Enrique Tierno Galván

El alcalde de la Movida madrileña

Este 8 de febrero se ha cumplido el centenario del nacimiento, en el barrio de Chamberí, de este carismático y respetado político y profesor universitario, que fue el primer alcalde democrático de la capital tras el franquismo.

Enrique Tierno Galván nació el 8 de febrero de 1918 en el madrileño barrio de Chamberí. Hijo de Alfredo Tierno, combatiente en la guerra de Cuba, y de Julia Galván, Enrique tuvo un hermano, Alberto. Éste siguió la carrera castrense, que había sido la profesión del padre y del abuelo, mientras que Enrique se inclinó por la política y la docencia. A los 14, cuando la familia se trasladó al barrio de la Prosperidad, asistió al Ateneo Politécnico, colegio laico y concertado con el Instituto Cervantes. Acabada la secundaria, empezó la carrera de Derecho, que tuvo que dejar dos años, en 1936, tras estallar la Guerra Civil. 
Un año después, fue movilizado por el bando republicano como soldado y se integró en la Oficina de Reclutamiento e Instrucción Militar de la capital, un destino tranquilo que le permitió acudir a la biblioteca del Ateneo de Madrid donde siguió formándose. «Pude leer mucho y completar mis lecturas, porque yo, desde niño, siempre había leído de manera continuada», recordaba en una entrevista a TVE. Y allí, entre libros, conoció en 1938 a la mujer de su vida, Encarnación Pérez-Relaño, una estudiante de idiomas. 
Acabada la guerra y con Franco en el poder, retomó Derecho, que concluyó con mención extraordinaria en1940. Animado por su amigo y decano de la Facultad de Murcia, Santiago Montero, estudió también Filosofía y Letras, que acabó en 1943. 


Marcado por la muerte de su hija siendo niña

Cuando tenía 26 años aprobó unas oposiciones a funcionario y empezó a trabajar en el Ministerio de Educación Nacional, lo que le dio estabilidad laboral para formar una familia. En 1945, se casó con Encarna en la iglesia de San Ildefonso y, un año después, nació su hijo Enrique. El matrimonio tuvo después una hija, que murió siendo niña. Aquel triste episodio marcó profundamente la vida de Tierno Galván. El jurista y político Raúl Morodo, que fue uno de sus primeros y más estrechos colaboradores, le definió como un hombre «tímido, ensimismado, que se encerraba en sí mismo. Daba confianza, pero era distante y cortés y utilizaba el usted en lugar del tú». 
En 1948, Tierno Galván ganó la cátedra de Derecho Político de la Universidad de Murcia, donde daría clases hasta 1953, cuando pasó a ejercer la docencia en la Universidad de Salamanca. Dicen que cuando llegó a esta última, con sólo 35 años, parecía que tuviera 50, por lo que Raúl Morodo lo bautizó como el «Viejo Profesor», apodo que le acompañaría siempre. También en ese centro universitario Tierno Galván empezó su activismo socialista: «Allí inicié la publicación de un boletín e intenté llevar a la práctica nuestro pensamiento fundando la Asociación por la Unidad Funcional de Europa. Se celebraron bastantes sesiones, se intentó publicar un periódico y salieron los dos primeros números, pero fue cerrado por la policía. En 1957, hubo unas denuncias y nos detuvieron... En el juicio a mí me acusaron de cosas que hoy ya han perdido su carácter ilegal: ser europeísta y socialista. Pasé tres años en libertad provisional, sin pasaporte», recordaba en una entrevista. 

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 Tierno Galván con uno de sus famosos bandos municipales.


El franquismo lo expulsó de su cátedra

En 1961 y a causa de la represión del régimen franquista, acabó por irse a la Universidad de Princeton, en EEUU, y, de allí, pasó a la de Puerto Rico. Fue a su regreso a España, cuando fue expulsado de su cátedra por su participación en las protestas estudiantiles de 1964. Una plaza que Tierno no recuperaría hasta 1976, un año después de la muerte de Francisco Franco.
Y es que Galván mantuvo su actividad política, siempre vinculada al socialismo, durante los años que estuvo viviendo fuera de España. En 1968, había fundado el Partido Socialista del Interior que, posteriormente pasó a llamarse Partido Socialista Popular y que terminaría siendo absorbido por el PSOE en 1978, año en que redactó el preámbulo de la Constitución. 
En las elecciones municipales de1979, las primeras democráticas celebradas tras la dictadura, Tierno, que tenía 61 años, encabezó la lista del Partido Socialista y obtuvo la alcaldía de Madrid con los votos del Partido Comunista de España (PCE). Con su llegada a la casa consistorial de la capital, empezó una auténtica edad de oro para Madrid, especialmente en lo cultural con la consolidación de lo que se conocería como la Movida. 
Entre sus logros, están la creación de IFEMA (acrónimo de Institución Ferial de Madrid); la reedificación de barrios obreros afectados por el chabolismo; el Plan de Saneamiento Integral del río Manzanares, que se pobló con carpas y patos; la municipalización de las líneas de autobuses periféricas; la construcción de un gran parque al sur de la ciudad –llamado, tras su muerte, Enrique Tierno Galván– o la reforma para acabar con el famoso y horroroso «scalextric» de la Glorieta de Atocha. Pero su fama se debe sobre todo a los bandos municipales que hacía, plagados de humor. «Es que yo creo que la mejor forma de transmitir una idea es por medio de la ironía», dijo en una ocasión. También se hizo muy popular por su magnífica relación con la juventud y los roqueros. «Siendo un hombre muy formal, entendía muy bien a la juventud. Lo hacía de forma muy natural porque tenía una dimensión muy lúdica y un gran sentido del humor», recuerda su colaborador Morodo. De hecho, era habitual que el alcalde acudiera a las fiestas populares de la ciudad, desde las verbenas hasta los conciertos de rock. Fue un hombre declaradamente vitalista. «Me gusta vivir intensamente», aseguró en una entrevista en RNE. 


Susana Estrada y los roqueros colocados

Aunque tuvo muchos, dos son los más célebres momentos de su vida política. El primero tuvo lugar en febrero de 1978, cuando le entregó un galardón que otorgaba el diario «Pueblo» a la conocida actriz de destape Susana Estrada, que lo recogió dejando uno de sus pechos al descubierto. Tierno, sin inmutarse, se limitó a decirle con su ironía y parsimonia características: «No vaya usted a enfriarse». El segundo fue en enero de 1984, en el Palacio de los Deportes de Madrid, durante la fiesta 24 Horas de Música y Radio. Tierno, que había sido reelegido en 1983 como alcalde por mayoría absoluta, soltó a los presentes: «¡Roqueros: el que no esté colocado, que se coloque... y al loro!». 
Su objetivo fue hacer de Madrid una ciudad viva, como explicó de forma elocuente en uno de sus bandos. «La viveza de Madrid depende en gran parte de la viveza de estas plazas que estamos recobrando para el pueblo, para la gente alegre y satisfecha o para la gente que no está satisfecha pero que no ha perdido la alegría, para el que quiere divertirse y amar y que nadie lo vea mal. Que los muchachos y muchachas puedan abrazarse y besarse sin que eso signifique deshonestidad. Hay más deshonestidad en los que miran que en los que hacen», escribió. 


Una multitudinaria despedida por Madrid  

Enrique Tierno Galván, el hombre que siempre vestía de gris y llevaba chaleco porque creía que daba «cierto rigor a la personalidad», murió el 19 de enero de 1986 a causa de un cáncer de colon. Madrid quedó conmocionada y se lanzó a la calle, respetuosa y silenciosa, para dar su último adiós al mejor alcalde de la historia. El entierro, que se celebró el 21 de enero y estuvo organizado por Pilar Miró, reunió a cientos de miles de personas de todas las condiciones, que acompañaron desde la plaza de la Villa hasta la plaza de la Cibeles al féretro, conducido en una carroza que procedía del museo de Pompas Fúnebres de Barcelona.  
La despedida fue tan multitudinaria como admirado había sido Tierno durante su vida. No sólo por su labor política, sino por su dimensión como persona. Lo que nos queda de este personaje de la historia reciente española es que fue un hombre honesto, inteligente y culto, que dejó frases para la historia como «los bolsillos de los gobernantes deben ser de cristal», «más libros, más libres», «bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad», o «el orgullo y la soberbia me parecen destructores, así que procuro ser humilde y dialogante».