Gustavo Adolfo Bécquer

Gran poeta romántico

El estudio de un crítico literario trae a la actualidad al autor sevillano al asegurar que el balcón de uno de sus poemas más conocidos sigue existiendo en Madrid. La obra de Bécquer no se hizo famosa hasta después de su muerte.

 

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Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida, verdadero nombre del poeta, nació en el barrio sevillano de San Lorenzo el 17 de febrero de 1836. Fue uno de los ocho hijos de Joaquina Bastida y de José Domínguez Bécquer, pintor sevillano de origen flamenco que le inculcó el amor por el arte. Sin embargo, que muriera cuando él tenía 5 años, hizo que Gustavo perdiese el interés por el dibujo, aunque siempre fue un maestro con lápiz y pinceles.


A los 10 años, ingresó en el Real Colegio de Humanidades de San Telmo de Sevilla y, un año después, también murió su madre. Los hermanos fueron acogidos por diferentes familiares y amigos, aunque él permaneció con su hermano Valeriano en casa de su madrina, Manuela Monnehy, gran amante de los libros y bien situada económicamente. Viviendo con ella tuvo acceso a su magnífica biblioteca, que le permitió conocer las obras de los autores más famosos del siglo XVIII y del Romanticismo europeo, como Víctor Hugo, Lord Byron, Balzac y Espronceda. Aquellas lecturas le animaron a escribir su primer poema con 12 años, «Oda a la muerte de Alberto Lista», en homenaje a ese poeta, periodista, crítico literario y matemático que era entonces muy famoso.  
Su pasión literaria fue aumentando y, a los 18 años, colaboraba con las revistas sevillanas «La Aurora» y «El Porvenir», donde publicó sus primeros poemas. Pero la capital hispalense se le quedó pequeña y, a pesar de la oposición de su tía y de la honda tristeza de una novia que tenía entonces, Julia Cabrera –de la que se dice que lo esperó siempre y jamás se casó–, se fue a Madrid con la idea de hacer carrera literaria.


Un juerguista que enfermó de sífilis

Sus amigos decían de él que era «arrogante, soñador y muy juerguista» y, en Madrid, no disimuló esa faceta de su carácter, que le llevó a vivir la noche de la capital con intensidad y muchos amoríos. Mientras tanto, el éxito profesional no le sonrió y uno de sus proyectos –escribir la «Historia de los templos de España»– no encontró editor. Años más tarde, consiguió publicar un tomo de esa obra.


Para sobrevivir tuvo que dedicarse al periodismo, colaborando en diarios como «El Contemporáneo», donde se dedicó a la crónica social antes de convertirse en su director, y «Época», en el que cultivó la crítica literaria y también escribió comedias, obras de teatro y zarzuelas bajo el seudónimo de Gustavo García. 


En 1857, su vida nocturna le pasó factura y cayó enfermo de sífilis, que fue disfrazada como tuberculosis porque esta enfermedad era considerada más propia de artistas que la primera, vinculada a la mala vida. «Una mujer me ha envenenado el alma, otra mujer me ha envenenado el cuerpo; ninguna de las dos vino a buscarme, yo de ninguna de las dos me quejo», escribió el poeta, refiriéndose a su mal, que le obligó a una larga convalecencia que tuvo sus frutos literarios, pues le permitió escribir su primera leyenda: «El caudillo de las manos rojas».


En 1858, se enamoró de Julia Espín, cantante de ópera e hija del director de los coros del Teatro Real de Madrid, que se convirtió en su musa. Desde que la vio por primera vez en un salón artístico y literario, Gustavo Adolfo sintió una pasión arrolladora por ella, pero Julia, que tenías aspiraciones más altas que la de casarse con un poeta (acabó pasando por el altar del brazo de quien luego fue ministro de Hacienda), siempre le trató con desdén y altivez, pese a los intentos desesperados del poeta por seducirla. El desamor de Julia le dio alas para crear sus poesías más ardientes y célebres, como «Tu pupila es azul»: «¿Qué es poesía?, dices mientras clavas / en mi pupila tu pupila azul. /¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? / Poesía… eres tú».


Tras aquel desengaño, Bécquer no tardó en enamorarse otra vez. En esta ocasión fue de Elisa Guillén, una mujer acomodada a la que bautizó como «la dama rumbo a Valladolid», pues la conoció en 1860 en un viaje a esa ciudad. Esa historia no acabó bien, ya que la joven le fue infiel y el escritor, de nuevo, acabó hundido y desesperado. Después se enamoró de Elisa Rodríguez Palacios, hija de un violinista, a la que alejaron de su vida llevándola a Albacete para «interrumpir su noviazgo con un poeta pobre y enfermo», según diría su familia.

 

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Julia Espín, primera musa del poeta.


No reconocía como suyo al tercero de sus hijos

Cuando aún estaba recuperándose de sus descalabros amorosos, Bécquer conoció a Casta Esteban, hija del médico que le trataba la sífilis. Tras superar la oposición del doctor, el amor se impuso y se casaron el 19 de mayo de 1861 en la iglesia de San Sebastián de Madrid. No fue un matrimonio feliz, pero el poeta ganó en estabilidad, permitiéndole dedicarse a su obra. En 1864, le nombraron censor de novelas, un cargo bien remunerado que jamás desempeñó, pues, en esos años, se dedicó a escribir sus «Leyendas» y las «Cartas literarias a una mujer», donde expuso sus ideas sobre la poesía y el amor, los dos ejes de su vida. Fueron también de esos años las «Cartas desde mi celda», que redactó en forma de artículos periodísticos durante su estancia en el Monasterio de Veruela, no lejos de Zaragoza, donde estuvo para recuperarse de una recaída en su enfermedad.


Con Casta tuvo tres hijos, Gregorio Gustavo, nacido en 1862; Jorge Luis, en 1864, y, finalmente, el de la discordia, Emilio Eusebio, que vino al mundo en diciembre de 1865 y del que se dice que no era hijo del poeta, sino de un amante de Casta. Roto el matrimonio, se fue a vivir con su hermano Valeriano y sus dos hijos mayores a Toledo, donde vivió la revolución de 1868, que acabó con el Gobierno conservador y con el reinado de Isabel II. Gustavo Adolfo se quedó sin el trabajo de censor y, por tanto, sin su principal fuente de ingresos. Entre 1868 y 1869, escribió un sorprendente libro, ilustrado por su hermano, titulado «Los Borbones en pelota» y firmado con el seudónimo Sem, que consistía en 89 láminas satíricas y muy picantes, en las que se caricaturizaba a los personajes del Gobierno defenestrado y de la corte de Isabel II.


Murió tres meses después que su hermano

En septiembre de 1870, de vuelta a Madrid, donde consiguió el puesto de director de «La Ilustración», el poeta recibió un golpe del que ya no se recuperaría: la muerte de su hermano Valeriano, que le sumió en una honda depresión. Incapaz de levantar cabeza, el poeta sevillano falleció tres meses después, el 22 de diciembre, «a consecuencia de un grande infarto de hígado, complicado con una fiebre intermitente, maligna y perniciosa», como especificó el certificado de defunción. Cuarenta minutos después de su muerte, como si las musas se hubieran vestido de luto, en Sevilla se produjo un eclipse de sol.


En sus últimos días, le había pedido a su amigo, el poeta Augusto Ferrán, que editase su obra. «Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo», le dijo con buen criterio. Y así, tras una colecta que se hizo en su funeral, se pudieron editar parte de sus escritos en un volumen titulado «Rimas», compuesto por breves poemas sobre el amor, la soledad, el dolor y la desesperanza, que marcó el nacimiento de un mito. Uno de los más conocidos decía: «Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar / y otra vez con el ala a sus cristales / jugando llamarán». Ahora, el crítico literario onubense Juan Carlos de Lara ha publicado un informe que demuestra que ese balcón aún existe en Madrid. Según el estudioso, era el balcón del domicilio de una de sus musas, Julia Espín.


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