Philip Seymour Hoffman

Actor ganador de un Oscar por «Capote»

Actor ganador de un Oscar por «Capote»

Una sobredosis de heroína acabó con la vida de este neoyorquino llamado a ser uno de los grandes actores de la industria cinematográfica y teatral de este siglo. A sus 46 años, deja interpretaciones excepcionales en numerosas películas.

Nominado en cuatro ocasiones al Oscar al mejor actor masculino, Philip Seymour Hoffman sólo lo ganó en el 2006 por su extraordinario trabajo en «Capote», dirigido por Benett Miller.

Philip Seymour Hoffman nació el 23 de julio de 1967 en Fairport, localidad al este de Nueva York. Hijo de Marilyn L. O’Connor, una abogada y activista por los derechos civiles, y Gordon S. Hoffman, ejecutivo de la compañía Xerox, tuvo tres hermanos: Jill, Emily y Gordy. Con ascendencia alemana y protestante por parte de padre y católica e irlandesa por su madre, Philip creció sin apegarse a ninguna de las dos religiones. Sus padres se separaron cuando tenía 9 años y la madre sacó adelante a la familia. «Tienes que estar orgullosa», le dijo, emocionado, cuando le dedicó el Oscar que ganó en el 2006 por su genial interpretación en la película «Capone». Fue ella quien le inculcó el amor por el teatro. «Nos llevaba a todas las representaciones a nuestro alcance en Nueva York y fue la que más se alegró cuando decidí ser actor», explicaba este hombre amable y simpático que fue un adolescente hiperactivo que consiguió superarse gracias al deporte de la lucha. «Tenía dos opciones: o me peleaba en la calle con otros chicos con el peligro de acabar en comisaría o el hospital, o lo hacía en el equipo del instituto, recibiendo felicitaciones», decía. 

  

Grave lesión de espalda

Sin embargo, una lesión de espalda le obligó a dejarlo. «Siendo luchador había conseguido la admiración de mis compañeros y no quería perderla, así que me apunté al grupo de teatro, en el que, además, estaba una chica que me gustaba». No logró conquistarla, pero se quedó fascinado con el mundo de la escena. Tras sus pinitos en obras escolares y un «stage» de verano, empezó a estudiar interpretación en la Tisch School de la Universidad de Nueva York, donde fundó la compañía teatral Bullstoi Ensemble. «A excepción de un par de años que me mudé a Los Ángeles por una relación sentimental, he vivido siempre en Nueva York y tiene su razón de ser. Es la capital del teatro. Me gustan las palabras desde antes de aprender a leer. Y la voz. Soy muy consciente en mis papeles del tono de voz», explicaba este pelirrojo-albino cuya tonalidad vocal y contundente físico le abocaba a papeles de personajes de mayor edad que la suya. En aquellos años, tuvo sus primeros y serios problemas con el alcohol y las drogas. «Consumía cualquier cosa que me daban. Me gustaba todo, pero al final fui a un centro de desintoxicación y lo dejé con 22 años. Aquello me dio pánico. Comprendí muy bien a esos actores jóvenes que tienen 19 y, de repente, son hermosos, ricos y famosos. Si entonces hubiera tenido tanto dinero, hoy estaría muerto», contó en una entrevista a la tele hace unos años.
Tras licenciarse, su debut ante las cámaras fue en 1991 en un capítulo de la serie «Ley y orden». Convenció tanto su actuación que un año después ya había trabajado en cuatro películas. En una de ellas, «Esencia de mujer», coincidió con Al Pacino, uno de sus ídolos junto con Paul Newman, Daniel Day-Lewis, Christopher Walken y Meryl Streep. «Yo era el chico pijo y manipulador de la historia, pero lo mejor fue ver a Pacino. O mejor dicho, escucharle, charlar con él. Cuando tuve esa etapa de problemas con el alcohol, de rumbo perdido por lo imbécil que a veces uno se vuelve, pensé en él, en su pasión por la vida, por la interpretación».
Desvelado su talento interpretativo, Hoffman fue encadenando papeles como secundario, consiguiendo que su característica y rechoncha figura –que le hacía parecer más bajo de lo que en realidad era– casi desapareciera engullida por el personaje que interpretaba. Así, fue el técnico de sonido homosexual en rodajes porno de «Booguie nitghs»; el periodista pasado de vueltas de «Casi famosos»; el cura lascivo de «Cold mountain»; un vulnerable camillero en «Magnolia»; un clasista esnob en «El talento de Mr. Ripley»; el amigo apocado de «La última noche»; el malo malísimo de «Misión: Imposible III»; un ambiguo sacerdote vencido por la férrea monja interpretada por Meryl Streep en «La duda»; el cínico asesor político de «Los idus de marzo» o el hipnótico, ególatra y mesiánico creador de la secta de la Cienciología en «The master». Este personaje le valió la cuarta nominación al Oscar, aunque sólo alzó la cotizada estatuilla por su magnífica recreación del escritor Truman Capote. «Los actores no competimos. Si caes en ese pique, tu interpretación será nefasta. Es imposible un buen trabajo sin el apoyo de tus compañeros. Hay quien dice que actuar es como hacer el amor. Tampoco estoy de acuerdo. Es simplista pensar que actuar es lo mismo que seducir», decía quien se autorretrataba como perfeccionista y excesivo. Aunque reservado sobre su vida personal, se sabía que estaba unido a Mimi O’Donell, diseñadora de vestuario a la que conoció en la obra «In Arabia We’d All be Kings», que él dirigió en 1999. La pareja, que nunca se casó, tenía tres hijos: Cooper Alexander (10 años); Tallulah (7) y Willa (5).

 

Con Mimi O’Donell, su pareja desde que se conocieran trabajando ambos en 1999 en una obra teatral.

Secundario «robaplanos» de protagonistas

A mitad de los años 90, tras haber trabajado en una película tan comercial como «Twister», Hoffman estuvo en el reparto de «Hard Eight, Sidney», la primera de las cinco películas que haría con Paul Thomas Anderson. «Es el realizador que mejor me ha entendido», afirmaba este neoyorquino capaz de representar un personaje «sin necesidad de meterme en su piel» y que consideraba al también actor John C. Reilly como «el mejor amigo que tengo en la industria. No hay nadie tan simpático, generoso y canalla como él». 
Convertido en un secundario «robaplanos» –nombre que se da en el cine a los que «se comen» con su trabajo a los protagonistas–, Hoffman se fue labrando una carrera a golpe de constantes mutaciones sin dejar de ser él mismo. Empezó el siglo XXI con «Con amor, Liza», un filme «indie» de bajo presupuesto y guión de su hermano, en el que hizo uno de sus escasos papeles protagonistas. Después llegaron interpretaciones en filmes –además de los antes citados– como «State and Maine»; la excepcional y dramática «Antes de que el diablo sepa que has muerto»; «El dragón rojo»; «La guerra de Charlie Wilson»; «Synecdoque»; «Moneyball: rompiendo las reglas», entre otras muchas. Pero además de ser uno de los más brillantes actores cinematográficos de su generación, gozaba de una excelente reputación en el teatro, donde tenía compañía propia –la Labyrinth Theater– y había sido nominado a tres premios Tony por sus papeles en «True West», de Sam Shepard; «Viaje de un largo día hacia la noche», de Eugene O’Neill, y «La muerte de un viajante», de Arthur Miller. En esta obra había compuesto, para muchos admiradores y críticos, el mejor Willy Loman que se ha hecho nunca. Su presencia en televisión fue escasa, pero no menor en cuanto a calidad, y estuvo nominado a un Emmy por su papel en la miniserie «Empire Falls». 

 

Dos películas por ­estrenar en España

Pero esta brillante carrera en la que Hoffman todavía tenía mucho que dar se truncó el domingo 2 de febrero cuando el actor fue encontrado muerto, presuntamente por sobredosis de heroína, en su apartamento del West Village neoyorquino. Sus dos últimos estrenos en España han sido «El último concierto» y «Los juegos del hambre: en llamas», saga en la que aparecerá en sus dos siguientes entregas gracias a los adelantos tecnológicos. Quedan pendientes dos películas, «God’s pocket» y «A most wanted man». Ésta es la enorme y postrera interpretación de un genio de la escena.