J. R. R. Tolkien

El creador de «El señor de los Anillos»

Un «biopic», titulado «Tolkien» y estrenado el 14 de junio, narra los primeros años de este inglés nacido en Sudáfrica, que, gracias a su prodigiosa imaginación, creó uno de los libros más mágicos de la literatura contemporánea.

 

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John Ronald Reuel Tolkien nació el 3 de enero de 1892 en Bloemfontein (Sudáfrica). Fue el hijo mayor del banquero inglés Arthur Reuel Tolkien y de Mabel Suffield, una joven que, por amor, dejó su Birmingham natal para irse a vivir a un  pueblo a más de 1.000 kilómetros de Ciudad del Cabo. Cuando nació su primer hijo, Mabel le escribió a su suegra una carta en la que le decía: «Parece como si el bebé hubiese llegado del país de las hadas, me parece más un duende que un niño». Años después, aquel bebé escribiría historias fabulosas, llenas de hadas, duendes y elfos, como «El hobbit» y «El Señor de los Anillos». 


A los 12 años, no tenía ni padre ni madre

En 1895, Mabel viajó a Birmingham con sus dos hijos, Ronald, que tenía 3 años, y Hilary, de meses, para ver a su familia, sin saber que no volverían jamás a Sudáfrica, ya que, mientras ella y los niños estaban allí, su marido murió de fiebres reumáticas. 


Durante su infancia en el pueblo de su familia materna, Sarehole, a Ronald le gustaba explorar los bosques de la zona, porque le encantaban los árboles –afición que le llevaría al ecologismo– y visitar una zona pantanosa y un molino que funcionaba con una máquina de vapor. Aquello le inspiraría uno de los escenarios de «El Señor de los Anillos»: el molino de Hobbiton y, mientras todo lo que veía –el paisaje, los extraños nombres gaélicos o el sonido de las sierras mecánicas– iba fijándose en su imaginación, su madre le enseñó a leer, escribir, dibujar, a hablar en latín y francés y le dio rudimentos de botánica. A los 8 años, empezó a acudir a la escuela. 


Pero las cosas se complicaron cuando Mabel se convirtió al catolicismo y su familia, anglicana de toda la vida, le retiró su apoyo económico. Los Tolkien tuvieron que mudarse a una zona de la ciudad más económica y, gracias a Francis X. Morgan, un religioso que les proporcionó vivienda y dinero, pudieron seguir viviendo. Las cosas se complicaron todavía más cuando su madre murió, por diabetes, el 14 de noviembre de 1904. Ronald, de 12 años, quedó bajo la tutela del padre Morgan, que decidió que él y su hermano vivieran en el Oratorio de Edgbaston, un hogar católico para chicos.  


Por suerte para él, encontró un espacio de seguridad y consuelo en los estudios. Gracias a sus buenas notas, ganó una beca en la exclusiva escuela de King's Edward. Allí, con sus amigos, formó un grupo: el Club de Té y Sociedad Barroviana (se reunían en el salón de té de los almacenes Barrow, de ahí el nombre). Querían cambiar el mundo a través del arte y sus miembros estaban interesados en la literatura, la arqueología y los idiomas antiguos. A Ronald éstos le apasionaban desde pequeño. Uno de sus juegos favoritos era inventarse lenguajes como el «animálico» (de los animales) o el «naffarin», con influencias españolas.


Enamorado, desde niño, de la que fue su esposa

Formar grupos dedicados a debatir –que le serviría de modelo para crear la primera parte de «El Señor de los Anillos»– fue una constante en su vida. En 1933, después del Club de Té, siendo ya profesor en la universidad, se unió a los Inklings («ink» en inglés significa «tinta» y se refería a las aspiraciones literarias de sus miembros). Allí coincidió con el autor de «Las crónicas de Narnia», C. S. Lewis, que sería uno de sus mejores amigos.


Años antes, en 1908, Tolkien, de 13 años, había conocido y se había enamorado de Edith Mary Bratt, tres años mayor que él. La joven, que también era huérfana, le sirvió de inspiración para el personaje de Lúthien Tinúviel, una princesa élfica que protagonizó el cuento «La historia de Beren y Lúthien», que aparece mencionado en «El Señor de los Anillos». Igual que los protagonistas de su relato, Ronald y Edith no se parecían en nada. Ella era protestante y él católico; a ella le apasionaba el piano y a él, le era indiferente, y Edith no comprendía ni compartía el amor de Ronald por los libros ni por los idiomas. Aparte de estas diferencias, la pareja tuvo que enfrentarse a un obstáculo mucho mayor, ya que el padre Morgan, que quería que Tolkien se centrase en sus estudios, le prohibió ver a Edith hasta los 21 años. Ronald obedeció, pero se desesperó temiendo perder a su amada, ya que la joven se mudó con unos familiares a otra ciudad y, al cabo de un tiempo, se comprometió con otro chico. 


La guerra le dejó estrés postraumático

Eso no le hizo desistir y, en enero de 1913, el día que cumplía 21 años, le envió una carta pidiéndole matrimonio. Edith, que creía que Ronald se había olvidado de ella, rompió su compromiso y se casaron en cuanto él se licenció en Filología, el 22 de marzo de 1916. Estuvieron juntos hasta la muerte de Edith en 1971 y tuvieron cuatro hijos: John, Michael, Christopher –el único que siguió sus pasos como escritor– y Priscilla. 
En octubre de 1916, Tolkien se unió al ejército británico para combatir en la Primera Guerra Mundial. Fue enviado a Francia y luchó en la batalla del Somme, una de las más trágicas y sangrientas de toda la contienda. Estuvo en el frente hasta que enfermó por la llamada «fiebre de las trincheras» y fue enviado a Inglaterra para recuperarse y superar el estrés postraumático que sufría y que le llevaría a comulgar con las ideas pacifistas el resto de su vida. 


Finalizada la guerra, trabajó como asistente en la primera edición del Oxford English Dictionary, centrándose en la etimología de las palabras de origen germánico que empezaban por la letra W. Durante la mayor parte de su vida, fue profesor de lengua inglesa y literatura en las universidades de Leeds y Oxford y escribió varios ensayos académicos. 


En 1932, comenzó a escribir «El hobbit», que relataba las aventuras de Bilbo Bolsón, un ser diminuto que vivía en un mundo llamado Tierra Media y que tenía que encontrar y matar al dragón Smaug. En 1935, cuando aún no estaba acabada, la novela llegó a manos del editor de George Allen & Unwin, que se la dio a leer a su hijo, Rayner. La reacción del niño hizo que la publicara y que, además, le animara a escribir una secuela. 


El resultado, 17 años después, fue su obra maestra: «El Señor de los Anillos», una novela en la que recuperó elementos de «El hobbit», como un anillo que debía ser destruido para evitar que llegara a manos del Señor Oscuro de Mordor, Sauron. El libro se publicó en 1954 en tres partes: «La comunidad del anillo», «Las dos torres» y «El regreso del rey», y se hizo muy popular a partir de los años 60. Hoy, esta ficción –que tiene su trilogía cinematográfica con actores como Elijah Wood, Orlando Bloom y Viggo Mortensen– ha vendido más de 50 millones de copias y ha sido traducida a 30 idiomas. 

 

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El escritor en su despacho

 


Condecorado con la Orden del Imperio

Desde que publicó «El Señor de los Anillos», la fama de Ronald fue creciendo, así como los reconocimientos académicos y literarios que recibía: título de doctor honoris causa de la Universidad de Dublín; cargo de vicepresidente de la Sociedad Filológica de Gran Bretaña o el premio a la mejor novela fantástica en 1956 en la Convención Mundial de Ciencia Ficción. El punto culminante de esta marea de premios fue la Orden del Imperio que le impuso, en 1969, la reina Isabel II. Pero nada de esto le ayudó a superar la muerte de su esposa, en 1971. 
Hundido y sintiendo que había demasiados recuerdos dolorosos a su alrededor, Tolkien dejó el hogar que habían compartido en Bournemoth y vivió los dos últimos años de su vida en un apartamento de la Universidad de Oxford. Falleció el 2 de septiembre de 1973, a los 81 años, y lo enterraron junto a su mujer. En su lápida puede leerse, debajo de cada uno de sus nombres, los de Beren y la princesa Lúthien, dos seres que siguen vivos en la imaginación de varias generaciones de lectores.


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