Joaquín Sorolla

El pintor de la luz

Toda la historia del gran pintor, cronista de los cambios en el vestuario femenino a finales del siglo XIX

 

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Joaquín Sorolla. Foto: Museo Sorolla

 

Joaquín Sorolla y Bastida nació en el barrio del mercado de Valencia el 27 de febrero de 1863, en el seno de una modesta familia dedicada al comercio de tejidos. Cuando tenía 2 años, sus padres murieron por una epidemia de cólera que asoló la ciudad y a Joaquín y su hermana, Concha, de un año, los adoptaron sus tíos maternos: Isabel y José, cerrajero. Joaquín estudió en la Escuela Normal Superior y, en 1875, a los 12 años, se matriculó en el Instituto de Segunda Enseñanza, donde nunca fue un alumno aplicado porque lo único que le interesaba al joven Sorolla era el dibujo. Su tío lo puso a trabajar como aprendiz en la cerrajería, por las mañanas, y por la noche acudía a clases de dibujo en la Escuela de Artesanos. 


Clotilde, hija de su mentor y el amor de su vida

En 1878, a los 15 años, dejó la cerrajería e ingresó en el lugar más adecuado para sus inquietudes artísticas: la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia. Uno de sus compañeros, Juan Antonio García, era hijo de un famoso fotógrafo valenciano, Antonio García, para el que Sorolla empezó a trabajar retocando y coloreando fotografías y que se convertiría en su protector y consejero para el resto de su vida. También se convertiría en su suegro porque Joaquín se enamoró de su hija, Clotilde, el gran amor de su vida. 

 

Si algo tenía claro Joaquín Sorolla entonces es que quería ser famoso en todo el mundo. Y, con ese fin, se puso manos a la obra muy pronto. En cuanto acabó su formación académica, empezó a enviar sus pinturas a concursos provinciales y exposiciones nacionales de bellas artes, pero sus telas, marinas valencianas en su mayoría, no encajaban con la moda de la época, que eran obras de temática histórica y dramática. Lo hizo, en 1884, cuando pintó «Defensa del parque de artillería de Monteleón», cuadro melodramático y oscuro con el que ganó una medalla en la Exposición Nacional.  «Aquí, para darse a conocer y ganar medallas, hay que hacer muertos», le dijo a un amigo.

 

Ese mismo año, se presentó a la convocatoria de una beca de la Diputación de Valencia para una estancia en Roma y la ganó con su cuadro de temática histórica «El palleter declarando la guerra a Napoleón». En la capital italiana conoció el arte clásico y renacentista, contactó con otros artistas, visitó museos y siguió trabajando de forma incansable. En 1885, consciente de que para triunfar tenía que darse a conocer en París, capital mundial del arte, viajó a la capital francesa, donde visitó el Salón de la Sociedad de Artistas Franceses y numerosas exposiciones, que le descubrieron la pintura moderna. 

 

El 8 de septiembre de 1888, Joaquín y Clotilde García se casaron en Valencia y, al año siguiente, se instalaron en Madrid, donde el artista se estaba forjando un nombre como pintor. En abril de 1890, tuvieron a su primer hijo, María. Le seguirían dos más: Joaquín, que vino al mundo en noviembre de 1892, y Elena, que lo hizo en julio de 1895 y que sería la única que seguiría los pasos artísticos de su padre, ya que se dedicó a la escultura. 

 

Más de 2.000 cartas de amor a su mujer

De la relación de Sorolla y Clotilde se guarda una extensa correspondencia de más de 2.000 cartas, que refleja el amor y la intensa pasión que el pintor sintió por su esposa. «Si bien los hijos son los hijos, tú eres para mí mucho más que ellos. Por muchas razones que no hay para qué citarlas, eres mi carne, mi vida y mi cerebro, llenas todo el vacío que mi vida de hombre sin afectos de padre y madre tenía antes de conocerte», le escribió el pintor en una de sus misivas.

 

Por los continuos viajes de Sorolla, la pareja soportó muchos periodos de separación, que el artista no llevaba bien. «Como si el quedarme yo aquí fuera por placer y que mi mayor gusto es estar siempre a tu lado, que no voy ni me gusta ir a ninguna parte si no es contigo y que en casa hasta me molesta que venga gente porque me privan de pasar la vida a tu lado en el estudio», le escribía. Clotilde no sólo fue su esposa y la madre de sus hijos, también se convirtió en su aliada perfecta en su camino hacia el éxito, ya que le ayudó a preparar sus exposiciones y a planificar sus trabajos. Por todo ello, Sorolla la llamaba «mi ministro de Hacienda». Su esposa lo fue todo para el pintor, que siempre que pudo la inmortalizó en sus cuadros, ya que también era su modelo favorita: mirando por la ventana, cosiendo, con algunos de sus hijos, paseando… 

 

En 1894, Joaquín viajó de nuevo a París y entró en contacto con el impresionismo, corriente que cambió su forma de entender la pintura. A su regreso a España, empezó a pintar al aire libre, obsesionado por la luz y los colores del Mediterráneo. Así surgieron las obras que más se identifican con su arte, las escenas a orillas del mar, como el cuadro «Niños en la playa», «La vuelta de la pesca» o «La playa de Valencia». «El arte no tiene nada que ver con nada que sea feo o triste. ¿No es maravilloso que los pintores modernos se dediquen al estudio de la luz del sol? La luz es la vida de todo lo que toca... “la lumière c'est la vie”. Por tanto, cuanta más luz en las pinturas más vida, más verdad y más belleza», decía. 


Retratos de Alfonso XIII y Benito Pérez Galdós

Pero Joaquín Sorolla también se ocupó de otros temas y pintó retratos de personalidades de la época como el escritor canario Benito Pérez Galdós y el rey Alfonso XIII, o, influido por su amigo Vicente Blasco Ibáñez, cuadros de denuncia social, como «¡Y aún dicen que el pescado es caro!». 
En la última década del siglo XIX, Sorolla expuso su obra por toda Europa, participando en ferias y encuentros artísticos como la Bienal de Venecia. Al mismo tiempo, recibió numerosos premios, como la medalla de oro en la Exposición Internacional de Berlín por el cuadro «Pescadores valencianos». En 1900, además de ver que le ponían su nombre a una calle de Valencia, ganó la medalla de honor de la Exposición Universal de París, y, en 1901, le concedieron la Medalla de Honor de las Bellas Artes, siendo nombrado también miembro de la Academia Francesa. Había logrado lo que se propuso al principio de su carrera y su nombre era ya conocido en todos los rincones del continente europeo. Y estaba listo para dar el salto a América. 

 

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En 1906, pintando un boceto para un lienzo con Clotilde como modelo. Foto: Museo Sorolla

 

En 1908, el hispanista multimillonario Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, quedó cautivado por sus cuadros en una exposición que vio en la galería Grafton de Londres y le propuso al artista organizar una retrospectiva de su obra en Nueva York. El 4 de febrero de 1909, se inauguró la muestra, que fue un éxito absoluto tal y como indican las cifras: 160.000 personas la visitaron en un mes y se vendieron 20.000 ejemplares del catálogo. «Gracias a Dios se rompió el fuego, he vendido por valor de 30.000 francos», le explicó Joaquín a Clotilde en una carta. Aquel éxito americano y las buenas críticas que recibió hicieron que recibiera un encargo muy especial: pintar un retrato del entonces presidente William Howard Taft.  
En 1911, regresó a EEUU para exhibir su obra en otras grandes ciudades como Chicago y San Luis. Fue entonces cuando la Hispanic Society le encargó una obra que reflejara la esencia de todas las zonas geográficas españolas. Sorolla empezó a desarrollar en 1912 este trabajo, compuesto por 14 paneles, que titularía «Visiones de España» y que no acabaría hasta 1919.


Muerto en un pueblo de la sierra de Guadarrama

Tras haberlo finalizado, el 17 de junio de 1920, sufrió un ataque de hemiplejía que supuso el final de su carrera como pintor. Tres años más tarde, el 10 de agosto de 1923, murió en Cercedilla, un pueblo de la sierra de Guadarrama, donde la familia empezó a ir en 1907, en busca de aire puro para que su hija María se recuperara de una tuberculosis. La noticia del fallecimiento fue recogida por el diario «La Época», que la relataba así: «El hotelito de Cercedilla donde Sorolla pasaba el verano fue escenario de su fallecimiento. Quizá el destino quiso que fuese allí, y no en Madrid, rodeado de esa libertad al aire libre que él tanto buscaba. Verde y montañas al sol, con aquellos paisajes que pintó cuando su hija María estaba enferma. La dolorosa noticia recorrió Cercedilla rápidamente y la casa fue visitada por amigos y admiradores de su arte, acompañando a su inconsolable Clotilde y desfilando ante el cadáver».