Ana Estuardo

La primera reina de Gran Bretaña

Última reina de la dinastía de los Estuardo, una de las menos conocidas de la historia inglesa

 

Queen Anne of Great Britain

Retrato de la soberana

 

Ana Estuardo nació en el palacio de Saint James, en Londres, el 6 de febrero de 1665. Ella y su hermana mayor, María, fueron las dos únicas supervivientes de los ocho hijos que habían tenido el duque de York, y futuro rey Jacobo II, y su esposa, Ana Hyde. La joven Estuardo, que tenía un gran interés por la ciencia y la literatura y sentía gran pasión por la decoración (hay un estilo barroco que se llama reina Ana), fue educada siguiendo los dictados de su tío, Carlos II, en la religión anglicana, pese a que sus padres profesaban la fe católica. Durante su infancia, Ana fue una niña enfermiza, que se crió a caballo entre Inglaterra y la corte francesa, donde fue enviada por razones de salud cuando sufrió una virulenta infección ocular. De hecho, toda su vida tuvo una salud muy delicada y los historiadores barajan la posibilidad de que sufriera una enfermedad autoinmune –lupus–, así como algún tipo de artritis. 


Matrimonio sin amor y 18 hijos que murieron

Antes de cumplir 18 años, su tío Carlos II, preocupado por evitar que la rama católica de la familia pudiera llegar a reinar, acordó con el rey Cristian V de Dinamarca, de confesión protestante, que Ana contraería matrimonio con su hermano pequeño, el príncipe Jorge.  


El 28 de julio de 1683, Ana se casó en la capilla real de Saint James con Jorge de Dinamarca y, aunque no fue una unión por amor, se trató de un matrimonio que fue bastante feliz en lo doméstico, pues tanto ella como su esposo tenían caracteres parecidos y, por ejemplo, preferían el retiro y la tranquilidad a la vida mundana de la corte. Sin embargo, su relación fue desgraciada en un aspecto importante: aunque ella tuvo hasta 18 embarazos, no logró dar un heredero a la corona. Diez de sus hijos nacieron muertos; sufrió dos abortos; tres vinieron al mundo y fallecieron el mismo día, y dos, María y Ana Sofía, no llegaron a cumplir los 2 años de edad. Sólo su hijo Guillermo, que fue nombrado duque de Gloucester, sobrevivió, pero únicamente hasta los 11 años. Aquella última muerte dejó a Ana hundida y la sumió en una profunda depresión, que la llevó a renunciar oficialmente a buscar un heredero. Éste fue el principal motivo por el que, con el paso del tiempo, dio su consentimiento para que cuando ella falleciera, la corona de Inglaterra pasara a un pariente lejano, el príncipe Jorge de Hannover, por ser el único protestante que podía garantizar la religión oficial del reino. Dos años después de casarse con Jorge de Dinamarca, en 1685, la muerte del rey Carlos II, su tío, marcaría para siempre el destino de Ana, quien, sin saberlo y por los caprichos que siempre esconde la historia, había empezado a dar sus primeros pasos hacia su imprevista coronación como reina.  


Hija del último rey católico de Inglaterra

Su padre, el duque de York, subió al trono como Jacobo II y pasaría a la posteridad como el último monarca católico de Inglaterra. Y es que su fe no era del agrado de los ingleses, quienes, tras la Revolución Gloriosa de 1688, lo depusieron y lo reemplazaron por su hija mayor, María, la hermana de Ana, y su esposo, el holandés Guillermo de Orange, ambos protestantes. 
Hasta aquel momento, Ana había vivido los acontecimientos desde un segundo plano. Sin embargo, el hecho de que su cuñado fuese proclamado rey la colocaba directamente en la línea de sucesión al trono. Y, cuando en marzo de 1702, Guillermo III murió sin tener un heredero, se convirtió, a la fuerza, en la nueva reina de Inglaterra, a pesar de que, para muchos miembros de la corte y el Parlamento, no era la candidata ideal para gobernar el país por sus constantes problemas de salud, su propensión a ser manipulada y su limitada educación. 


Un reinado con intrigas, luchas y acontecimientos

Cuando fue coronada, tenía sólo 37 años y, con su escasa experiencia, le tocó vivir una época de grandes cambios y numerosas batallas políticas, como las intrigas entre los liberales y los conservadores, así como la conflictiva situación europea por culpa de la Guerra de Sucesión española. Por si eso no fuera suficiente, en aquellos años también se planteó la posibilidad de unificar los reinos de Escocia e Inglaterra. Tras varios enfrentamientos legislativos y después de que Londres impusiera su voluntad con la amenaza de aplicar grandes sanciones económicas a los escoceses, el 1 de mayo de 1707 ambos reinos se unieron en uno solo con el nombre de Gran Bretaña. 


Durante todo el reinado y, de hecho, desde mucho antes, Ana contó con la amistad de Sarah Churchill que, según algunos historiadores, se convirtió en su principal asesora política y en amante. Las dos mujeres se conocían desde 1670, cuando eran niñas. Durante años, su relación se fue consolidando con tal grado de intimidad e intensidad que, en 1702, cuando Ana fue coronada, dicen algunos historiadores que estaba tan enamorada de su compañera que no tomaba ninguna decisión sin consultarla antes con ella. De hecho, hasta su matrimonio con Jorge de Dinamarca tuvo que ser aprobado por Sarah.   

 

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Prueba de la naturaleza de su relación, para la que usaban nombres íntimos –la reina era la señora Morley y Sarah se hacía llamar señora Freeman–, es la correspondencia que mantenían las dos damas. «Os ruego que abráis vuestro querido corazón. No ocultéis nada, sino decidme hasta la más pequeña cosa que penséis de mí, para tener de ese modo motivos para creer, como estoy segura de tenerlos, que no he hecho por voluntad propia nada que merezca vuestro descontento», le escribía la soberana a su amante. 


Honores para los maridos de las dos amantes

Los esposos de las dos mujeres, mientras tanto, se contentaron con cosechar los frutos de la manipulación de Sarah. Por ejemplo, tras su ascenso al trono, Ana nombró a Jorge, su cónyuge, lord gran almirante y lo puso al mando de la marina real. En cuanto al marido de Sarah, le dio el control del ejército, lo nombró caballero y le otorgó el ducado de Marlborough. La propia Sarah fue agraciada con el cargo de señora de los trajes, el honor más alto al que una dama podía aspirar en la corte. 


Sin embargo, desde 1704, las diferencias políticas entre las dos mujeres –la reina era conservadora, mientras que Sarah era partidaria de los liberales– causarían un desgaste más que evidente en su relación. Para 1708, cuando Ana enviudó, el distanciamiento entre las dos damas era una realidad. En 1709, dejaron de verse y el lugar que ocupaba la duquesa de Marlborough en la vida de Ana fue ocupado por su prima, lady Abigail Masham, que entró en el palacio como una simple doncella y acabó convertida en la nueva «favorita» de la soberana. 
Muerta, a los 49 años, por un ictus.


La última reina de la dinastía de los Estuardo sobrevivió a su esposo seis años. El 1 de agosto de 1714, a los 49 años, aquejada de varios males y tras sufrir un ictus, falleció en el palacio de Kensington. Su cuerpo fue enterrado con todos los honores reales en un ataúd más grande de lo habitual, a causa de su obesidad, en la abadía de Westminster. 


Como anécdota acerca de la primera favorita de la reina Ana, vale la pena mencionar que Sarah tuvo una nieta, lady Diana Spencer, a quien la duquesa intentó casar con el hijo de Jorge II, el príncipe Federico de Gales. Pero fracasó. Cuando murió, en 1744, su mayor pena fue no haber conseguido emparentar a su familia con la realeza. Sin embargo, sus deseos se verían cumplidos siglos más tarde, ya que, en 1981, su descendiente, otra lady Diana Spencer, se casó con el príncipe de Gales y heredero al trono, Carlos de Inglaterra, dando a luz a Guillermo, futuro rey de Gran Bretaña