María Teresa León

La escritora olvidada de la generación del 27

Excelente escritora que quedó eclipsada por la grandeza de su marido, el poeta Rafael Alberti

 

María Teresa León

 

María Teresa León Goyri nació el 31 de octubre de 1903 en Logroño. Fue hija de Ángel León, coronel del ejército, y de su esposa, Oliva Goyri, y pasó su infancia entre Madrid, Barcelona y Burgos. En la capital, estudió en el colegio del Sagrado Corazón, de Leganitos, de donde la expulsaron por ser una chica demasiado rebelde, ya que leía mucho y quería estudiar bachillerato. 


En aquellos años de formación, la principal influencia para María Teresa fue la de su tía, María Goyri, esposa de Ramón Menéndez Pidal y una de las primeras mujeres españolas que obtuvo el doctorado en Filosofía y Letras. Ella le inculcó el interés por seguir con sus estudios, mientras que su tío puso a su disposición su inmensa biblioteca, a la que María Teresa se escapaba saltándose las clases.  


Tenía sólo 17 años cuando, el 1 de noviembre de 1920, se casó, en Barcelona, con Gonzalo de Sebastián Alfaro. La pareja tuvo dos hijos, Gonzalo y Enrique. El mayor nació en 1921 y, tras una crisis matrimonial, llegó el segundo en 1925, cuando la pareja ya vivía en Burgos. En esos años empezó a publicar artículos periodísticos en el «Diario de Burgos», firmando con el pseudónimo de Isabel Inghirami (una de las heroínas del escritor italiano Gabriele D'Anunzio) y, poco después, con su propio nombre. 


Dejó al marido y perdió la custodia de sus hijos

En 1928, viajó a Argentina y, en Buenos Aires, donde vivió un año con su marido y sus hijos, desarrolló una gran actividad cultural, dando conferencias y escribiendo artículos sobre la dictadura de Miguel Primo de Rivera, que gobernaba en España. Al año siguiente, publicó su primera novela, «Cuentos para soñar», con prólogo de María Goyri. Ese mismo año, agobiada por un matrimonio sin amor, decidió dejar a su esposo, por lo que perdió la custodia de sus hijos y decidió irse a Madrid.


En la capital española comenzó una nueva vida y, para poder sobrevivir, los primeros meses trabajó como vendedora de coches, aunque nunca dejó de lado la literatura, teniendo que soportar comentarios tan machistas como el de Pedro Salinas, que se refirió a ella como «esa muchacha guapa de Burgos y mala literata». Pero, como León decía, «escribir es mi enfermedad incurable», y así fue como terminó su segundo libro, «La bella del mal amor» (1930), con el que obtuvo un importante éxito. Frecuentó el Lyceum Club Femenino, una institución que promovía el desarrollo educativo, cultural y profesional de las mujeres. «En los salones de la calle Infantas se conspiraba entre conferencias y tazas de té. Aquella insólita independencia femenina fue atacada rabiosamente. El caso se llevó a los púlpitos, se agitaron las campanillas políticas para destruir la sublevación de las faldas», recordaba en sus memorias la escritora, que ya era muy conocida en el grupo de la Generación del 27. 


El poeta Rafael Alberti, su gran amor

En 1930, conoció al poeta Rafael Alberti, que entonces salía con la pintora Maruja Mallo, en una lectura del gaditano en casa de un amigo común. Perdidamente enamorados, el escritor relató así su decisión de irse a vivir juntos: «Una noche –lo habíamos decidido– no volví más a casa. Definitivamente, tanto ella como yo empezaríamos una nueva vida, libre de prejuicios, sin importarnos el qué dirán, aquel temido qué dirán de la España gazmoña que odiábamos». 


María Teresa León consolidó su relación con el poeta gracias al viaje que les llevó por toda Europa después de que la Institución Libre de Enseñanza le encargara a ella hacer un estudio sobre el movimiento teatral europeo. Fueron a Alemania, Holanda, Bélgica, Dinamarca, Noruega y la URSS. Era 1932 y la escritora quedó fascinada con el comunismo, opción política que le pareció la panacea de la justicia social. De aquel periplo escribió artículos para «El Heraldo de Madrid» y le permitió conocer a artistas como Picasso, André Gide y Marc Chagall. Al volver a España, la pareja se casó el 5 de octubre de 1933 y su casa se convirtió en punto de encuentro de intelectuales como el director de cine Luis Buñuel y el escritor Federico García Lorca, amigo íntimo de María Teresa hasta su muerte. 

 

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La escritora con Alberti, su marido, y Federico García Lorca, del que fue muy amiga.


Muy comprometida con la República


En 1934, tras fundar con Alberti la revista «Octubre» (contra el fascismo y por el proletariado), León y Alberti participaron en el Primer Congreso de Escritores Soviéticos. La editorial sevillana Renacimiento acaba de publicar ahora el libro «El viaje a Rusia de 1934», con los artículos que, en su día, María Teresa escribió sobre su estancia en el país de los soviets, que coincidió con un momento crucial: la revolución en Asturias, que provocaría uno de los primeros exilios de españoles a la URSS en el siglo XX. 


El estallido de la Guerra Civil sorprendió al matrimonio en Ibiza y estuvieron 23 días escondidos en casas de campesinos de la isla, huyendo de la Guardia Civil, hasta que los republicanos reconquistaron la isla y pudieron regresar a Madrid, donde muchos les daban por muertos. 


María Teresa, que desplegó una gran actividad teatral como autora, directora y actriz, fue nombrada secretaria de la Alianza de Escritores Antifascistas y creó otra revista, «El Mono Azul», destinada a las tropas de soldados que combatían en el frente. No sólo llevó sus artículos periodísticos a primera línea, sino que se empeñó en llevar las Guerrillas del Teatro hasta las trincheras. Y no contenta con eso, también aceptó la tarea que le encomendó el Gobierno de la República de evacuar las obras de arte de El Escorial y del museo de El Prado, entre ellas «Las Meninas», de Velázquez, y el «Carlos V», de Tiziano, que trasladó a Valencia. 


Tras permanecer en la resistencia hasta el final de la guerra, en febrero de 1939 ella y su marido emprendieron el camino de un largo exilio que les llevó primero a Orán, después a Marsella y, más tarde, a París. Ahí, gracias a Picasso, trabajaron en los programas en español que se emitían en Radio París-Mondial. En 1940, el matrimonio se mudó a Buenos Aires, donde vivieron 23 años. Allí, el 9 de agosto de 1941 nació su hija, Aitana, quien, en un artículo de 1998, recordaba que, a los 12 años, su madre le organizaba tertulias con sus amigos, siempre con un invitado adulto, en las que se hablaba de Lorca o se comentaban las obras de autores clásicos, como Julio Verne. 


En Argentina, María Teresa León escribió innumerables artículos y novelas («Contra viento y marea», «Morirás lejos», «Juego limpio»...); cuentos (como «Fábulas del tiempo amargo»); biografías (como «El Cid Campeador») y ensayos, guiones de cine y de radio («La dama duende», «Los ojos más lindos del mundo»...). Según los expertos, allí alcanzó su máxima madurez como escritora. Pero, a pesar de ser una de las mejores autoras de la Generación del 27, siempre estuvo a la sombra de Alberti. Ella lo explicó muy bien cuando dijo que se convirtió en «la cola del cometa». El cometa, evidentemente, era el poeta gaditano. 


Volvió a España sin saber que regresaba a su patria

En marzo de 1963, la artista y su familia abandonaron Argentina y se trasladaron a Roma, donde comenzó a escribir su obra más conocida, «Memoria de la melancolía», publicada en Buenos Aires en 1970 sobre su propia vida y sus experiencias. En la capital italiana también se le empezó a manifestar la enfermedad de Alzheimer y su esposo inició un idilio con otra mujer, la bióloga Beatriz Amposta.  


Siete años después, muerto el dictador Franco y tras 38 años de exilio, volvió a España con su hija, Aitana. Pero no fue una vuelta feliz. «Me duele aún hoy pensar que mi madre, a causa de su enfermedad, no tuvo constancia de que regresaba a su país. Había cientos de personas que esperaban en el aeropuerto, con banderas y proclamas, y ella sonreía. Atrás, dejaba mucho más que el exilio, dejaba medio siglo dedicado a la literatura y al ensayo», asegura Aitana, que tiene muy claro que si Maria Teresa León «hubiera sido un hombre, habría sido un coloso, uno de los gigantes de nuestra literatura».  


Sus últimos años transcurrieron en un geriátrico a las afueras de Madrid, donde murió el 13 de diciembre de 1988, a los 85 años de edad. 


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