Flora Tristán

Pionera de la lucha social y feminista

Francesa de origen peruano a la que la historia apenas menciona y que, con su activismo y sus libros, difundió las ideas de igualdad.

 

Flora tristan

 

Flora Celestina Teresa Enriqueta Tristán Moscoso nació el 7 de abril de 1803 en París. Fue la primera hija de Anne Laisney y Mariano Tristán y Moscoso, caballero de la Orden de Santiago y miembro de una poderosa familia peruana. A pesar de los orígenes bienestantes de sus padres, que se conocieron y se enamoraron en Bilbao antes de mudarse a la capital francesa en 1802, la vida de Flora estuvo marcada por una infancia miserable, que forjó su espíritu rebelde y comprometido con la lucha en favor de las clases obreras y las mujeres. 


En 1806, su familia se instaló en un palacete en el pueblecito de Vaugrard, a las afueras de París. Allí transcurrieron felices los cuatro primeros años de su vida, ya que su padre recibía una renta anual de su tío, el arzobispo de Granada, y también de su hermano, Juan Pío, que vivía en Perú con tan buena situación económica que le permitía pasarle una buena pensión. En aquella magnífica residencia, sus padres recibían las visitas de personalidades como Simón de Bolívar, libertador de Venezuela y figura esencial en los procesos de independencia de Latinoamérica. De él, Flora guardaba un borroso recuerdo, así como las cartas que Bolívar le envió a su padre y que publicaría años más tarde en forma de libro.


En ese entorno cultivado y refinado, Flora creció sin contratiempos hasta que el 14 de junio de 1807 su padre murió repentinamente por una apoplejía. Su madre estaba esperando a su segundo hijo, que nació tres días más tarde de quedarse viuda.


Una buhardilla diminuta en un barrio conflictivo 

La muerte de su padre les dejó en la miseria, la ilegalidad y el desamparo. Y es que cuando Mariano y Anne se casaron en Bilbao, lo hicieron por la Iglesia y sin solicitar los permisos correspondientes para registrar el matrimonio por lo civil. Fue un terrible error, ya que cuando se mudaron a París no tuvieron en cuenta que en Francia las uniones religiosas no tenían valor. Al morir Mariano sin testamento, Anne quedó como madre soltera, sin posibilidad de conservar sus propiedades, y Flora y su hermano se convirtieron en bastardos.
Comenzó así para Tristán un descenso a los infiernos que la llevó, en 1818, a instalarse en uno de los barrios más pobres y miserables de la capital francesa.

 

Flora tenía 14 años, amaba la naturaleza, le gustaba la lectura y había vivido siempre entre algodones. Enfrentarse a su nueva vida, en una buhardilla diminuta, glacial en invierno y sofocante en verano, sin poder comer todos los días y en un barrio de callejuelas oscuras y malolientes, llenas de tabernas, prostitutas y mendigos, fue un fortísimo impacto para una adolescente como ella. 


Una boda cancelada por ser hija bastarda

Su tío materno, Thomas Laisney, ayudó a su madre y le pagó a Flora unas clases de dibujo para que pudiera encontrar un trabajo con el que ayudar a la maltrecha economía familiar. En la escuela, la joven conoció a su primer amor, un compañero de clase, de buena familia, con el que se comprometió. Pero, cuando la madre de Flora les explicó a los padres del novio que no había podido demostrar la legalidad de su matrimonio y que, por tanto, Flora era hija ilegítima, la boda se canceló.

 

Aquel rechazo le hizo tomar conciencia de la marginación social que suponía ser hija bastarda y marcó para siempre su vida y su obra. El golpe que supuso aquella ruptura no detuvo a Flora, que buscó trabajo hasta encontrar uno en un taller de litografía, cuyo dueño, André Chazal, quedó deslumbrado por su belleza desde el primer día que la vio. 


El 3 de febrero de 1821, con 17 años, se casó en París con Chazal, de 24, pero ese matrimonio fue un infierno para Flora. A pesar de ver mejorada su situación económica, se sintió atrapada en una relación que nunca fue buena. Su falta de interés por la vida conyugal y por ser una ama de casa al uso provocaron constantes enfrentamientos con su marido, cada vez más violento, bebedor y jugador. Flora acabó cayendo en una depresión que irritó aún más a su marido por lo costoso del tratamiento. Ni siquiera la llegada de sus tres hijos mejoró la situación de la pareja.

 

En 1823, nació Alexander, que falleció a los 8 años; en 1824, vino al mundo Ernest y, en 1825, Aline (que, con los años, sería la madre del pintor Paul Gauguin). Ésta nació cuando Flora ya había abandonado a su marido, después de que él, tras arruinarse, le propusiera prostituirse para hacer frente al desastre económico. La decisión de Flora de abandonar a su esposo no gustó a su familia, sobre todo a su tío Thomas. «Una esposa que huye de su domicilio sólo tiene un lugar en la sociedad: ¡es una paria!», le dijo. Y Flora respondió: «Pues bien, ¡seré una paria!». 


Recuperó el apellido de su padre, se instaló en casa de su madre y, tras dar a luz a Aline, leyó el libro de la activista inglesa Mary Wollstonecarft «Reivindicación de los derechos de la mujer», que le llevó a descubrir e identificarse con las ideas feministas. Entre 1826 y 1828, para sacar a sus hijos adelante, fue ama de llaves de una familia inglesa. Viajó por Suiza, Alemania, Italia e Inglaterra y, siendo una mujer observadora, pronto vio las diferencias que había entre las clases altas de la sociedad y las bajas, formadas por obreros y mujeres trabajadoras. Nació allí su compromiso con la lucha de clases y la emancipación femenina.  


Demandó a su marido y pidió la separación legal

Cuando regresó a París en 1830, tomó la valiente decisión de demandar a su marido y reclamar la separación de bienes, pero la justicia le negó la separación legal y le obligó a afrontar sola la manutención de sus hijos. A pesar de ese nuevo contratiempo, Flora logró salir adelante viviendo de incógnito en París, donde se hacía pasar por viuda para poder trabajar y se escondía con sus hijos de su exmarido. Ante lo precario de su situación, tomó la decisión de viajar a Perú para reunirse con su familia paterna, «con la esperanza de encontrar allí un lugar que me permitiese ocupar un puesto en la sociedad».

 

Flora Tristan escribiendo


Viaje a Sudamérica y debut como escritora

En 1833, a los 30 años, se embarcó con destino a Sudamérica en el buque «El Mexicano», con 19 hombres a bordo. Su intención era reclamarle a su tío, Juan Pío Tristán, la herencia de su padre, pero sólo consiguió de él una pensión mensual, ya que no había ningún documento oficial que la acreditara como hija legítima de Mariano Tristán. Con todo, el dinero que obtuvo fue suficiente para dar sus primeros pasos como escritora. De hecho, fruto de su estancia de cuatro meses en Perú, donde fue testigo de la guerra civil que asoló el país en 1834, escribió una de sus obras más famosas, «Peregrinaciones de una paria», diario de aquel periplo que se publicó en 1838. 


De regreso a Francia, Flora se volcó en la lucha en favor de los derechos de los trabajadores, las mujeres y también contra la pena de muerte. Además, entró en contacto con círculos intelectuales y políticos y publicó su primer ensayo, «De la necesidad de dar buena acogida a las mujeres extranjeras». Por otro lado, volvió a tener problemas con su marido por la custodia de su hija, Aline, a quien André secuestró hasta en dos ocasiones. En la segunda de ellas, la joven, desesperada, volvió a casa de su madre insinuándole que su padre había intentado abusar de ella. Flora lo denunció. Por fin, en febrero de 1838, logró la separación legal de su marido. Siete meses después, cuando sentía que por fin tenía las riendas de su vida y empezaba a tener cierta reputación como escritora, su exmarido, humillado por el incipiente éxito de su esposa, intentó asesinarla disparándole por la espalda. Le condenaron a 20 años de prisión.


En 1839, tras recuperarse de las heridas que debilitaron seriamente su salud, Flora emprendió otro viaje, esta vez a Inglaterra, la primera nación industrial moderna. Pasó varios meses en Londres, donde visitó, muchas veces vestida de hombre, talleres y prostíbulos, barrios marginales, fábricas y manicomios. También se coló en el Parlamento, las carreras de Ascot y los clubs aristocráticos de la capital inglesa. De ese viaje nació el libro «Paseos por Londres» y le sirvió para conocer las espantosas condiciones de vida de los trabajadores y, en especial, de las mujeres obreras, obligadas a prostituirse para sobrevivir o a trabajar por salarios miserables, mucho más bajos que los que percibían los hombres. 


Murió, de tifus, cuando tenía sólo 41 años

En 1840, escribió su obra política más importante, «La unión obrera», en la que defendía una organización proletaria internacional y establecía que la emancipación de los trabajadores debía ir unida a la de la mujer. «Sólo hablando de fraternidad no se sale de la miseria», decía en el libro. Y añadía: «Hoy en día, el trabajador lo crea todo, lo produce todo y, sin embargo, no tiene ningún derecho, no posee nada, absolutamente nada. Obreros, sois débiles porque estáis divididos. ¡Proletarios del mundo, uníos!». Consciente de que muchos obreros no sabían leer, empezó a visitar  fábricas y talleres de todo el país para fomentar la educación entre los trabajadores y predicar sus ideas socialistas y feministas. 


Agotada por aquel esfuerzo, murió de tifus el 14 de noviembre de 1844, en Burdeos. Su obra póstuma, «La emancipación de la mujer», se publicó al año de su fallecimiento. En ella, nos dejó frases como la que resume su pensamiento: «La ley que esclaviza a la mujer y la priva de instrucción os oprime también a vosotros, hombres proletarios. En nombre de vuestro interés y en nombre del bienestar universal de todos y de todas, os comprometo a reclamar los derechos para la mujer». 

 


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