Carolina Herrera

Gran dama de la moda

Con 79 años cumplidos y ya bisabuela, esta venezolana de clase alta acaba de retirarse como directora creativa de la firma que lleva su nombre y a la que ha convertido, con sus diseños, en una de las más importantes del mundo.

María Carolina Josefina Pacanins y Niño nació el 8 de enero de 1939 en Caracas (Venezuela). Fue una de las cuatro hijas del comandante Guillermo Pacanins, gobernador de la capital entre 1950 y 1958 y ministro de Asuntos Exteriores en dos mandatos, y de María Cristina Niño, perteneciente a una de las familias más influyentes de la sociedad venezolana, que viajaba regularmente a París para que Balenciaga y Lanvin le hicieran sus vestidos.
Durante su infancia, entre las comodidades de la oligarquía militar, terrateniente y petrolífera de Caracas, Carolina recibió una educación muy estricta. «Crecí en una casa con muchísima disciplina, donde había una forma correcta de hacer cada cosa y cualquier otra manera era inadmisible. Eso me marcó», recuerda la diseñadora, que de niña les cosía vestidos a sus muñecas, pero que, al crecer, se fue interesando por la hípica, el tenis y la lectura. «Mi madre creía que una persona tenía que cultivarse. Para ella, tener una vida interior era muy importante. Una vez nos dijo a mí y a mis hermanas: "Hay que estar bella, pero si no tienes nada dentro de ti, siempre estarás sola"».


Conoció al maestro Balenciaga en París 

Tal era la pasión de su madre y de su abuela por la moda que, en 1942, a los 13 años, ésta última la llevó a París, a un desfile, para que conociera al modisto Cristóbal Balenciaga. Pero su pasión por la moda no nació ahí. «Yo creo que esa inquietud nació más tarde, como a los 15 o 16 años, cuando empecé a ver esas magníficas películas de Hollywood, con todas esas mujeres glamurosas que fumaban con boquilla, con el pelo perfecto… Yo quería ser como ellas. Ahí se me despertó la curiosidad por la moda. Antes, nada». De esa época de adolescencia le quedó su preferencia por una prenda que aparece siempre en sus colecciones: la camisa blanca. «Cuando iba al colegio llevaba siempre una con cuello Peter Pan, montaba a caballo también con camisa blanca, jugaba al tenis con camisa blanca… Es una prenda que me da seguridad», aclara la diseñadora. 


Dos hijas y un escandaloso divorcio 

En 1955, a los 18 años, se casó con Guillermo Behrens Tello, el padre de sus dos hijas mayores, Mercedes y Ana Luisa. Pero fue una relación infeliz que acabó en 1965 en un escandaloso divorcio, el primero de su familia. Regresó a casa de sus padres con sus hijas y empezó a trabajar como relaciones públicas para el modisto italiano Emilio Pucci. 
Al cabo de un tiempo, retomó su amistad con Reinaldo Herrera, un viejo amigo de su infancia, marqués de Torre Casa. Reinaldo era un aristócrata venezolano y editor de «Vanity Fair», que vivía a caballo entre Manhattan y Caracas, donde tenía una mansión con 65 habitaciones, construida en 1590. Se casaron en 1968 y tuvieron dos hijas: Carolina Adriana, en 1969, y Patricia, en 1973. Juntos formaron una de las parejas más sólidas y elegantes de su época. Se movían en círculos en los que coincidían con la princesa Margarita de Inglaterra, Bianca Jagger, Paloma Picasso o el artista Andy Warhol, quien le hizo un retrato a Carolina en 1978, cuando la futura diseñadora y su marido eran habituales de la noche neoyorquina y de Studio 54. También el fotógrafo Robert Mapplethorpe, la había inmortalizado dos años antes. 
En 1980, los Herrera se mudaron, definitivamente, con sus hijas a la ciudad de los rascacielos, donde ella ya era conocida por su elegancia –en los 70 aparecía en las listas de las mujeres mejor vestidas– y por las veladas que organizaba con artistas y la élite financiera e intelectual de la ciudad. 

 

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En su taller, dándole los últimos toques a uno de sus diseños


Presentó su primera colección con 42 años

Entre sus amistades estaba Diana Vreeland, por entonces editora de «Harper's Bazaar» y «Vogue», y también el conde Rudi Crespi. Se dice que fueron ellos quienes animaron a Carolina para que creara una colección completa de ropa. «Me educaron para estar en mi casa. Y estuve conforme con esa existencia hasta los 42 años. Pero, de pronto, me entró la necesidad de hacer algo en la moda; lo tenía dentro, como larvado, dormido, y aquí, en Nueva York, me abrieron las puertas para desarrollarlo», recuerda. 
Y, en abril de 1981, Herrera presentó su primera colección, con 20 modelos, en el Metropolitan House de Manhattan. Tuvo críticas negativas de la prensa, que calificó la colección como el capricho de una dama rica, pero muy pronto sus prendas ocuparon las estanterías de las boutiques más exclusivas de Nueva York, como Saks y Martha's, porque a las mujeres neoyorquinas les encantó la colección. 


Dos trajes de novias 

Entre sus primeras clientas tuvo a Jackie Kennedy, a la que vestiría hasta su muerte en 1994, a Elisabeth de Yugoslavia, Naty Abascal, Ivana Trump y Kathleen Turner, entre otras. Pero el diseño que confirmó a su firma como una de las más importantes de EEUU fue el vestido de novia de Carolina Kennedy cuando se casó con Edwin Schlossberg en 1986. Años más tarde, en el 2004, también diseñó el traje de su hija Carolina Adriana en su enlace con el torero Miguel Báez, «el Litri». 
Para explicar su éxito, Carolina ha declarado en más de una ocasión que «tenía ojo e instinto. En este negocio eso es más importante que saber cortar o pegar un botón. Yo tengo las ideas y detrás hay un equipo que procede de las grandes casas. Les explico lo que quiero y cómo lo quiero. Hay que tener sentido de la proporción, del color, de las formas. Y eso se tiene, no se aprende. La moda es para agradar al ojo. Y yo tengo ojo. Sé lo que sienta bien».
Desde que creó su empresa en 1981, la lista de famosas que han lucido un CH es interminable: Nicole Kidman, Renée Zellwegger, Jessica Alba, Penélope Cruz, Angelina Jolie, Cynthia Nixon, Katie Holmes, la reina Letizia, Salma Hayek, Lady Gaga... Además, Herrera puede presumir de haber vestido a más primeras damas de EEUU que ningún otro diseñador. Tras Jackie, pasaron por su taller de la 7ª Avenida Nancy Reagan, Hillary Clinton, Laura Bush y Michelle Obama, que despidió la presidencia de su marido en el 2016 con un modelo suyo en la portada de «Vogue». 
Otra prueba más de su éxito es que su marca factura más de 1.000 millones de euros al año gracias a sus líneas de negocio: la exclusiva marca Carolina Herrera New York, con locales sólo en EEUU; otra, CH, de «prêt-à-porter» masculino y femenino y complementos; la división de novias y su más que destacable gama de perfumes, creados y comercializados desde 1988 por la firma española Puig a través de 25.000 locales distribuidos por todo el planeta.


Una demanda contra Óscar de la Renta

En el 2016, vivió el único momento delicado en lo empresarial: presentó una demanda contra el diseñador Óscar de la Renta para evitar que Laura Kim, exdiseñadora de su firma, se convirtiera en directora creativa de la empresa del dominicano. Finalmente, los dos creadores llegaron a un acuerdo que puso fin al conflicto y les permitió seguir manteniendo su amistad. 
A lo largo de su carrera, Carolina Herrera ha recibido numerosos premios y reconocimientos, entre ellos el Premio a Una Década de Creación Artística concedido por la Asociación de Diseñadores Hispanos de EEUU en 1992; la Medalla de Oro del Spanish Institute de Nueva York, que le entregó Pilar de Borbón en 1997, y la Medalla de Oro de las Bellas Artes, que le dio el rey Juan Carlos en el 2005.
Tras anunciar que se retira como directora creativa de su firma, Carolina, de 79 años, abuela de 12 nietos y bisabuela de 2 bisnietos, dice que es una persona «normal, que juega con los niños y pasea rápido por Central Park para que le lata fuerte el corazón. No me paso el día en un avión, ni de fiesta y jamás tomo champán. Prefiero el tequila. En casa soy una malísima cocinera que no sabe ni hervir agua, pero la dirijo muy bien porque fui educada para ser la señora de su hogar, dirigir al servicio y tener muchos hijos». Y, además, ha triunfado como icono mundial de la elegancia.