Alexander McQueen

El «bad boy» de la moda inglesa

Uno de los diseñadores de moda más polémicos, rompedores y torturados de todos los tiempos.

 

Lee Alexander McQueen nació el 17 de marzo de 1969 en el barrio londinense del East End. Fue el menor de seis hijos de Ronald, un taxista, y Joyce, profesora de Ciencias Sociales, a la que siempre estuvo muy unido y que fue la persona que más fomentó su talento y creatividad. Desde pequeño, Lee, que dibujaba vestidos con 3 años, tuvo tan claro que su destino pasaba por la ropa como que era homosexual. Eso le valió las burlas de sus compañeros de clase. Pero eso no fue lo peor de su infancia. Lo más horrible fueron los abusos sexuales por parte del marido de su hermana Janet, 15 años mayor que él, y las brutales palizas que ese individuo le propinaba a su mujer y que Lee vio. Aquello le marcó a fuego.

 

Una colección basada en Jack el Destripador

Con un currículo educativo desastroso, a los 16 años  dejó la escuela para ser aprendiz en la prestigiosa sastrería Anderson & Sheppard, donde se especializó en pantalones. «Hay que conocer las reglas del juego para poder romperlas», decía el diseñador que, más tarde, trabajó en Gieves & Hawkes, donde se especializó en chaquetas. Cuando trabajó para la compañía de vestuario teatral Angels & Bermans ya dominaba seis técnicas de corte diferente.

 

A los 20 años le contrató el diseñador Koji Tatsuno y, en 1990, viajó a Milán como asistente del modisto Romeo Gigli. A su regreso a Londres, estudió en la escuela de diseño de moda Saint Martins donde se graduó, en 1992, con una primera colección basada en la siniestra figura de Jack el Destripador, presentada durante la London Fashion Week.

 

Descubierto por una editora de «Vogue»

Allí lo descubrió la editora de la revista «Vogue», Isabella Blow, quien, convencida de haber hallado un diamante en bruto, le compró toda la colección por 5.000 libras para impulsar su carrera. Ella «inventó» la marca al llamarle Alexander (su segundo nombre) en lugar de Lee. Fue el inicio de una gran amistad que tuvo sus luces y sus sombras. En 1995, el modisto lanzó una de sus colecciones más polémicas, la Highland Rape (violación en las Highland), en la que presentó a las modelos desaliñadas y con los vestidos de tartán rasgados, como si las hubieran atacado. La prensa puso el grito en el cielo, creyendo que McQueen degradaba la imagen de la mujer. En realidad, no tenía nada que ver: la colección era una metáfora de la invasión de Escocia por parte de Inglaterra. En cualquier caso, había nacido el «bad boy» de las pasarelas británicas. «Uso cosas que la gente quiere esconder en su cabeza, como la guerra, la religión o el sexo; cosas sobre las que todos pensamos, pero que no expresamos», decía. «Cojo mis peores pesadillas y miedos y los pongo sobre la pasarela. Es como exorcizar mis fantasmas. Mis desfiles tratan de todo lo que está enterrado en mi mente, es como ir a mi lado oscuro y empujar todo ese horror para sacarlo de mi alma y dejarlo en la pasarela», decía. Para Alexander McQueen era indispensable que sus colecciones y  «shows» provocasen emociones. Si no, «es que no estoy haciendo bien mi trabajo».

 

En 1996, tenía entre sus clientes a famosos como David Bowie, para quien diseñó el vestuario de sus giras. Ese año recibió la llamada de Bernard Arnault, dueño de la firma de lujo Louis Vuitton (LVMH) para ser el director creativo de Givenchy. Fue el reconocimiento que estaba esperando y su oportunidad de demostrar todo lo que era capaz de hacer. Mientras estuvo en la casa francesa, no dejó de trabajar para su propia colección. Así, las cuatro colecciones anuales para Givenchy y las suyas propias empezaron a pasarle factura y empezó a sufrir insomnio, ansiedad y depresión.

 

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McQueen, aplaudido por el público tras uno de sus «shows».

 

Muchas «celebrities» entre sus clientes


En el 2000, sintió que la casa francesa estaba ahogando su creatividad, por lo que decidió venderse a la competencia. Gucci compró el 51% de su marca, lo que le permitió centrarse sólo en su firma y diseñar sin limitaciones de ninguna clase. Le salió bien la jugada y, muy pronto, McQueen se convirtió en la marca favorita de muchas «celebrities». Vestía a famosos como Sarah Jessica Parker, Victoria Beckham o Lady Gaga y maniquís como Bimba Bosé (debutó con él), Naomi Campbell, Eva Herzigova y Kate Moss lucían sus controvertidas creaciones en las pasarelas.

 

Ese verano «se casó» (los matrimonios gays no eran aún legales) con el cineasta George Forsyth a bordo de un yate en Ibiza. A la fiesta no faltó Kate Moss, una de sus modelos preferidas. La unión no duró y, al cabo de un año, se separaron, aunque conservaron una gran amistad. En el 2003, recibió la Orden del Imperio británico de manos de la reina Isabel (ya había recibido varios British Fashion Awards),  y, aunque siempre se definió como un «anarquista antimonárquico», aceptó el distintivo porque a sus padres les hacía ilusión. 

 

Para el mundo, Alexander McQueen, el «enfant terrible» de la moda, había triunfado, pero aquel brillante currículum no hablaba de sus miedos y sus paranoias, de sus noches sin dormir y de que tomaba pastillas para adelgazar debido a su tendencia al sobrepeso. De puertas para dentro, su vida personal era caótica. Una de sus exparejas, Archie Reed, aseguró en una ocasión a la prensa británica que Lee se pulió 7 millones de euros en drogas antes de su muerte. «Era un hombre increíble, amable, encantador, pero lleno de paranoias», desveló. 

 

El 7 de mayo del 2007, Alexander recibió una noticia que supuso un mazazo del que jamás se recuperaría: el suicidio de su amiga y mentora, Isabella Blow. Dicen que se habían distanciado porque a él le costaba hacer frente a la constante depresión de Blow, pero otras fuentes aseguran que habían seguido unidos. Prueba de ello es que, para su entierro, la vistió con uno de sus diseños, de color verde, que eligió personalmente. Además, pidió quedarse un mechón de pelo de Issie, como la llamaban.

 

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McQueen con Isabella Blow.

 

Grandes inseguridades por su físico

En el año 2009, tras someterse a una severa dieta y a una liposucción para cambiar su aspecto físico tratando de vencer las inseguridades que le provocaba su tendencia a engordar, el médico que le hizo el tratamiento estético, Mike Comins, lo derivó a un psiquiatra tras saber que había tenidos dos episodios de sobredosis. El doctor que le atendió no los consideró intentos de suicidio serios y le diagnosticó «trastorno mixto de ansiedad y depresión». Pero, en noviembre de aquel mismo año, la muerte volvió a rondarle: una de sus modelos fetiche, la coreana Daul Kim, también se quitó la vida.

 

Fue en esa época cuando descubrió que tenía sida. Tal vez por eso le dijo a su ayudante, el diseñador mallorquín Sebastián Pons (uno de los jóvenes creadores a los que ayudaba con becas), que estaba convencido de que acabaría quitándose la vida. Llegó a explicarle cómo iba a hacerlo: al final del desfile de su colección, «Plato’s Atlantis», estaría dentro de una caja de plexiglás y se pegaría un tiro delante de todos. El joven advirtió a los directivos de la firma de los desvaríos del modisto, pero no le hicieron caso considerando que era parte de su habitual comportamiento extravagante.

 

Cóctel de cocaína y pastillas antes de ahorcarse

Se equivocaban porque el 2 de febrero del 2010 empezó a escribirse el breve capítulo final de la vida de uno de los mayores genios de la moda de las últimas décadas. Ese día su madre falleció por un cáncer. Fue la estocada definitiva para el diseñador. Nueve días después, el 11 de febrero, la víspera del funeral, se tomó un cóctel de cocaína y pastillas y se ahorcó con su cinturón favorito en su piso de Mayfair. Dejó una nota escrita en la contraportada de un catálogo de arte: «Cuidad de mis perros. Lo siento. Os quiero». La modista Sarah Burton (que al año siguiente haría el diseño del vestido de novia de Kate Middleton) le sucedió al frente de la firma, que actualmente es del grupo Kering.