosa, empezando por la opaca banca vaticana y siguiendo por el espinoso tema de los desmanes sexuales de algunos eclesiásticos. Toda una tarea.