Eglantyne Jebb

Fundadora de Save the Children

Esta filántropa y maestra fue la creadora de una organización que lleva 100 años dedicada a mejorar las condiciones de vida de la infancia más vulnerable. Luchadora social, sentó las bases de la Declaración de los Derechos del Niño.

 

Eglantyne Jebb

 

Eglantyne Louisa Jebb nació el 25 de agosto de 1876 en el seno de una familia acomodada en Ellesmere (Inglaterra). Fue la cuarta de los seis hijos de Arthur Jebb, un hombre de leyes muy interesado en los asuntos públicos, y su esposa, Eglantyne. Educada en un ambiente liberal y con unos padres que estimularon su creatividad y su iniciativa personal, de niña le encantaba coger insectos, dar de comer a las gallinas, buscar fósiles, pescar, nadar y disfrutar de la extensa biblioteca que había en su casa. Allí, además, habían convertido una habitación en un taller donde ella y sus hermanos recibieron clases de carpintería y también aprendieron a trabajar el hierro y el vidrio, con lo que podían fabricarse sus propias herramientas y juegos, como «boomerangs», cometas, arcos y flechas. Gracias a las institutrices que ella y sus hermanos tuvieron de pequeños, aprendió francés y alemán. Criada en ese ambiente progresista, pronto se dio cuenta de las injusticias de un sistema social basado en las clases y, siendo aún adolescente, escribió en su diario que «sólo debería existir una clase, la gran clase de la humanidad». 


Maestra en una escuela de niños pobres

En 1895, entró en la universidad de Oxford para estudiar Historia, y finalizados sus estudios en 1898, ingresó en la Escuela Superior de Profesores para abrirse paso en el mundo de la enseñanza. Fiel a sus convicciones, dio clases en una escuela de niños de clase trabajadora con el objetivo de que tuvieran la formación necesaria para disponer de más oportunidades que las que habían tenido sus padres. Al poco, cayó en una profunda crisis, porque sentía que su quehacer no mejoraba el destino de aquellos niños. Ella misma decía que «el valor de mi trabajo es nulo, no tengo ninguna de las cualidades que debe tener un profesor». Frustrada, describió su llegada a la escuela de esta manera: «Cuando abro la puerta cada mañana, me reciben los gritos y sonidos inarticulados de los niños, que me recuerdan a los de los cerdos de las granjas cuando llega la comida». Así que decidió buscar otra manera de ayudar a la infancia.


Un amor imposible con Margaret Keynes

Tras dejar las clases, se fue a Cambridge para cuidar a su madre enferma y reflexionar sobre su futuro. Conoció a Florence Keynes, madre del economista John Maynard Keynes e impulsora de la Charity Organizations Society (COS), cuyo objetivo era planificar la mejor manera de dirigir las organizaciones benéficas. Florence la contrató y Eglantyne entró en contacto con las instituciones caritativas. Esa experiencia le permitió escribir, en 1906, un libro sobre la pobreza en la ciudad, que, a pesar de un título tan poco atractivo como «Cambridge, un estudio social», tuvo muy buena acogida, ya que en él plasmaba sus ideas acerca de la importancia de la educación y de los programas de desarrollo para ayudar a los más desfavorecidos. 


Además, gracias a su colaboración con la COS, Eglantyne descubrió el amor: se enamoró de la hija de la señora Keynes, Margaret. Existe una extensa correspondencia, fechada entre 1907 y 1912, que confirma este romance que sería la relación más duradera de la activista. «A menudo sueño contigo y la pasada noche te abracé y te besé en mis sueños. No hay nada malo en nuestro amor, nada que puedas decirme puede alterar mi confianza en ti. Tenerte cerca es como descansar sobre una roca», le escribió una vez Margaret. «Creo seriamente que no debería vivir sin ti», reconocía Eglantyne, que quería compartir su vida con su amiga. Pero aquella historia no llegó a buen puerto porque Margaret, siguiendo los dictados de la época, acabó casándose con el fisiólogo y matemático Archibald Vivian Hill.

 

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Arriba, niños alimentados por Save the Children en Rusia.

 


En 1913, tras la boda de su amiga, Eglantyne invirtió toda su energía en su labor social y vivió una experiencia que le cambió la vida y que sería el embrión de su mayor logro: fundar Save the Children. Aquel año puso tierra por medio para aliviar su mal de amores y viajó a los Balcanes para ayudar al Fondo de Auxilio Macedonio y repartir el dinero que habían recaudado en Gran Bretaña para las víctimas de la guerra. Allí la tragedia de miles de niños de Albania que, huyendo de la persecución de los serbios, morían de hambre en los campamentos de refugiados. El conflicto y sus consecuencias la empujaron a regresar a Inglaterra para recaudar más fondos y concienciar a los políticos de que debían intervenir para mejorar la situación de los niños. No logró ni una cosa ni la otra, pero empezó a colaborar con «Cambridge Magazine», una revista creada por su hermana Dorothy, que recogía las informaciones publicadas en medios extranjeros sobre la primera Guerra Mundial. 
Así fue cómo conoció el verdadero alcance y las consecuencias de aquel conflicto armado, como la gran escasez de alimentos, de ropa y de artículos básicos para recién nacidos, que acababan muriendo en condiciones miserables. Aunque es cierto que no tenía instinto maternal, quedó tan impactada por las imágenes que llegaban a través de la prensa italiana y alemana que, al final de la contienda, en la primavera de 1919, creó un fondo que llamó Save The Children, con el objetivo de cubrir el vacío de otras organizaciones, que destinaban su ayuda sólo a los adultos. «Cada generación de niños ofrece a la humanidad la posibilidad de reconstruir el mundo. Son la mayor esperanza para una paz duradera. Por eso deben ser los primeros en recibir ayuda en momentos de angustia», escribió.   


Detenida y juzgada por alterar el orden público

Ese mismo año, mientras se manifestaba en la Trafalgar Square de Londres, mostrando fotografías de niños austríacos y alemanes desnutridos y aterrorizados, fue detenida por alterar el orden público. Asumió ella misma su defensa ante el tribunal y, entre otros argumentos, justificó el uso de aquellas durísimas imágenes diciendo que «el único lenguaje internacional que todo el mundo entiende es el llanto de un niño». Fue condenada a pagar 5 libras, pero el fiscal del caso, que reconoció que era la ganadora moral del mismo, se hizo cargo de la multa y le devolvió las 5 libras. Fue la primera donación que recibió Save the Children. En agosto de 1921, la oenegé había recaudado el equivalente a 24 millones de euros actuales, una cifra que ayudó a mejorar la situación de la infancia en Centroeuropa. Pero mientras en el Viejo Continente las cosas iban arreglándose, en Rusia se produjo una terrible hambruna. A pesar de la oposición de algunos sectores, que no entendían la preocupación por la salud de los hijos de los enemigos, Eglantyne lanzó campañas en la prensa para concienciar a la gente que había que ayudar a las futuras generaciones, fuera cual fuera su país o religión. Gracias a su trabajo consiguió que se distribuyeran 600 toneladas de alimentos y ayuda médica en Rusia.

 

Desde entonces, la oenegé no sólo socorre a víctimas de la guerra, sino que apoya a los niños desfavorecidos en cada uno de los países donde actúa, creando escuelas, comedores o centros de atención médica. Jebb, no sólo nos ha dejado Save the Children. En 1924, participó en Ginebra en la convención de la Sociedad de las Naciones –precursora de la ONU– y presentó el borrador que había escrito meses antes sobre los derechos de la infancia. Ante los líderes, alzó la voz para reclamar, entre otras cosas, que «el niño que tiene hambre debe ser alimentado; el niño enfermo, cuidado y curado; el niño discapacitado deberá ser apoyado; el delincuente, reformado, y el huérfano y abandonado, deberá ser protegido y asistido». Esta declaración inspiraría la Declaración de los Derechos del Niño, que se aprobó en 1959 en la ONU. 


Ampliar su acción a niños de Asia y África

Consciente de que el mundo no era sólo Europa, se marcó otro objetivo: extender la labor de su oenegé a países alejados de la órbita europea. «Como hay más niños sufriendo en Asia y en África que en Europa, deberíamos demostrar la sinceridad de nuestra pretensión de universalidad, trabajando en esos continentes en cuanto logremos recaudar fondos suficientes», dijo en 1927, pensando en organizar una conferencia internacional para ello. La muerte se lo impidió. El 17 de diciembre de 1928, falleció a causa de una apoplejía. Desaparecida ella, su espíritu se mantiene inalterable en el trabajo de Save the Children, que acaba de cumplir sus 100 años de existencia, y en muchas de sus frases, como «para triunfar en la vida tienes que ofrecer vida». Y eso es, exactamente, lo que hacía ella.  

 


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