Sissi

Emperatriz de Austria y reina de Hungría

Atacada por unos y alabada por otros, esta aristócrata alemana hermosa, singular y anoréxica se convirtió en auténtica leyenda gracias a la película «Sissi», protagonizada por la conocida actriz Romy Schneider.

La Fotografía Más Antigua Que Se Conoce De Elisabeth, Fechada En El Otoño De 1857.

La fotografía más antigua que se conoce de Elisabeth, fechada en el otoño de 1857.

Elisabeth Amalie Eugenie Herzogin in Bayern nació el 24 de diciembre de 1837 en Munich (Alemania). Fue la cuarta de los ocho hijos de Maximiliano José de Wittelsbach, duque de Baviera, y Ludovica, hija del rey Maximiliano I y princesa real de Baviera. Sus padres nunca se llevaron bien, pero eso no impidió que la infancia de Sissi –ente Munich y el palacio de Possenhoffen, a orillas del lago Starnberg– fuera la época más maravillosa de su vida. No estaba destinada a un matrimonio de conveniencia por lo que su madre, a la que ella quería mucho, no se molestó en hacer de ella una señorita y la dejó que creciera libre, en contacto con la naturaleza y los animales y dedicándole todo el tiempo que quería a la lectura y el arte.
No había plan de boda para Sissi, pero sí para su hermana mayor, Nené. Ludovica y su hermana, la archiduquesa Sofía, madre de Francisco José I, la habían elegido como futura esposa del joven emperador. Las dos hermanas lo planearon todo para que ambos se conocieran en agosto de 1853 en el balneario de Bad Ischl, pero sus planes se torcieron inesperadamente al aparecer en escena Elisabeth. Francisco José se prendó de aquella bellísima quinceañera vestida a la manera campesina y con larguísimas trenzas.

Una carroza tirada por ocho caballos blancos

La boda se celebró ocho meses después, el 24 de abril de 1854, en la iglesia de los Agustinos del palacio imperial. El templo se iluminó con 15.000 velas y se decoró con terciopelo rojo en una ceremonia oficiada por el arzobispo de Viena asistido por 70 obispos y prelados. A sus 16 años, Elisabeth llegó en la carroza imperial tirada por ocho caballos blancos, pero no era una novia feliz. Horas antes, había llorado a mares y se dice que el matrimonio no se consumó hasta días después del enlace. Convertida en emperatriz e instalada en el protocolario y encorsetado palacio imperial de Viena, al que ella rebautizó como «la jaula de oro», Sissi no tardó nada en sentirse asfixiada y muy sola. Su marido, el emperador, se ausentaba durante semanas por cuestiones de trabajo, sus damas de honor eran más espías que ayudantes y su suegra, una mujer muy dominante y con gran ascendiente sobre su hijo, intentaba convertirla en una princesa profesional, algo a lo que ella se resistió con uñas y dientes. Al año de casada, dio a luz a su primera hija, Sofía, pero su suegra le arrebató a la pequeña, asegurando que no sabría educarla. Luchó por recuperarla, aunque no lo consiguió y sólo le quedó el recurso de huir de la corte por primera vez y refugiarse en Possenhofen, donde la compañía de su madre y sus queridos hermanos actuó como un bálsamo para calmar su dolor. La historia volvió a repetirse cuando, en 1856, nació su segunda hija, Gisela. Sin embargo, en esta ocasión la emperatriz consiguió imponerse y que la recién nacida y su hermana fueran instaladas en sus habitaciones. Pero en una visita a Hungría, en 1857, a la que Sissi se había llevado a sus dos hijas pese a la oposición de su suegra, la mayor de ellas falleció a consecuencia de unas fuertes fiebres y diarreas. Aquel episodio sumió a Sissi en una honda depresión y le dio argumentos a la archiduquesa para recuperar la tutela de la pequeña Gisela y del varón, Rodolfo, que Sissi alumbró en 1858. La última hija de la emperatriz, María Valeria, nació en 1868 y fue la única con la que mantuvo una estrechísima relación durante toda su vida.

Luchó por evitar el maltrato a su hijo

Aunque apartada de su papel de madre, la emperatriz luchó para que su marido prescindiera del preceptor de Rodolfo cuando supo que éste, con la excusa de fortalecer al niño, que entonces tenía 6 años, lo sometía a verdaderas torturas como bañarlo en agua fría, encerrarlo en un parque con un jabalí suelto o entrar en su habitación disparando un arma. Consiguió que Francisco José le diera la razón, pero no pudo evitar el final trágico que le esperaba a su hijo varón: casado a la fuerza con la princesa Estefanía de Bélgica, se suicidaría en 1889, a los 30 años, en el pabellón de caza de Mayerling tras asesinar a su amante, María Vetsera. Ante tanta desgracia, Sissi volcó todos sus sentimientos en María Valeria a quien dio sabios consejos, entre ellos, que «el matrimonio es una institución insensata. Te venden niña con 15 años y haces un juramento que no entiendes y del que te arrepientes durante 30 años, o aún más, pero que ya no se puede romper». Por eso dejó que ella se casara con quien quiso.
La relación íntima entre la pareja imperial llegó a ser tan mala que Sissi rechazaba tener encuentros carnales con su marido. No le molestaba que el emperador tuviera sus amantes, entre ellas, la actriz Katharina Schratt, con la que la emperatriz austro-húngara llegó a tener tan buena relación que encargó un retrato de la artista para que Francisco José lo colgara en su despacho. A Sissi nunca se le pudieron probar infidelidades, pero por la corte se rumoreaba que tenía encuentros secretos con el entonces líder húngaro, Gyuala Andrássy, así como con su profesor de equitación, Bay Middleton.

Escena de la película «Sissi Emperatriz», protagonizada por Romy Schneider y Karlheinz Böhm.

A favor de los húngaros

En aquella Europa convulsa por las guerras, Sissi se disfrazaba para visitar hospitales, asilos y manicomios. Aunque jamás prestó atención a la política, se obsesionó con la causa prohúngara, seguramente influida por Andrássy, de quien se rumoreó que era el padre de María Valeria. En ese sentido, Sissi orientó y presionó a su esposo para que atendiera las reivindicaciones húngaras. El 8 de junio de 1867, Elisabeth y Francisco José fueron coronados como reyes de Hungría y se creó el Imperio austrohúngaro. Para la ceremonia, lució un traje inspirado en el vestido de fiesta de las mujeres húngaras, diseñado por uno de los modistos más famosos de la época, el parisino Worth. En la capital húngara, Buda, Sissi tuvo un palacio, Gödöllö, en el que pasaría largas temporadas.

Fumaba, bebía cerveza y odiaba los actos sociales

Rebelde, culta y escéptica hasta el nihilismo, Sissi fue una mujer avanzada a su tiempo. Fumaba cigarrillos, bebía cerveza en las tabernas, huía de los actos sociales y desdeñaba a nobles, reyes y militares. Le encantaban los animales exóticos, paseaba con sus perros por los salones de palacio y, a partir de los 35 años, quizás preocupada porque iba perdiendo su mítica belleza, no dejó que la fotografiasen ni la mirasen. Para ello, adoptó la costumbre de llevar velo, sombrilla y un gran abanico con el que se cubría si alguien se acercaba demasiado. Sus doncellas tardaban horas en cepillar su melena y en todos sus palacios instaló gimnasios con anillas, espalderas, barra y paralelas que usaba cada mañana; también caminaba durante horas a paso de marcha acompañada por sus damas que no siempre resistían aquellas maratonianas caminatas, era adicta a los tratamientos de los balnearios, montaba a caballo y practicaba esgrima. 
Enferma de anorexia y bulimia, se inventó una dieta para mantener su cintura en 47 centímetros y su peso en 50 kilos, un peso bajísimo teniendo en cuenta que medía 1,72 metros: carne de ternera o faisán siempre fría, leche fresca y sangre de buey, sin probar nunca las verduras ni las frutas, salvo las naranjas. Todo esto le provocó reuma, neuritis, ciática, edemas en todo el cuerpo y retención de líquidos en las piernas. En uno de sus escritos dejó patente que «he tenido que reducir aún más mis frugales comidas, pues estaba a punto de sobrepasar los 50 kilogramos de peso –un límite fatídico para mí– y mi espalda ha comenzado a producirme unos persistentes dolores, que algunos días me han impedido montar por la tarde». 
Siempre fue una mujer impopular entre los vieneses, que ni la entendían ni aceptaban sus extravagancias. Organizaba bailes para solteros que buscaban pareja; creó moda poniéndose flores en los peinados; se protegía las manos usando tres pares de guantes; a veces llevaba pantalones, algo insólito en la época; los corsés se los apretaba para destacar su estrechez y contener el hambre; los vestidos de montar se los cosían sobre el caballo para que le quedaran perfectos, y su dentadura era tan fea que nunca sonreía. 
Su desdén por las rígidas reglas de la corte que tanto aborrecía le provocaron insomnio, crisis de angustia y algunas enfermedades psíquicas que le llevaron a crearse un mundo paralelo de disfrute y evasión. Era una mujer tan culta que se desenvolvía perfectamente en alemán, inglés, húngaro, francés y griego, llegando incluso a traducir a este idioma relatos de Shakespeare o Schopenhauer. Recitaba de memoria obras de Homero, Byron y Heine y escribió dos libros de poemas: «Canciones del mar del Norte» y «Canciones de invierno». 

Asesinada en Ginebra por un joven anarquista 

En contra de lo establecido, abandonaba Viena siempre que se le antojaba y viajaba bajo seudónimo por ciudades de Portugal, Hungría, Malta, España, Turquía, Egipto, Marruecos o Grecia. Su pasión por lo clásico le llevó a comprarse un carísimo palacio en la isla griega de Corfú y un barco llamado Miramar, con el que recorría el Mediterráneo. Se decía de ella que era tan aventurera que llegó a atarse al mástil para contemplar de cerca una tempestad. 
En uno de esos viajes encontró su destino fatal. El 10 de septiembre de 1898 se encontraba paseando por la ciudad suiza de Ginebra junto a su dama de compañía, Irma Sztárav –ésta es la última imagen que existe de ella– cuando se cruzó en su camino un anarquista italiano llamado Luigi Lucheni. El joven quería pasar a la posteridad por asesinar a un personaje importante, pero su elegido, el príncipe Enrique de Orleans, pretendiente al trono francés, había cancelado su viaje. Se enteró por la prensa de que la emperatriz se encontraba en la ciudad y decidió que ella sería su víctima. Tras haber estudiado meticulosamente la posición del corazón en manuales de anatomía, Lucheni clavó en el pecho de Sissi un punzón que él mismo había fabricado. 
La emperatriz notó que algo ocurría y tras volver en sí unos instantes, preguntó: «¿Qué me ha pasado?», pero de inmediato perdió el conocimiento para siempre. Al conocer la noticia, el emperador comentó: «En mi imperio la desgracia no conoce el ocaso». En su despedida, no hubo tumultos y se derramaron pocas lágrimas, aunque asistieron 82 testas coronadas con sus respectivos séquitos. Quería ser enterrada en Corfú, pero su cuerpo se depositó en la cripta de los capuchinos de Viena, junto a los restos de varias generaciones de la dinastía que nunca llegó a amar. 

Romy Schneider, la Sissi de la pantalla grande

A partir de ese momento nació el mito de un personaje que el cine nos vendió, bastante edulcorado, a través del carismático rostro de Romy Schneider, que dio vida a la aristócrata en cuatro filmes: «Sissi» (1955), «Sissi emperatriz» (1956), «El destino de Sissi» (1957) y «Luis II de Baviera, el rey loco» (1972). En España, la editorial Bruguera editó en los años 50 una revista para niñas llamada «Sissi» y la escritora Ángeles Caso publicó en 1993 la biografía titulada «Elisabeth, emperatriz de Austria-Hungría o el hada».