Gala Dalí

Esposa y musa del genial pintor ampurdanés

Culta, decidida y extremadamente libre, Gala fue decisiva en que Dalí fuera famoso en todo el mundo.

 

Gala Dalí

Elena Ivanovna Diakonova nació el 7 de septiembre de 1894 en Kazán (Rusia). Su padre, que murió cuando ella tenía 11 años, eligió su nombre, que sería sustituido por el de Gala, el preferido de su madre, Antonina Diakonova. Tuvo tres hermanos, dos mayores, Vadim y Nicolai, y una pequeña, Lidia. «Vivíamos en Moscú, en un barrio a las afueras de la ciudad. El piso de mi familia era muy pequeño. En la casa no había ascensor y, cada dos o tres días, inquilinos del piso de debajo subían a casa o enviaban a una criada para protestar por el ruido que mis hermanos y yo hacíamos jugando al trasatlántico que zarpaba hacia América», escribía Gala en su diario, descubierto hace pocos años y en el que explicaba cómo su hermano mayor se enamoró de ella y la espiaba por las noches. 


Se curó de tuberculosis en un sanatorio en Suiza

Tras la muerte de su padre, su madre volvió a casarse con un abogado de Moscú, con el que la niña mantuvo siempre una magnífica relación y gracias al cual pudo recibir una buena educación. Alumna brillante, acabó sus estudios en el instituto Brukhonenko con una media de notable y un decreto del zar le permitía trabajar como maestra. 
Pero ella soñaba con ser escritora. Una de sus mejores amigas de la infancia fue Marina Tsvetáieva quien, con los años, sería una de las grandes poetas rusas. Gala la admiró a lo largo de toda su vida a pesar de que perdió el contacto con ella cuando abandonó Rusia en 1916, poco antes de estallar la revolución soviética.
En 1912, cuando tenía 17 años, le diagnosticaron una tuberculosis y su familia la envió al sanatorio de Clavadel, en Suiza, donde conoció al aspirante a poeta francés Eugène Grindel, más tarde conocido como Paul Eluard. Cuando regresó a Moscú, en abril de 1914, se había curado de la tuberculosis, pero contrajo otra enfermedad, la del amor, y sólo pensaba en irse a París para reunirse con Paul, con el que se había prometido. 
Aquel mismo año estalló la Primera Guerra Mundial, un imprevisto que mantuvo a los dos enamorados separados por más tiempo del que esperaban. En 1916, después de dos años de negativas, convenció a su familia para que la dejasen ir a Francia pese a la guerra que asolaba Europa. «Todo lo hago por ti, siempre lo haré todo por ti. Sin ti no puedo vivir, te echo de menos como alguna cosa absolutamente necesaria, una cosa indispensable», le escribió a Paul en una carta que firmó: «Tu mujer para siempre». 


El poeta Paul Eluard, padre de su única hija

El 21 de febrero de 1917, se casaron y, el 10 de mayo de 1918, nació su hija, Cécile, pero muy pronto, Gala, sola en París porque su marido estaba destinado en Lyon, se sumió en una depresión porque se dio cuenta de que no estaba hecha para la maternidad. De hecho, la niña estuvo más con su padre que con ella, aunque madre e hija luego tendrían una muy buena relación. 
Paul regresó a París en 1919 y Gala empezó a frecuentar a los amigos de su marido, un grupo de artistas surrealistas entre los que estaba el pintor Max Ernst, con quien empezó una relación sentimental en 1921. Paul la aceptó para no perderla, pero con el paso de los años y, aunque ella dejó a Ernst, el matrimonio se resintió. En 1927, aburrida de su día a día, viajó a Rusia para visitar a su familia. Lo que vio (muchísima gente que lo había perdido todo con la revolución) le aterró y ya no pudo quitarse de encima la sensación de que ella también podía quedarse sin nada en cualquier momento. Esa angustia, causada también por el miedo que tenía desde niña a ser abandonada, enfermar y quedarse sola y sin dinero, es lo que la empujó constantemente a acaparar más y más riquezas. Por eso André Breton, el líder de los surrealistas, acabó bautizándola (también  a Dalí) como Avida Dollars. En el verano de 1929, Gala y Eluard viajaron a la Costa Brava para pasar unos días en Cadaqués, invitados por un joven pintor que el poeta había conocido en París y que se llamaba Salvador Dalí. 

 

El primer encuentro entre el artista catalán y la mujer que acabaría siendo su musa provocó en Dalí una profunda emoción. A ella no le pareció nada del otro mundo, pero tras pasar una tarde juntos en Port Lligat hablando de sus vidas le dijo: «Mi pequeño, tú y yo no nos separaremos nunca». 
Los Eluard regresaron a París, pero al poco se divorciaron –Cécile se quedó con su padre– y Gala regresó a Cadaqués para cumplir su promesa: no volvió a separarse nunca más de Salvador. Su llegada provocó un terremoto en casa de los Dalí: rompió la relación del pintor y su padre, que lo desheredó por haberse enamorado de una mujer casada y 10 años mayor que él. Al artista surrealista no le importó. «Amo a Gala más que a mi padre, más que a mi madre, más que a Picasso y más, incluso, que al dinero», afirmó.

 

108850 WEB

 Gala con Dalí en el barco que les llevó a EEUU.


Una mujer extraordinaria en todos los sentidos

El 30 de agosto de 1934, Gala y Salvador se casaron por lo civil en el consulado de España en París. A ella le habría gustado una boda religiosa, pero, siendo divorciada, no podía. Pero, en 1958, después de haber sido recibidos por el Papa Pío XII, la Iglesia permitió que los Dalí pasaran por la vicaría en el Santuari de la Mare de Déu dels Àngels, cerca de Girona. La pareja dividía su tiempo entre los inviernos en la capital francesa y los veranos en la casita que habían comprado en Port Lligat. Todo fue bien hasta que, en octubre de 1935, huyeron de España por el clima prebélico que se respiraba y que a ella le recordaba el que vivió antes de la revolución soviética. 

 

Cinco años más tarde, en 1940, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Gala Dalí volvió a organizarlo todo para huir, esta vez, de Europa. Durante los ocho años que los Dalí pasaron en EEUU, Gala consolidó la carrera de su marido. «Ella decidía dónde exponer sus cuadros, quiénes serían los mecenas, la clientela e, incluso, la publicidad que se haría para promocionar a Dalí; fijaba el precio de los cuadros y gestionaba las transacciones bancarias», explica Monika Zgustova en su libro «La intrusa. Retrato íntimo de Gala Dalí», donde también dice: «Gala fue una mujer extraordinaria en todos los sentidos. Sin ella, Dalí no hubiera sido quien fue, pero era misteriosa y compleja y eso no gusta a una sociedad machista, que la tachó de arpía».
En la ciudad de los rascacielos, Gala conoció a William, un joven que mendigaba a las puertas del metro. Se encaprichó con él porque le recordó al Dalí que había conocido 20 años antes. Lo convirtió en su amante hasta que, tras arreglarle una audición con el director italiano Federico Fellini, el joven no pasó la prueba. Gala, que detestaba el fracaso, acabó con él. 
Tras regresar a España en 1948, los Dalí retomaron su costumbre de pasar las primaveras y los veranos en Port Lligat, mientras que los inviernos vivían en París o Nueva York. Todo parecía ir bien, pero había algo nuevo que angustiaba a Gala: el paso del tiempo, la vejez. Luchaba contra la edad con todas sus fuerzas y, como explica Zgustova en su libro, «se hizo varias operaciones plásticas y llevaba una peluca con su peinado característico –que, si no recordaba mal, se lo aconsejó la modista con la que más había trabajado, Coco Chanel– adornada por detrás con un lazo negro». 


Su marido le regaló el castillo de Púbol

En 1968, Gala notó que le faltaba energía para soportar la vida social y los muchísimos visitantes que pasaban por la casa de Dalí. Por ello, el pintor le regaló el castillo de Púbol y ella se retiró a su nueva propiedad para dedicarse a lo que siempre había soñado: escribir sus memorias. Corre la leyenda de que, en Púbol, recibía a sus jóvenes amantes sin que nadie le molestara, pero parece que, en sus últimos años, se dedicó a escribir, leer, escuchar música y recordar su infancia mientras luchaba, sin éxito, por hacer lo que había hecho siempre, que era mirar hacia adelante.
Muchas veces, Dalí bromeó con ella diciéndole que sólo iría a visitarla si recibía una invitación por escrito, pero lo cierto es que se veían muy a menudo en el castillo o en Port Lligat. Fue allí, junto al mar y en el lugar en el que se enamoró del artista, donde Gala Dalí falleció el 10 de junio de 1982. Fue enterrada en la cripta del castillo. El pintor no tardó en seguirla: falleció el 23 de enero del año siguiente.