César Manrique

Gran artista canario

Polifacético artista que hizo de su isla natal, Lanzarote, el «leiv motiv» de su carrera y la preservó de la especulación.

 

Pintor César Manrique

 

César Manrique Cabrera nació el 24 de abril de 1919 en Arrecife (Lanzarote), cuando esta bella isla canaria era un territorio pobre y apenas poblado. Primero de los cuatro hijos de Gumersindo y Francisca, llegó al mundo minutos antes que su hermana gemela, Amparo. Después nacieron sus hermanos Carlos y Juana. Su padre era un representante de comercio del ramo de la alimentación y en su familia no había antecedentes artísticos. 
En el 1934, el padre compró un solar en Caleta de Famara y construyó una casa frente al mar que marcaría la vida del artista. «Recuerdo una infancia feliz, veraneos de cinco meses en La Caleta y en la playa de Famara, con sus ocho kilómetros de arena limpia y fina, enmarcada por unos riscos de más de 400 metros de altura que se reflejan en una playa como un espejo. Esa imagen la tengo grabada como algo de una belleza extraordinaria», decía César.

 

En 1936, tras declararse la guerra civil, se alistó voluntario en el bando franquista, pero esa experiencia fue tan atroz que nunca quiso hablar de ella. Acabada la contienda, volvió a su casa y, tras saludar a la familia, subió a la azotea, se quitó el uniforme y le prendió fuego.


Casado con Pepi, a la que conoció en Madrid

Ese año, ingresó en la Universidad de La Laguna para estudiar Arquitectura Técnica, carrera que dejó dos años después. A pesar de su notable y temprana aptitud por la pintura, no hizo su primera exposición hasta los 23 años. A aquella muestra en Lanzarote le siguió otra, en 1943, en Las Palmas de Gran Canaria, y una tercera en el Museo de Arte Moderno de Madrid, al año siguiente. También su formación académica fue tardía. A los 26 años consiguió una beca para estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, donde, en 1945, se graduó como profesor de Dibujo y Pintura. En la capital conoció a Pepi Gómez, con la que se casó. Por entonces, se adentró en el arte abstracto, vinculándose al movimiento informalista español de esos años.  


Aunque a principios de los años 50 se sintió atraído por el cine y se matriculó en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid, la pintura fue siempre su arte preferido. Para ganarse la vida realizó murales en Lanzarote, como el del Aeropuerto de Guacimeta y el del parador de Turismo de Arrecife. También trabajó en la Península y expuso su trabajo en países como Italia, Cuba, Argentina y Uruguay. Muestras que le consagraron como nombre emergente del panorama artístico español. 

 

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César Manrique en su estudio. Foto: © Fundación César Manrique


Higueras, un amigo que marcó su carrera 

Un hecho trascendental en la vida de Manrique sucedió a principios de los años 60. Comprando en Macarrón, conocida tienda de material para pintores de Madrid, conoció a Fernando Higueras, un joven arquitecto con el que entablaría una gran amistad y al que le encargó la construcción de una casa en Camorritos, a las afueras de la capital. En 1963, Higueras tenía que hacer un estudio urbanístico en el sur de Lanzarote y le pidió a Manrique que le acompañara. «César me había hablado apasionadamente de sus pueblos, del color de la tierra y de sus gentes, pero la realidad superaba todo lo que había imaginado», escribiría años después el arquitecto. Por aquel entonces, el turismo de masas empezaba a arrasar localidades del sur de España, pero no había llegado a las Canarias. Los dos amigos se confabularon para preservar Lanzarote de aquel desarrollismo destructor, convencidos de que había que imponer una arquitectura que conciliase crecimiento con la conservación del patrimonio cultural y natural de la isla. 


La muerte de su mujer le llevó a Nueva York  

Pero, antes de que eso sucediera, la vida de Manrique sufrió un duro golpe. Pepi falleció en 1963 y el artista quedó devastado. Para que saliera de la depresión su primo Manolo, psiquiatra, le recomendó cambiar de aires. César le hizo caso: con una beca de la Fundación Nelson Rockefeller se instaló en Manhattan. Allí se movió en un círculo de artistas latinoamericanos, que le ayudaron a superar el duelo y a pintar algunos de sus mejores cuadros. En la ciudad de los rascacielos se acostó, por primera vez, con un hombre. «Yo me entregué. Quería ver qué era eso», contaba el artista, que, con los años, se convertiría en uno de los iconos gay en una España donde la homosexualidad estaba perseguida. En Nueva York, se empapó de las nuevas tendencias y expuso en galerías importantes, pero descubrió cuál era realmente su sitio. En una carta a su amigo Pepe Dámaso le decía: «Más que nunca siento nostalgia por lo verdadero de las cosas. Por la pureza de las gentes. Por la desnudez de mi paisaje y por mis amigos. Mi conclusión es que el hombre en Nueva York es como una rata (…) Hay una imperiosa necesidad de volver a la tierra. Palparla, olerla». Y su tierra sería el tema al que se dedicaría.


Ya como artista de renombre, regresó a Lanzarote en 1966 e inició su proyecto más personal y ambicioso: convertir la isla en una obra de arte. Cuesta entender cómo logró convencer a los gerifaltes del franquismo, pero consiguió dos baluartes políticos de peso: Pepín Ramírez, presidente del Cabildo de Lanzarote y amigo de la infancia, y Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo. Su primera obra, y una de las más espectaculares, fue los Jameos del Agua, con su famoso auditorio natural. En 1968, concibió su casa-estudio en Taro de Tahíche, una vivienda de 1.000 metros construida aprovechando el espacio natural de cinco burbujas volcánicas, cuya belleza emocionó al poeta Rafael Alberti cuando la vio. Un año después, recibió la Medalla de Plata del Mérito Turístico y fue nombrado delegado de Bellas Artes de Lanzarote, donde fundó, en 1974, el Centro Cultural El Almacén y la galería El Aljibe. Paralelamente, siguió exponiendo sus cuadros, fotos, esculturas y móviles por todo el mundo. En colaboración con Higueras, fraguó el mirador del Río y el hotel Las Salinas, en la playa de Teguise, edificio icónico para el que Manrique buscó inspiración en los jardines colgantes de Babilonia con el objetivo de recrear en sus atrios interiores una selva de tupida vegetación con esculturas de lava y juegos de agua.


En la década de los 70, Manrique se instaló en Madrid, para un proyecto ambicioso: la construcción del centro comercial La Vaguada. En 1985, diseñó las «Banderas del Cosmos» y creó la ambientación de los centros astrofísicos instalados en el Roque de los Muchachos, en La Palma. 

 

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Una de las salas de su casa-estudio en Taro de Tahíche, construida en burbujas volcánicas, que ahora es la sede de su fundación. Foto: © Fundación César Manrique


Apasionado, desafiante, deslenguado y frugal

En 1990, un año después de haber fijado su residencia en Haria, otra localidad lanzaroteña, Hacienda le reclamó el pago de 43 millones de las antiguas pesetas. Según el artista, el impago fue culpa de uno de sus colaboradores. «No soy ningún bandido, quiero estar en paz con mi país», dijo, comprometiéndose a pagar aunque estaba en la ruina. Saldó su deuda con la ayuda de los amigos, vendiendo cuadros y diversificando su trabajo. Ese año, construyó el Jardín de Cactus en un lugar que había sido un vertedero.

 

Apasionado por la música, era un hombre deslenguado y desafiante que llevaba una vida frugal: no bebía, ni fumaba, ni trasnochaba. Madrugaba para meterse en su estudio y, debido a su fuerte carácter y su determinación de preservar la naturaleza frente a la codicia humana, cosechó tantos admiradores como detractores. César Manrique falleció el 25 de septiembre de 1992 en un accidente de tráfico cuando otro vehículo le embistió. Tenía 73 años y su fundación, creada seis meses antes de su muerte y que recibe 300.000 visitas cada año, acoge hoy en día todas sus obras. El aeropuerto de la isla lleva el nombre de este hombre que se consideraba un «contemporáneo del futuro».