Sofía de Grecia

Reina de España

El 2 de noviembre cumplió 75 años la primera dama de nuestro país. Nacida en Grecia en el seno de una de las más antiguas casas reales, ha sabido desempeñar con elegancia y profesionalidad su trabajo como soberana.

Retrato Oficial De La Reina De España

Retrato oficial de la Reina de España

Sofía Margarita Victoria Federica de Grecia y Dinamarca nació el 2 de noviembre de 1938 en Psychico, barrio residencial de Atenas (Grecia), en el seno de una familia perteneciente a una de las casas reales más antiguas de Europa: los Schleswing-Holstein Sonderburg Gluckburg. Primogénita del príncipe Pablo y de la princesa Federica de Hannover, nada más ver la luz –tal y como marcaba la tradición– se dispararon 21 salvas de homenaje desde el monte Lycabettos.  Sus padres querían llamarla Olga, en honor de su bisabuela paterna, la gran duquesa rusa Olga Constantiova, mujer de Jorge I, fundador de la dinastía griega, pero el pueblo, en cuanto oyó los cañonazos, acudió a la casa gritando: «¡Sofía!, ¡Sofía!». Sus padrinos de bautismo fueron, entre otros, su tío, el rey Jorge II, y la reina Elena de Italia. 

 

Un difícil exilio de cinco años y medio

En sus memorias, la reina Federica explicaba que, cuando elogiaban a su primogénita, ella solía comentar: «Sí, es una niña muy guapa, pero es una lástima que haya sacado mi nariz». Un día, en vez de oír, como ella esperaba, que la nariz de la niña era monísima, una mujer le dijo: «No se preocupe, ese defecto se le corregirá con el tiempo». El 2 de junio de 1940 el país celebró el nacimiento de Constantino, que se convirtió en el heredero por mor de la vigente Ley Sálica que prioriza a los hombres sobre las mujeres en los derechos al trono. Pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial ensombreció la euforia, ya que Grecia fue invadida por italianos y alemanes y el 22 de abril de 1941 la familia real dio comienzo a un exilio de cinco años y medio que les llevaría a residir en varios países. Tras 15 días escondidos en la isla de Creta, viajaron a Alejandría y Egipto, donde Sofía tuvo por primera vez miedo en su vida al oír las sirenas nocturnas que anunciaban los bombardeos. En Egipto recibieron ayuda de otros refugiados griegos, les prestaron dinero y ropas, pero a mediados de junio, el gobierno del rey Faruk les «invitó» a irse del país y, a bordo de un vapor holandés, recalaron en Ciudad del Cabo (Sudáfrica), donde el 11 de mayo de 1942 nació la princesa Irene. Fue una época difícil, ya que el príncipe Pablo estuvo alejado de su familia durante casi tres años, actuando de enlace con el gobierno en el exilio. En su niñez, dos mujeres influyeron en Sofía: su prima, Tatiana Radziwill –su mejor amiga y confidente junto con su hermana Irene– y su institutriz, Sheila McNair.

Finalizada la guerra, el 28 de septiembre de 1946, después de haber cambiado 22 veces de domicilio durante el exilio, la familia real pudo volver a instalarse en el chalet de Psychico. «El exilio es una de las peores cosas que pueden pasar en la vida. Desarraiga a las personas, las aleja de su tierra y disgrega a las familias. Los primeros años de posguerra en Grecia –tal y como se recoge en el libro «La reina», de Pilar Urbano– fueron muy duros. No había ropas, alimentos, ni medicinas. No había de casi nada. Mis padres empezaron a viajar por todo el territorio y a mí me llevaban para que fuese conociendo de cerca el dolor y la pobreza». 

 

Una niña sensible, observadora y curiosa

Seis meses más tarde murió sin descendencia el rey Jorge II y le sucedió su hermano, que ascendió al trono como Pablo I. La familia se mudó al palacio de Tatoi, situado en una enorme finca a las afueras de Atenas, aunque con grandes restricciones por la pobreza que asolaba el país. Para entonces, doña Sofía ya había formado su personalidad: era una niña sensible, observadora, tímida y curiosa Sofía estudió en la escuela Arkasion, que sus padres habían creado dentro de Tatoi. La Reina asegura que no era buena estudiante. La redacción, la sintaxis o las matemáticas se le daban mal, algunas veces hacía chuletas o copiaba en los exámenes y era algo traviesa, ya que con los otros compañeros se enviaban mensajes de una mesa a otra con un tirachinas. En el otoño de 1951, completó sus estudios en el internado alemán Schloss Salem, que dirigía una tía suya. Considerada una de las escuelas más prestigiosas de la época, todos los alumnos eran tratados por igual, independientemente de su condición social. Allí, durante los tres años que estuvo, Sofía compaginó el estudio de las asignaturas (ahí se inició su interés por la pintura y la fotografía) con el aprendizaje de tareas como la cocina, la limpieza o los trabajos comunitarios. «Todo tenías que hacértelo tú. No tenías quien te mimara. No podías quejarte ni lloriquearle a nadie. Eso me ayudó muchísimo. Encontré ahí un desafío formidable de libertad y responsabilidad», asegura. Las vacaciones de verano las pasaba en una casa que una rica familia de navieros prestaban a su familia en la isla de Petalí, hasta que, en 1955, compraron Mon Repos, en Corfú.

Don Juan Carlos y doña Sofía acuden a votar el referéndum de la Constitución de 1978.

«Simpatiquísimo, divertido y muy bromista»

En 1954, su madre organizó un crucero por el Peloponeso a bordo del «Agamemnon» que cambió para siempre el rumbo de su vida. «Entre tantos invitados me fijé en el príncipe Juan Carlos. Me pareció simpatiquísimo, muy divertido, muy bromista. Un gamberro. En aquel momento me molestaba que a él, con sólo unos meses más que yo, sus padres le dejasen quedarse hasta las tantas, bailando y juergueando y a mí, los míos a las 12 me mandaban a la cama. Personalmente, entre Juan Carlos y yo no hubo nada de nada, ni tan siquiera me sacó a bailar una vez», explicaba. Doña Sofía, que tenía 15 años, se había enamoriscado varias veces de algunos compañeros de Salem y, entre sus amores platónicos figuraban astros de Hollywood como James Dean, Robert Wagner o Jeffrey Hunter.
Tras acabar sus estudios en Salem, doña Sofía decidió regresar a su país para ayudar a los suyos. En Atenas estudió puericultura en la escuela de enfermería y psicología infantil Mitera –en griego significa madre– desde 1956 hasta 1958, pero luego prolongó sus prácticas tres años más. Allí pasó momentos divertidos e inolvidables, como cuando se comía los restos de papilla ya que era muy golosa o se acercaba innumerables veces a atender a un niño mulatito, que le tenía robado el corazón. Combinaba el trabajo con los viajes oficiales acompañando a sus padres y con estudios de Arqueología junto a su hermana Irene y la profesora Arvanitopoulos, llegando a publicar dos libros sobre las excavaciones que habían hecho en Decelia, una pequeña ciudad más antigua que Atenas a pocos kilómetros de Tatoi. También completó su formación en Humanidades y perfeccionó su conocimiento del griego antiguo y moderno.

 

Le afeitó el bigote al Rey antes de ser novios

En la boda de Elisabeth de Württenberg con Antonio de Borbón-Dos Sicilias en el castillo de Althaussen (Stuttgart), doña Sofía volvió a encontrarse con don Juan Carlos, pero sólo se saludaron. A su regreso, Sofía prosiguió con su vida cotidiana, fortaleciendo su relación con su hermano Constantino. A los dos les encantaba practicar la vela, deporte en el que el futuro rey de Grecia ganaría una medalla de oro en las Olimpiadas de Roma de 1960. Unos días antes, los Grecia dieron una fiesta en su barco, el Polemistis, a la que acudieron los condes de Barcelona con su hijo Juan Carlos. Tal y como ha recordado la reina, don Juan Carlos llevaba en aquella época bigote. «No me gustas nada con ese horrible bigote» –le dijo, a lo que él replicó– «Ah, ¿no? Pues… ahora no sé cómo lo voy a poder arreglar». «¿No sabes cómo? Yo sí. Ven conmigo. Le llevé a un cuarto de baño del barco, le hice sentarse, cogí una maquinilla y se lo afeité». En ese momento ya se cocía la atracción entre ambos, pero no fue hasta 10 meses después, en la boda de los duques de Kent en York (Inglaterra), que la cosa fue a más. Al llegar al hotel donde se hospedaba, la curiosidad pudo con ella y hojeó en la mesa de recepción el listado de los invitados. «Les conocía a casi todos pero, de repente, leí el duque de Gerona. Y dije: “¿Quién es?”. Al momento, a mi espalda, escuché un “Soy yo”. Me volví y era él...». Empezó ahí un noviazgo que, finalmente, se concretaría en una petición de mano bastante curiosa ya que, tras solicitarle permiso a su padre, de repente Juan Carlos «me dijo: “Sofi, cógelo” y me tiró un paquetito. Así, sin más, rápido y desenfadado como es él», confiesa la reina. Dentro había un anillo con dos rubíes y una hilera de diamantes. El 14 de mayo de 1962, don Juan Carlos y doña Sofía se casaron en la catedral de San Dionisio, en Atenas, ante cientos de amigos y familiares, entre ellos, representantes de todas las casas reales. Tras la boda, fueron recibidos en El Vaticano por el Papa Juan XXIII y luego viajaron a El Pardo para visitar a Francisco Franco, entonces jefe del Estado, que había elegido a Juan Carlos como sucesor en el cargo, obviando al padre del príncipe, don Juan de Borbón, verdadero heredero. «Franco me pareció pequeño, tímido y alejado de la imagen típica de un dictador», ha dicho doña Sofía. Tras un largo viaje de novios alrededor del mundo, la pareja se instaló en Estoril (Portugal), donde los Condes de Barcelona vivían exiliados, hasta que en la primavera de 1963 se establecieron en el palacio de la Zarzuela, donde la nueva princesa de España comenzó a integrarse poco a poco en la vida de nuestro país. Consciente de que tenía que aprender la lengua y costumbres españolas, doña Sofía recibió clases particulares y, a diario, leía muchos periódicos, veía películas en castellano y conversaba. 

El 20 de diciembre de ese mismo, año nació la infanta Elena en la Clínica de Nuestra Señora de Loreto, un acontecimiento novedoso ya que hasta ese momento ninguna mujer de la Familia Real española había dado a luz fuera de palacio. A los dos meses de nacer, los Príncipes viajaron a Suiza para que la reina Victoria Eugenia conociera a su bisnieta y, poco después, estuvieron en Atenas para que la vieran sus abuelos maternos. Aquellos momentos de felicidad se truncaron el 4 de marzo de 1964 con el fallecimiento del rey Pablo. «He querido muchísimo a mi padre. En mi vida y en mi forma de ser hay más influencia de él que de mi madre. Teníamos caracteres más afines», admitió la reina años después. Constantino se convirtió en rey al instante y, en otoño de ese mismo año, se casó con Ana María de Dinamarca, hermana de la actual soberana. 

 

Exilio de su hermano y  nacimiento de su hijo  

El 13 de junio de 1965, nació la segunda hija de los entonces Príncipes de Asturias, la infanta Cristina, que llenó de alegría un hogar que, en abril de 1967, recibiría de nuevo un duro golpe: los coroneles griegos dieron un golpe de Estado, subieron al poder y provocaron el exilio del rey Constantino y, seis años más tarde, la abolición de la monarquía griega por medio de un referéndum. Tras consolar a su hermano, que se había instalado en Londres, la Reina volvió a vivir uno de los días más felices de su vida cuando dio a luz el 30 de enero de 1968 a Felipe, destinado a ser el Príncipe de Asturias y heredero de la corona española. 

En la Zarzuela con sus tres hijos.

Una vida tranquila sin corte ni ayudantes

A pesar de que las relaciones con Franco eran tirantes, el dictador nombró a Juan Carlos su sucesor a título de rey, pero hasta que llegara el momento, la vida en La Zarzuela era muy normal. No había corte, ni ayudantes de cámara ni cualquier otro símbolo obsoleto de la tradición monárquica. Siempre que su trabajo de representación pública como Princesa se lo permitía, a doña Sofía le encantaba dedicar su tiempo libre a pasear por los jardines, jugar al Monopoly con sus hijos, llevarles al colegio en el que estudiaban o escuchar música clásica a la que es muy aficionada. 

Tras la muerte de Franco, don Juan Carlos fue proclamado rey el 22 de noviembre por las Cortes Españolas. Pese al gran cambio que supuso convertirse en Reina de España, doña Sofia se afanó para que la vida familiar siguiera siendo igual, con excepción de los inevitables viajes oficiales, que eran más numerosos que antes. El 6 de febrero de 1981, la Reina sufrió uno de los golpes más duros de su vida cuando falleció su madre. El entierro de sus restos mortales de le permitió regresar, durante unas horas, a su país natal después de 17 años fuera. Aquella pérdida le sumió en una gran tristeza que pudo superar, poco a poco, gracias al cariño de la familia. De sus padres, nuestra protagonista había heredado la mayoría de sus cualidades. El rey Pablo I era culto, comedido, optimista, dialogante y reflexivo, mientras que la reina Federica, una mujer impulsiva, inteligente, se distinguía por su gran curiosidad y su carácter apasionado. «Mis padres estaban muy unidos y hacían lo posible por mantener unida a la familia en cualquier circunstancia. Han sido el mejor espejo en el que me podía mirar», admitiría con el paso del tiempo. 

 

23-F: un difícil momento para la Monarquía

Dicen que las desgracias nunca vienen solas y, apenas dos semanas después, España sufrió un golpe de estado que hizo tambalear los cimientos de la Transición democrática española y el restablecimiento de la Monarquía. Pasados aquellos difíciles momentos, en los que el papel del Rey fue decisivo para evitar la involución política, la imagen de la Casa Real salió reforzada y la Reina pudo sentir, más que nunca, el cariño del pueblo. 

Como madre, siempre ha sido protectora pero dejando que sus hijos eligieran con libertad su destino. Les alentó en sus estudios y, gracias a su empuje y devoción, logró que sus tres vástagos cursaran estudios superiores, por lo que se convirtieron en los primeros miembros de la Familia Real española que acudían a la universidad. Nunca ha querido que a sus hijos se les tratara de diferente manera que a los demás, les ha inculcado valores tan importantes como la solidaridad, la disciplina, la humildad, la naturalidad y la pasión por las artes y el deporte. Al contrario de lo que se le suponía por sus orígenes germánicos, la Reina es una persona muy cálida, cercana, que siente un gran interés por las personas que le rodean. Tiene un gran sentido del humor, es espontánea y extremadamente cariñosa con los niños, especialmente con sus ocho nietos. Mientras sus hijos estaban en edad casadera, la Reina aseguraba, una y otra vez, que «se casen con quienes quieran. Los padres no podemos meternos en las relaciones de nuestros hijos. Es bueno que nos abramos porque casarse con personas de fuera de este círculo es positivo». Y así lo hicieron. La infanta Elena se casó en Sevilla el 18 de marzo de 1995 con Jaime de Marichalar, con el que tuvo dos hijos, Felipe (1998), más conocido como Froilán, y Victoria Federica (2000). La infanta Cristina contrajo matrimonio con el jugador de balonmano Iñaki Urdangarín en Barcelona el 4 de octubre de 1997 y ha sido madre de cuatro hijos: Juan Valentín (1999), Pablo Nicolás (2000), Miguel (2002) e Irene (2005). Sin duda alguna, uno de los momentos más emotivos fue el 22 de mayo del 2004, cuando ejerció de madrina en la boda de su hijo –su ojito derecho al tener un carácter muy parecido al del rey Pablo I–, con Letizia Ortiz. Felicidad que revivió con el nacimiento de las dos hijas de la pareja: Leonor (2005) y Sofía (2007), llamada así por ella. La Reina se lleva muy bien con su nuera y no duda en salir en su defensa. «Quienes critican el matrimonio de un príncipe con una periodista tienen una forma muy antigua de pensar», afirma con rotundidad.

 

Una mujer preocupada por la cesta de la compra 

En 1993, toda España la vio llorar durante el funeral de don Juan y, cinco años más tarde, tuvo la satisfacción de poder ir a su país en visita oficial después de 30 años sin poder ejercer allí como soberana española. No cabe duda que antes que Reina, es madre, abuela y, sobre todo, mujer. En épocas de crisis, se queja del precio de la cesta de la  compra, «como todas las amas de casa, pero procuro que no se note en el detalle». Entre sus aficiones más importantes están el arte, la música o el cine. Está muy orgullosa de que Madrid posea algunos de los museos más importantes del mundo, como el Prado, el Thyssen o el Reina Sofía. Entre sus películas favoritas figuran «Con faldas y a lo loco», «La túnica sagrada», «Kramer contra Kramer» o las de Pedro Almodóvar, a quien considera muy moderno, y siempre que puede se escapa a algún estreno cinematográfico o teatral. Cuando está en casa, suele leer biografías o novelas históricas, y cada mañana lee periódicos españoles y algunos extranjeros. La música, afición que heredó de su padre, tampoco falta en el ambiente de la Zarzuela. En palacio, es habitual la música de su amigo, el recientemente fallecido violinista Mtislav Rostropovich, o piezas de Beethoven y Mozart, y los más contemporáneos Beatles. A pesar de que tiene poco tiempo libre para sus aficiones, también le gusta ver la tele, especialmente los informativos nacionales y extranjeros, y series tan conocidas como «Cuéntame cómo pasó» o «La señora». Disfruta jugando a la oca y al ajedrez con algunos de sus nietos, a los que suele mimar con algunos caprichos y les cuenta cuentos de los hermanos Grimm, los Andersen o de Disney. En verano le encanta ir al mar, navegar a bordo del yate Fortuna y pasar momentos inolvidables junto a sus nietos, que son los grandes protagonistas de las vacaciones en Marivent (Mallorca). De ella se ha dicho que no tiene amigas, pero no es cierto ya que su hermana Irene, su prima Tatiana y la reina Noor de Jordania son sus fieles confidentes. Con ellas ha hecho muchos viajes privados. En Mallorca se puede permitir conducir su propio coche, ya que le encanta ponerse al volante, y, en invierno, su gran pasión es esquiar con la familia y los amigos en la estación leridana de Baqueira Beret.

 

«No me he dado cuenta del paso del tiempo»

También efectúa viajes personales a Londres para ver a su hermano y a su familia, con los que mantiene una estrecha relación, y, como primera dama del país, ha quedado patente su activa preocupación por la defensa de los animales, la preservación del medio ambiente o la integración de las personas con discapacidad. También ha dado su apoyo a la lucha contra el cáncer, contra el Alzheimer, las drogas o la promoción del trabajo de la mujer y de las clases sociales menos pudientes a través de los microcréditos. Académica de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ha sido investida doctora honoris causa por siete universidades.

 Ahora, cuando cumple 75 años, la Reina admite que «no me he dado cuenta del tiempo que ha pasado. El balance que hago de todos estos años es muy positivo, tanto en mi función como Reina como en lo familiar. Siempre he puesto los pies en la tierra, mis hijos me han abierto los ojos. Lo más importante es seguir teniendo ilusiones de cara al futuro».