Alfredo Pérez Rubalcaba

Gran político socialista

Responsable del fin de ETA, fue uno de los políticos más relevantes de los últimos años en España. Destacó por su inteligencia, su oratoria y su profunda vocación de servidor público.

 

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Alfredo Pérez Rubalcaba nació en Solares, municipio cántabro de Medio Cudeyo, el 28 de julio de 1951. Fue el mayor de los cuatro hijos –Javier, Elena y Alejandro nacieron después– de Dolores Rubalcaba y Alfredo Pérez Vega. Su padre, que luchó en el bando nacional en la Guerra Civil, fue piloto tras haber entrado en Iberia como mecánico de vuelo. Años después, abrió un negocio de papelería técnica que llegó a ser una de las mejores de Madrid: la sociedad Papelería Ibérica SL. 


Un brillante químico que era un buen atleta 

En el barrio de Salamanca de la capital se instaló su familia cuando él tenía 3 años y empezó a estudiar en el colegio del Pilar, prestigioso centro de donde han salido numerosos periodistas influyentes y dirigentes como Javier Solana o José María Aznar. Tras acabar bachillerato con excelentes notas, cursó Ciencias Químicas en la Complutense de Madrid. Por aquel entonces, un suceso le impactó con tanta fuerza que le abrió los ojos y el corazón a la política: en enero de 1969 el estudiante de Derecho Enrique Ruano, «expilarista» como él, fue torturado y defenestrado desde un séptimo piso por policías franquistas. «Me he acordado toda mi vida de ese episodio», decía. Al poco, empezó a militar en el Frente de Liberación Popular, donde coincidió con Joaquín Leguina y Pasqual Maragall. 


Además de buen estudiante, era un consumado atleta. Velocista que había corrido los 100 metros lisos en menos de 11 segundos, había sido preseleccionado para las Olimpiadas de 1968 en México, pero su carrera deportiva se vio truncada cuando, en una prueba, no tuvo tiempo de calentar bien y sufrió la rotura de isquiotibiales. Ésta y otras lesiones graves le obligaron a dejar el deporte. 


Lejos de las pistas, focalizó su pasión en la política. En 1974, un año antes de la muerte de Franco, se afilió al PSOE. Para entonces ya se había licenciado con premio extraordinario y, tras doctorarse, trabajó como profesor en la Complutense de Madrid y en las universidades de Constanza (Alemania) y Montpellier ( Francia). En 1979, se casó con Pilar Goya, a la que había conocido en la universidad y que también se doctoró en Químicas. No tuvieron hijos, pero criaron como tales a dos sobrinos huérfanos.


Sus inicios como político profesional fueron en el mundo docente. Tras ganar Felipe González en 1982, entró en el Ministerio de Educación, donde fue secretario de Estado y, en 1992, ministro, apostando por impulsar la educación pública. De esa época, recordaba con gran placer los Juegos Olímpicos de Barcelona, donde vio todas las pruebas de atletismo y retransmitió para TVE una carrera mítica: el récord de Kevin Young en los 400 metros vallas.

 

Alfredo Pérez Rubalcaba

Arriba, en su primer cargo público: secretario de Estado para la Educación.


Inteligente, analítico y excelente negociador

Especialmente bien dotado para la comunicación, González le eligió ministro de la Presidencia y portavoz del Gobierno tras las elecciones de 1993, puesto en el que Rubalcaba tuvo que lidiar con las preguntas sobre el GAL y los innumerables casos de corrupción que acechaban al PSOE. Ahí empezó a forjarse su imagen de hombre de gran inteligencia, capacidad oratoria y analítica y excelente negociador. Como diría el también socialista José Montilla, podía «aproximar posiciones y proponer caminos cuando todo parecía bloqueado». 


Con Joaquín Almunia como nuevo líder socialista y ya en la oposición, Rubalcaba, que pertenecía al sector renovador en contraposición a los «guerristas», asumió la Secretaría de Comunicación. En 1997, que José Bono no llegara a la secretaría general del PSOE le descolocó un poco porque era su apuesta política interna, pero no tardaría mucho en despertar el interés del nuevo líder, José Luis Rodríguez Zapatero. Viéndole como un látigo contumaz y afinado contra el PP, Zapatero le encargó la estrategia de comunicación del PSOE en su lucha por volver al poder.

 

El 13 de marzo del 2004, dos días después de los salvajes atentados del 11-M en Madrid que el ejecutivo popular se obstinaba en atribuir a ETA, Rubalcaba pronunció una de sus declaraciones más recordadas: «Los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta». Al día siguiente, los socialistas ganaron las elecciones y Rubalcaba se convirtió en portavoz del grupo socialista en el Congreso. Él explicó que en este puesto había «disfrutado muchísimo», seguramente por su rapidez mental, su impecable oratoria y su pasión por el juego político, pero donde recibió muchísimos palos. Le llovieron acusaciones de maquiavélico, intrigante y fontanero del poder. En aquellos años conjugó la difícil tarea de la ardua negociación del Estatut de Catalunya con una grave enfermedad de su padre, que le hizo pasar muchas noches en vela en el hospital.


Artífice del fin de ETA y del carnet por puntos

En el 2006, volvió a primera línea, como ministro del Interior, con el encargo explícito de Zapatero de negociar el final de ETA. Lo consiguió y admitió que lloró cuando, el 20 de octubre del 2011, conoció el comunicado de disolución de la organización armada vasca. Un año antes, Zapatero lo había hecho vicepresidente primero y portavoz del Gobierno para parar los golpes que recibían los socialistas por la crisis económica y el 20% de paro. Todo sin dejar Interior, donde logró una merma espectacular en la siniestralidad en tráfico implementando el carnet por puntos.


En mayo del 2011 aceptó ser el candidato socialista a las elecciones generales de noviembre. Un PSOE desgastado y revuelto confiaba en que aquel corredor de fondo les mantendrían en la Moncloa, pero fue derrotado por Mariano Rajoy. Sus malos resultados en las urnas no le desanimaron para presentar su candidatura a la Secretaría General: se impuso por sólo 22 votos a Carme Chacón. La alegría le duró poco. Dos años más tarde y otros malos resultados –esta vez en las elecciones europeas– le llevaron a anunciar que dejaba la dirección del partido y su escaño como diputado. 


Antes, facilitó la abdicación del rey Juan Carlos y la proclamación de Felipe VI, soslayando el debate interno dentro del PSOE sobre la opción de volver a la república. El 2 de septiembre del 2014, Rubalcaba se reincorporó a su plaza en la Universidad Complutense de Madrid. «En el fondo, siempre he sido un profesor», declaró al regresar a las aulas, desestimando la habitual práctica de las «puertas giratorias». 


De apariencia frágil, encantador en las distancias cortas y capaz de convencer al más acérrimo detractor si le dejaba argumentar, Rubalcaba se quejaba de haber quedado un poco olvidado, pero valoraba tener más tiempo para la lectura, la música clásica, el mus y el Real Madrid (era merengue forofo) o poder decir lo que quisiera en conferencias o entrevistas. Disfrutaba también sin sobresaltos de sus veranos en Llanes (Asturias) con su mujer y sus mejores amigos, Jaime Lissavetzky y Pilar Lezaga, también químicos. Cuando le preguntaban si escribiría sus memorias, decía: «Lo que puede explicarse, no tiene interés y lo que tiene interés, no puede explicarse».


Capilla ardiente en un salón del Congreso

El 10 de mayo del 2019, Pérez Rubalcaba falleció, a los 67 años, en Majadahonda tras haber sufrido un ictus dos días antes. Su capilla ardiente se instaló en el salón de los Pasos Perdidos de las Cortes, donde miles de ciudadanos y las más altas personalidades políticas rindieron un tributo a este hombre enjuto, brillante y afable que, en sus 40 años de servicio público, fue uno de los políticos más relevantes y decisivos de la democracia española. Tras un funeral celebrado en la intimidad, sus cenizas fueron enterradas junto a sus padres en el cementerio de La Paz-Tres Campos.