Juan Sebastián Elcano

Marino que completó la primera vuelta al mundo

Este valiente vasco formó parte de la famosa tripulación que buscaba un nuevo paso a Asia y fue uno de los pocos que logró volver con vida...

 

Juan sebastian elcano

 

Juan Sebastián Elcano nació allá por 1476 en Guetaria (Guipúzcoa). Su apellido es discutido ya que aunque el nombre aceptado históricamente es Elcano, hay documentos en los que figura como De El Cano, Delcano y él mismo firmó su testamento como Juan Sebastián Del Cano. Fue uno de los nueve hijos de Domingo Sebastián Elcano y Catalina del Puerto, familia de pescadores relativamente acomodada hasta que el padre murió y Catalina del Puerto tuvo que hacerse cargo ella sola de tan numerosa prole. De joven, Juan Sebastián se ganó la vida como pescador y estraperlista con el contrabando con la vecina Francia y tuvo amores con María Hernández de Hernialde, de una familia humilde de Guetaria, a la que dejó embarazada como él mismo reconoció: «siendo moza y virgen, la hube». A su hijo lo llamaron Domingo. 


A base de muchos trabajos y sacrificios, Elcano llegó a ser propietario de una nave de 200 toneladas que puso al servicio de expediciones militares. Con el Cardenal Cisneros formó parte de la expedición contra Argel de 1509 y también estuvo en Italia, bajo las órdenes del Gran Capitán. Pero la corona no pagó el salario de la tripulación a tiempo y las deudas le obligaron a vender su nave a comerciantes saboyanos, algo prohibido por las leyes españolas de entonces ya que estaban en guerra. Un delito grave por el que fue condenado a la confiscación de sus bienes y prisión en la Corte, aunque no entró en los calabozos al reconocerse que no se le había pagado lo que se le debía. Sin dinero, abandonó Guetaria para deambular por las costas de Cataluña, Valencia y Alicante hasta recalar en Sevilla en 1518 donde un tal Fernando de Magallanes estaba organizando una atrevida expedición marítima. 

Naves elcano

Obra que recrea las naves en el Pacífico.


Segundo de a bordo de la nao La Concepción

Magallanes era un militar y navegante portugués de origen noble que abandonó su país natal por discrepancias con su rey, Manuel I, que no le reconocía los méritos. Se instaló en Sevilla, ya que había propuesto a un joven Carlos I, rey de España, una expedición para descubrir un paso a través del Nuevo Mundo que llevara por poniente hacia la Especiería, como llamaban a las islas de las Molucas, en la actual Indonesia, que evitaría la ruta portuguesa que rodeaba África. 
Por entonces, Magallanes no tenía la menor intención de dar la vuelta al mundo. El rey ni se lo pensó y decidió financiar lo que entonces denominaban «empresa». Magallanes reunió cinco naos, un navío mayor que las carabelas: La Trinidad, la nao capitana con Magallanes al frente, La Victoria, La San Antonio, La Santiago y La Concepción. Por su experiencia como navegante a Elcano le dieron el cargo de maestre, segundo de a bordo, en La Concepción que capitaneaba Gaspar de Quesada. La flota partió de Sevilla el 10 de agosto para aprovisionarse en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) de donde zarparon definitivamente al amanecer del 20 de septiembre de 1519. Iba a ser un viaje épico que hoy se compara a la conquista del espacio.

Implicado en un motín contra Magallanes

La flota puso rumbo sur a Canarias para atravesar el Atlántico hasta Brasil arribando el 13 de diciembre al puerto de Santa Lucía, una preciosa bahía que hoy conocemos como Río de Janeiro. En esta  parte del viaje fue Magallanes quien tuvo todo el protagonismo mientras que Elcano, según el cronista de la expedición Antonio Pigafetta, se limitó a cumplir órdenes. La intención era meterse por todos los recovecos de la costa que permitieran pasar al mar del Sur. Lo intentaron en el Río de la Plata y en San Julián en la Patagonia argentina donde Magallanes envió a explorar la costa a la nao Santiago que se destrozó en las rocas. 


Decidió pasar allí el invierno, pero el hambre y el frío desmoralizaron a la tripulación. Se gestó un motín por parte de los capitanes de las otras naves que nunca aceptaron de buen grado que les comandara un portugués. Entre los amotinados estaba Elcano, al que los cabecillas habían dado el mando de la San Antonio. Magallanes controló el motín e hizo honor a su fama despótica descuartizando a dos de los capitanes amotinados y dejando en tierra a un tercero. Elcano fue perdonado por la escasa relevancia que había tomado en lo acontecido, aunque declaró que Magallanes «no era santo de su devoción por su autoritarismo y por marginar a los españoles en la toma de decisiones». 


Al llegar la primavera austral, octubre de 1520, la expedición siguió hacia el sur hasta encontrar un laberíntico paso prometedor, al que llamaron «de Todos los Santos» y que hoy conocemos como estrecho de Magallanes. La nao San Antonio desertó en contra de la voluntad de Elcano y regresó a España. 

Al mando tras la muerte de Magallanes

El 28 de noviembre de 1520 un cabo les señaló que por fin habían llegado al mar del Sur. Creían que la Especiería estaba ya cerca. Se equivocaban. Las tres naos que quedaban navegaron tres meses y veinte días, «sin probar ni un alimento fresco», según Pigafetta. Al menos, las aguas, solían estar en calma por lo que le llamaron Mar «Pacífico».
El hambre y el escorbuto seguían diezmando a la tripulación hasta que, tras tocar algunas islas, el 16 de marzo de 1521 descubrían un rico y gigantesco archipiélago de islas a las que llamaron San Lorenzo, las actuales Filipinas. Magallanes había traído desde España un esclavo llamado Enrique para que hiciera de intérprete y pudo entablar relaciones amistosas con los locales además de convertirlos al cristianismo. 


En la isla de Mactán, el rey indígena Cilapulapu se negó a pagar tributos a esa nueva corona y se enfrentó a Magallanes. El 27 de abril de 1521, el portugués bajó a tierra dispuesto a imponer su ley pero murió en plena batalla. Elcano no había desembarcado porque había enfermado durante la travesía del Pacífico y estaba recuperándose.


El esclavo Enrique se alió con el rey de Cebú para hacerse con las riquezas de las bodegas. El rey invitó a los capitanes de las naos a un gran banquete y los degolló en los postres. Los 115 supervivientes huyeron a la cercana isla de Bohol y, como eran pocos, decidieron quemar la nave que estaba en peor estado, la Concepción. Sólo quedaban dos, la Victoria y la Trinidad con Juan López de Carvalho sustituyendo a Magallanes como jefe de la expedición.


Los marinos continuaron dando tumbos por Filipinas «tan hambrientos y escasos de provisiones que estuvimos varias veces a punto de abandonar nuestras naves y establecernos en alguna tierra para terminar allí nuestros días», escribía Pigafetta. A finales de septiembre de 1521 quedaban pocos tripulantes capacitados para pilotar las naves y decidieron nombrar a Gonzalo Gómez de Espinosa como jefe de la expedición y capitán de la Trinidad y a Juan Sebastián Elcano darle el mando de la Victoria. 


El 6 de noviembre de 1521 por fin llegaron a su destino, las Molucas, la ansiada isla de las especias. Pasaron dos meses cargando de ricas especias las dos naos, pero La Trinidad estaba muy maltrecha. Decidieron que se quedara reparando para luego regresar por donde habían venido mientras Elcano seguiría hacia el oeste atravesando el Índico hacia África. Debían navegar muy lejos de la costa y sin escalas para no ser descubiertos por los portugueses. Se pidieron voluntarios para seguir a Elcano en aquella auténtica locura y se apuntaron 47 tripulantes y trece indios esclavos. El 21 de diciembre de 1521, las dos naves se despedían con un cañonazo de saludo. La Trinidad acabaría sus días abordada por los portugueses en las Molucas durante su viaje de regreso.
Elcano cargó provisiones hasta los topes en la isla de Buru. En abril de 1522 alcanzaron el cabo de Buena Esperanza donde debieron aguantar nueve semanas bajo el frío parados esperando los vientos propicios. La tripulación pidió a Elcano rendirse y dirigirse a Mozambique y pedir ayuda a los portugueses. Pero el vasco era tozudo y siguió adelante.

Fue uno de los 18 esqueléticos supervivientes

Remontar África fue otra penuria de casi tres meses. La comida fresca hacía tiempo que se había agotado y las raciones se reducían a arroz y agua en mal estado. El 9 de julio llegaron a las costas de Cabo Verde, territorio portugués. Se había acabado hasta el arroz. Fondeados, Elcano hizo bajar a varios tripulantes en una chalupa para comprar víveres y ocultando que eran la expedición de Magallanes, debían decir que volvían de América. Al pagarles en especias los portugueses se dieron cuenta del engaño. La Victoria logró huir en el último momento. Una curiosidad les sorprendió en Cabo Verde: según el calendario del barco era miércoles y para los de tierra era jueves. Al circunvalar el globo hacia el oeste habían ganado un día.


El 6 de septiembre de 1522 entraban en el puerto de Sanlúcar, quedaban 18 esqueléticos supervivientes a bordo. El 8 de septiembre la Victoria atracaba en Sevilla disparando todos los cañones a modo de saludo. Al poner pie en tierra «nos dirigimos descalzos con un cirio en la mano» hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y la capilla de Santa María la Antigua en la Catedral «porque así lo habíamos prometido en momentos de angustia». El emperador Carlos I recibió a Elcano en la corte en Valladolid y le otorgó una generosa renta anual de 500 ducados de oro así como la categoría de hidalgo con un escudo en el que figuran diferentes especias y un globo terráqueo con la leyenda, en latín, «Primus circumdedisti me» (El primero que me rodeasteis).


Los siguientes tres años fueron de merecido descanso. Ahora tenía fama, honores, bienes y patrimonio. Se instaló en la Corte de Valladolid y se enamoró de María Vidaurreta con la que tuvo una hija, María. Sus líos amorosos fueron tan frecuentes que estuvo amenazado y el Rey le permitió ir acompañado siempre de dos hombres armados. En 1525 decidió enrolarse en una expedición  para llegar de nuevo a las Molucas. Elcano fue como lugarteniente, piloto mayor y segundo jefe de la Armada. El viaje fue un desastre y él enfermó de escorbuto. 

Murió en alta mar

Pocos días antes de morir redactó su testamento en la Santa María de la Victoria, la nao capitana de la expedición, nombrando heredero de sus bienes a su hijo Domingo y como usufructuaria a su madre Catalina del Puerto. Nunca se casó pero dejó a la madre de su primer hijo, María Hernández, cien ducados de oro, y a la madre de su hija, María Vidaurreta, cuarenta ducados de oro «para la crianza de la niña y descargo de mi conciencia». Elcano falleció a los 50 años en medio del Pacífico el 4 de agosto de 1526. Tres días después su cadáver era arrojado al mar.


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