John D. Rockefeller

Patriarca de una saga de multimillonarios de EEUU

Empezó como contable y se convirtió en el mayor magnate del negocio del petróleo. Inmensamente rico, dedicó parte de su fortuna a la filantropía.

 

John D. Rockefeller

 

John Davison Rockefeller nació el 8 de julio de 1839 en Richford, Nueva York (EEUU). Fue uno de los seis hijos de William Avery y Eliza Rockefeller, descendientes de inmigrantes alemanes llegados en 1733 a EEUU. Infiel y aventurero, su padre era un perfecto impostor que vendía fruslerías a los indios e iba de pueblo en pueblo vendiéndoles a los lugareños un brebaje que, según él, curaba el cáncer. Su vocación comercial la heredaría, sin duda, su hijo John. En 1853, los Rockefeller se trasladaron a Cleveland (Ohio), donde los niños asistieron a la escuela pública. Siendo estudiante, el futuro magnate recogía piedras, las pintaba y las vendía a sus compañeros. El dinero que conseguía lo metía en un frasco azul que, según recordaría años después, fue su «primera caja fuerte». 


«Deje que el dinero trabaje por usted»

Llegó a ahorrar 50 dólares, una cantidad considerable para esa época, que poco después prestó, al 7% de interés, a un amigo de su padre. Aquel episodio le inspiraría, más adelante, una de sus famosas máximas: «No trabaje usted por el dinero, deje que el dinero trabaje por usted». En aquella época, inauguró una libreta que llamó «Registro A», donde anotaba cada uno de sus pequeños pasos financieros.
A los 16 años, tras haber estudiado contabilidad, empezó a trabajar en Hewitt and Tuttle, una empresa de comercio de granos donde hacía jornadas larguísimas sin protestar jamás porque, según explicó, «nunca me importaron los horarios». Pero, después de tres años trabajando a destajo, pidió un aumento de sueldo. Se enfadó tanto porque no se lo dieron que dejó su puesto para montar un negocio propio con Maurice Clark, empleado de otra firma de comisionistas de Cleveland. Necesitaba 1.000 dólares para arrancar la empresa y se los pidió a su padre. Éste se los prestó… con un interés del 10%. Así arrancó Clark & Rockefeller que, en su primer año, ganó 4.000 dólares y 16.000 en el segundo. Acorde a otra de sus frases –«Todas las catástrofes son una oportunidad»–, el estallido de la Guerra Civil norteamericana fue un negocio redondo para su empresa, que recibió numerosos pedidos por parte del ejército.   


Establecido en Cleveland, una de las ciudades más modernas y ricas del país, era un joven inteligente, con olfato para los negocios y ahorrador hasta la tacañería que, años después, se vanagloriaba en sus memorias de haber sido de los primeros en ver que el petróleo iba a ser el combustible del futuro. No fue del todo cierto. En 1863, Samuel Andrews, un amigo de su socio, Maurice Clark, les propuso entrar en el negocio del refinado de petróleo. Rockefeller accedió a invertir 4.000 dólares de sus ahorros para crear una nueva firma con el nombre de Andrews, Clark & Co, pero era escéptico y dejó bien claro que, para él, la aventura del petróleo era secundaria al negocio del grano. Un año después, el 8 de septiembre, convencido de que había llegado a un nivel de prosperidad que le permitía fundar una familia, se casó con Laura Celestia Spelman, un joven de buena familia de Cleveland que trabajaba como maestra. El matrimonio tuvo cinco hijos: Bessie, Alice, Alta, Edith y, finalmente, el esperadísimo varón, John Jr. 


Se hizo con el monopolio del petróleo

Una vez casado, volvió a entregarse a su trabajo y fue entonces cuando comprendió que el petróleo era un negocio tan fabuloso como duradero. Tan claro lo vio que, cuando, en 1865, empezó a haber tensiones entre los socios porque Clark no quería ampliar el negocio, la compañía acabó en manos de los otros dos, que la rebautizaron como Rockefeller & Andrews. A partir de entonces, la ascensión de la empresa fue fulgurante. 


Convertida en pocos años en la mayor refinería de Cleveland con una capacidad de 500 barriles diarios, John convenció a su hermano William para que entrara en el negocio y lo mandó a Nueva York para que se encargara de las exportaciones. El 10 de enero de 1870, Rockefeller fundó una nueva compañía con un capital de un millón de dólares: la Standard Oil Company of Ohio. El nombre de la empresa, que en español significa «petróleo normal», respondía a que, dado que había muchas quejas de que el queroseno era muy peligroso e inflamable, John se preocupó de sacar una fórmula estable. Además, fue la primera compañía que descubrió la aplicación de la gasolina a los motores. Aunque ni él mismo sabía el coloso industrial que iba a crear, Rockefeller siempre tuvo la intuición de que su política empresarial tenía que ser expansiva. Tres años después, gracias a importantes préstamos bancarios y arriesgados movimientos financieros, se había quedado con todas las refinerías de Cleveland.       

 

Standard Oil rockefeller

John D. Rockefeller empezó con refinerías, la primera, en Cleveland


Buscando a alguien que tratara con las empresas ferroviarias que distribuían el petróleo por todo el territorio (con el tiempo crearía su propio negocio de oleoductos y terminales para dejar de depender de ellos), contrató a Henry Flager, que llegaría a ser uno de los pocos amigos auténticos de John. «Era una amistad basada en el negocio, de la que el señor Flager solía decir que era mucho mejor que un negocio basado en la amistad y mi propia experiencia me obliga a darle completamente la razón», escribiría años después. Flager fue el primero de una serie de ejecutivos con pocos remordimientos a la hora de hacer negocios que contribuyeron a que, en la década de 1880, la Standard Oil refinara el 95% del petróleo de EEUU. Prácticamente un monopolio que, además de hacerle inmensamente rico, fue frenado en 1890 con la promulgación de la ley Sherman Antitrust, que aplicaría el Tribunal Supremo y frenaría su absoluto dominio. Pero, zorro viejo, encontró la manera de sortear aquel límite. Así, en 1911, la Standard Oil quedó dividida en 30 compañías (muchas de ellas siguen existiendo) y se retiró de los negocios, nombrando a un gerente, que sería su único punto de relación con el negocio. 


Su nieto Nelson llegó a vicepresidente de EEUU

Retirado en su finca de Pocantico Hills, a orillas del río Hudson, empezó a invertir su tiempo y su dinero en temas filantrópicos, creando instituciones educativas y culturales que pudieran lavar su imagen de tiburón financiero. Devoto baptista, abstemio, no fumador y con aversión a las fiestas sociales, financió la creación de la Universidad de Chicago, fundó el Instituto Rockefeller para la Investigación Médica y la Fundación Rockefeller, que creó un sistema de ayudas a personas con problemas. 


John D. Rockefeller falleció el 23 de mayo de 1937, en Ormond Beach, Florida. Tenía 97 años, dejó una fortuna de más de 300.000 millones de dólares y un vasto imperio que heredó su único hijo varón. A la muerte de éste, en 1960, el patrimonio de la familia se había incrementado hasta casi 500.000 millones y los Rockefeller estaban considerados como una de las familias más importantes, poderosas y reconocidas de Estados Unidos. Hasta la fecha, todos sus miembros han tenido un gran protagonismo en el mundo empresarial y político de su país, en especial, Nelson Rockefeller, que, militante del partido Republicano, fue gobernador de Nueva York y vicepresidente del país en 1974. 

 


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