Diego Velázquez

Uno de los grandes pintores españoles

Este genial sevillano fue un artista excepcional y una figura capital de la historia del arte español

 

Diego Velázquez autorretrato

 

Diego Rodríguez de Silva Velázquez nació el 6 de junio de 1599 en Sevilla. Fue hijo de Juan Rodríguez da Silva, notario eclesiástico de ascendencia portuguesa, y Jerónima Velázquez, procedente de una acomodada familia. A los 10 años entró como aprendiz en el taller de Francisco de Herrera, «el Viejo», y, a los 12, pasó al de Francisco Pacheco, donde estuvo seis años formándose y adquiriendo un estilo propio. En 1617, poco antes de cumplir los 18 años, Velázquez pasó el examen oficial del gremio de pintores de Sevilla, consiguiendo el título que le autorizaba a ejercer como «maestro de imaginería y al óleo», pudiendo practicar su arte en todo el reino, tener tienda y contratar aprendices. Al año siguiente, el 23 de abril de 1618, se casó en Sevilla con Juana Pacheco, hija de su maestro, de 15 años. Fruto de ese matrimonio nacieron dos hijas: Francisca, que llegó al mundo en mayo de 1619, e Ignacia, en enero de 1621. Como relataba Pacheco, «después de unos años de educación y enseñanza, le casé con mi hija, movido por su virtud, limpieza, y buenas partes, y de las esperanzas de su natural y grande ingenio».


Convertido en el pintor del rey Felipe IV

Para entonces, de las manos de Velázquez ya habían salido algunos de sus cuadros más famosos, como «La vieja friendo huevos» (1618) y «El aguador de Sevilla» (1620). Ambos corresponden a su etapa sevillana, en la que pintó telas de temática religiosa y, también, de escenas cotidianas, con modelos sacados de las clases más pobres. Lo sorprendente e innovador de esas obras, además de la temática, era el realismo fotográfico logrado por el artista, sello distintivo de su estilo. 


Con cierta fama a sus espaldas, en 1622, un año después del ascenso al trono del rey Felipe IV, Velázquez viajó a Madrid con la intención de darse a conocer en la corte. Allí, además de retratar al poeta Luis de Góngora y de conocer al valido del rey, el conde duque de Olivares, logró visitar la pinacoteca real. Cuentan que quedó maravillado por las obras de Tiziano, Tintoretto y Veronés, artistas renacentistas italianos que marcarían su futuro y le animarían a seguir soñando con convertirse en el pintor de la corte. Pero no consiguió su propósito en aquel primera viaje. Al cabo de un tiempo, un lienzo que pintó de Juan de Fonseca, un sevillano del círculo real, causó tal admiración entre los cortesanos que el mismísimo conde duque de Olivares requirió sus servicios para encargarle un retrato del rey. El 30 de agosto de 1623 pintó el primer cuadro de Felipe IV, y aquella obra fue suficiente para que el soberano, decretara que, a partir de aquel momento, sólo Velázquez podría inmortalizarlo al óleo. En octubre, le nombró pintor real, con un sueldo de 20 ducados mensuales. Dejó Sevilla y la corte se convirtió en su mundo, comenzando su etapa madrileña. 


«Los borrachos», cuadro de temática mitológica

Aquella rápida ascensión causó malestar entre los artistas más veteranos del palacio, como Vicente Carducho y Eugenio Cajés, que también aspiraban a ese título y acusaban al joven Velázquez de pintar sólo cabezas. Con sus protestas, Carducho y Cajés lograron que se convocara un concurso para pintar el lienzo principal del Salón Grande del Real Alcázar de Madrid. Lo ganó el sevillano.

 

En marzo de 1627, su ascenso en la corte continuó con el cargo de ujier de cámara y, desde 1628, ostentó el de pintor de cámara, considerado el más importante entre los artistas de la corte.​ En esa época elaboró, entre otras obras, una serie de retratos del rey y su familia, como «Retrato de Felipe IV vestido de negro» y el «Retrato del infante don Carlos», y también del conde duque de Olivares. Pero, sin duda, de esa época destaca «El triunfo de Baco», conocido popularmente como «Los borrachos», que es su primer cuadro de temática mitológica. Hay quien dice que la obra está inspirada por las conversaciones que mantuvo con el pintor barroco de Flandes (Holanda), Pedro Pablo Rubens, que vivió en Madrid entre agosto de 1628 y abril de 1629. Éste, entre otras cosas, le recomendó que visitara Italia para estudiar a los clásicos. Eso es lo que hizo Velázquez, que había perfeccionado muchísimo su técnica y necesitaba nuevos retos que impulsaran su creatividad. 

 

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 «La Venus del espejo», cuya modelo podría haber sido la madre de un hijo ilegítimo del artista, llamado Antonio.


Retrató a su amante en «La Venus del espejo»

Aquel viaje para estudiar de cerca el arte del Renacimiento y la pintura italiana de aquellos años duró desde agosto de 1629 hasta enero de 1631 y le llevó a Verona, Venecia, Bolonia, Nápoles y Roma. Algunas de las obras realizadas durante aquel periplo son «La túnica de José», que reproduce el fondo arquitectónico característico de muchos cuadros italianos, y «La fragua de Vulcano», pintura ejecutada con un estilo realista mucho más perfecto que el de cualquiera de sus obras anteriores.

 

De vuelta a España, Velázquez reanudó sus encargos como retratista de la corte y, entre 1634 y 1635, pintó «Las lanzas» o «La rendición de Breda», un cuadro que conmemoraba la capitulación de esa ciudad holandesa ante las tropas españolas en 1625 y que incluye, entre otros detalles, la presencia de una figura considerada por muchos expertos como un autorretrato. Un cameo que hizo en dos lienzos más: «La adoración de los Reyes Magos» y «Las meninas».  De esa misma época son el «Retrato del conde duque de Olivares a caballo» y los cuadros de los bufones del palacio, como «El bufón llamado don Juan de Austria» o «El bufón Calabacillas», bizco y epiléptico y que, según se decía, le costó mucho pintar. 

 

En 1649, Velázquez estaba en la cima de su éxito profesional. Gozaba del favor del rey y de la adoración de toda la corte y contaba ya con una pequeña fortuna. Por eso decidió viajar de nuevo a Italia, buscando ampliar sus horizontes y un poco hastiado de su acomodada vida madrileña. En ese segundo viaje pintó «La Venus del espejo», cuya modelo podría haber sido la madre de un hijo ilegítimo del artista, llamado, según consta en un documento notarial de 1652, Antonio de Silva. 

 

Velázquez regresó a Madrid en 1651. Había entrado ya en los 50 y, si echaba la vista atrás, el balance era insuperable: había disfrutado de éxitos continuados como artista y alto funcionario de palacio, además de una existencia satisfactoria como marido en Madrid y como galán, en Italia. Entraba en la última etapa de su vida, la más esplendorosa.  
En estos años, pintaría dos de sus obras más célebres: «Las hilanderas» y «Las meninas», uno de los lienzos más estudiados de la historia del arte. Velázquez acabó este cuadro en 1656 y en él retrató en su taller a la infanta Margarita, hija de Felipe IV, rodeada de sus sirvientas o meninas (en portugués) y otros personajes: el propio artista en el lado izquierdo, los enanos Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato molestando a un mastín y, reflejados en un espejo, los rostros de Felipe IV y Mariana de Austria, padres de la infanta. 


Muerto, a los 61 años, por la viruela

En ese período también vio cumplido uno de sus sueños, ya que le nombraron caballero de la orden militar y religiosa de Santiago, título que consiguió a pesar de la oposición del consejo de esta institución, que se negaba a aceptarle si no demostraba su origen nobiliario. La intervención del rey, que recurrió al papa Alejandro VII para satisfacer el deseo de su pintor de cámara, hizo que, finalmente, Velázquez lograra la orden que lo acreditaba como caballero. A raíz de ello, el pintor retocó «Las meninas» para dibujar en su pecho la cruz roja de la orden de Santiago. Poco le duró el sabor dulce de aquel triunfo, ya que ocho meses después, el 6 de agosto de 1660, falleció por la viruela que cogió en un viaje a Fuenterrabía. Ocho días más tarde, murió su esposa, Juana, enterrada a su lado en la cripta de la iglesia de San Juan Bautista. Destruida por los franceses en 1812, hoy, en la madrileña plaza de Ramales, lugar que ocupó aquel templo, hay una columna con la cruz de Santiago en recuerdo del artista.