Ricardo Darín

Uno de los grandes ­actores del cine argentino

El intérprete porteño recibió el Premio Donostia en la 65ª edición del Festival de San Sebastián coincidiendo con la presentación de «La cordillera», el último filme de su aclamada carrera artística.

Ricardo Alberto Darín Roxana nació en Buenos Aires (Argentina) el 16 de enero de 1957. Fue el primer hijo de Ricardo Darín y Renée Roxana, dos actores con poca fortuna, que en 1964 completaron la familia con el nacimiento de Alejandra. Ricardo apareció en televisión por primera vez a los 2 años y, mientras estudiaba primaria en la escuela Mariano Acosta, en el barrio porteño de Balvanera, hacía obras de teatro para la radio. Con 10 años protagonizó su primera obra en los escenarios con sus padres. En ese momento, lo que se había perfilado como un juego se empezó a convertir en oficio. Porque, a diferencia de otros actores, Darín nunca cursó Arte Dramático. Aprendió a actuar, actuando.


Les pidió a sus padres que se separaran


Durante la adolescencia, Ricardo sufrió el dolor del divorcio de sus padres. «Yo les pedí que se separaran. Ellos se querían, pero discutían mucho. Teníamos problemas económicos y eso erosionó más y más la relación. En la noche de Reyes de 1969 se generó una muy mala situación y le dije a mi padre: “Te tienes que separar”. Esa misma noche, con lágrimas en los ojos, se fue de la casa. Mi padre siempre me había estimulado para no tener miedo de decir lo que pensaba y lo que sentía», ha explicado Darín.
Aunque en aquella época no podía ni soñar el triunfo que años después conseguiría, desde el primer momento, las chicas se fijaron en aquel actor de ascendencia italiana y libanesa de azulísimos y seductores ojos. Acostumbrado a la precariedad profesional que siempre acompañó la vida de sus padres, Darín encaró su propia carrera aceptando todo tipo de trabajos. «Hice de todo, grandes papelones y también ridiculeces. Cosas de poca envergadura, sin ninguna trascendencia. Ni hablar de pretensiones literarias, ni nada que se le parezca. Cuando me llamaban para trabajar, lo único que preguntaba era de qué se trataba. Al venir de una familia de buenos actores con tan poca suerte, yo tenía dos caminos: o me convertía en un resentido o en un agradecido. Elegí la segunda opción, porque realmente no podía creer que me llamaran para trabajar», explica. 
Considerado como uno de los llamados «galancitos» del panorama artístico argentino, Darín empezó a ser conocido gracias a sus trabajos en telenovelas del productor Alberto Migré, cuyas versiones para teatro se convirtieron en grandes éxitos en todo el país. Pero su debut en la pantalla grande había tenido lugar antes cuando, con sólo 15 años, participó en la película «He nacido de la ribera», de Catrano Catrani, en la que encarnó a un chico que se prepara para ser futbolista. En ese filme coincidió con la actriz Susana Giménez, 13 años mayor que él y que era novia del boxeador Alberto Monzón. Entonces no sucedió nada entre ellos, pero seis años después, cuando Susana ya había roto con el deportista y Darín tenía 21 años, se reencontraron y se enamoraron. «Tuvimos mucha conexión, mucha química», dijo Ricardo de la mujer con la que estuvo nueve años. Fueron la comidilla preferida de las revistas del corazón y, acabada su relación, en 1987, han seguido manteniendo la amistad. 

 

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Fotograma de «Relatos salvajes», donde era el protagonista de uno de los episodios.


Florencia Bas, la mujer de su vida


Al poco tiempo, Ricardo conoció al gran amor de su vida: Florencia Bas. Su primer encuentro fue en una pizzería de la bulliciosa calle Corrientes, de Buenos Aires, donde Ricardo cenaba con unos amigos. Florencia tenía 18 años, estudiaba inglés y era una admiradora del que, a los 30 años, ya era un actor muy conocido. Él no reparó en aquella jovencita que no le quitaba los ojos de encima, prendada de su mirada y su sonrisa. Tenaz y atrevida, Florencia le siguió al acabar la cena hasta alcanzarlo en la calle y, allí, el flechazo fue instantáneo. Se casaron el 18 de abril de 1988 y, un año después, nació su primer hijo, Ricardo, al que apodan Chino y que ha seguido los pasos profesionales de su padre. Un primer nieto al que el progenitor del intérprete no llegó a conocer. Enfermo de cáncer, falleció el 5 de enero de 1989, a los 63 años, una semana antes de la llegada del nuevo Darín. Fue un fortísimo impacto para el actor, persona extraordinariamente unida a su familia y sus amigos. Años después, la pareja tuvo a su segunda hija, Clara. La pareja tuvo, sin embargo, se separaron en 1999. Dos años después, Darín decidió comprar una casa en el barrio de Palermo que sabía que a Florencia le gustaba. Luego la llamó, se vieron, se reconciliaron y… siguen juntos.
Sin abandonar sus incursiones en el teatro y en el cine –sobre todo en películas destinadas al público adolescente–, en los años 90 Darín dio el primer paso hacia la fama al protagonizar la comedia televisiva «Mi cuñado», que marcaría un antes y un después en la carrera del intérprete. Ser estrella de cine era el próximo paso, ya que era evidente que tenía pasta para ser uno de los grandes de la gran pantalla. Uno de sus primeros trabajos como protagonista en el cine fue «Perdido por perdido» (1993), una cinta en la que encarnaba a un hombre en crisis, dispuesto a todo por no perder el lugar donde vive. Seis años después, llegó «El mismo amor, la misma lluvia», su primer trabajo a las órdenes del director Juan José Campanella, actuación que le valió el primero de sus cinco premios como mejor actor de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina. Cuando tenía a su país rendido a sus pies, Darín dio un giro a su carrera: renuncio a la imagen de galán para aceptar el papel de Marcos, un estafador de poca monta que planea un golpe millonario. Esta interesante cinta le dio a conocer en España, donde el público se rindió al encanto de este hombre atractivo, simpático, conversador y empático, que reconoce ser feliz preparando un asado para su familia y amigos, jugando al tenis, tomándose un mate o viendo un partido de la selección argentina. «La felicidad es esporádica, episódica y efímera», afirma este hombre de hablar cadencioso y fácil sonrisa, que se reconoce inconstante, comprensivo y perpetuamente a la búsqueda de la autenticidad. 
Pero el punto de inflexión fue la nominación al Oscar de «El hijo de la novia», película que hizo con Héctor Alterio y Norma Aleandro, que fue un éxito de taquilla y crítica. No ganó la codiciada estatuilla, que sí se llevó, en el 2009, «El secreto de sus ojos», otra película de Campanella y Darín. «Fue casi un milagro, porque nuestra cinta se abrió camino entre filmes realmente buenos», dijo el actor porteño, sin echarse flores. No le hizo falta. 


Comprometido con causas políticas y sociales


Todo el mundo reconoció el gran trabajo de este actor que, con una carrera artística consolidada y aplaudida, ha destacado por su firme compromiso con causas políticas y sociales como el matrimonio gay, la lucha contra la pobreza, el machismo o el abandono de mascotas, entre otras. Indiferente a las ofertas de Holly-wood, siguió engrandeciendo el cine latinoamericano y español con títulos como «El baile de la victoria», «Un cuento chino», «Una pistola en cada mano», «Tesis sobre un homicidio», «Séptimo», «Relatos salvajes» (también nominada al Oscar, donde hace un impactante retrato del ciudadano cabreado) o la enternecedora «Truman», que hizo que España cayera rendida a sus pies. La cinta conquistó cinco premios Goya, incluido el de mejor actor. Pero él lo tiene muy claro: «El día que empiezas a creerte algo de lo que te dicen alrededor tuyo estás frito. Un día va a dejar de sonar el teléfono y no importará todo lo que pasó antes». Sus millones de fans esperan que le sigan llamando.