Pamela L. Travers

Autora de «Mary Poppins»

De la imaginación y la pluma de esta escritora australiana afincada en Inglaterra surgió la niñera más famosa de todos los tiempos

 

Pamela Lyndon Travers

 

Helen Lyndon Goff –verdadero nombre de Pamela Lyndon Travers– nació el 9 de agosto de 1899 en Maryborough, en el estado australiano de Queensland. Su padre, Travers Roberts Goff, fue un ejecutivo de banca al que degradaron por su alcoholismo. Su madre, Margaret Agnes Morehead, era miembro de la alta sociedad australiana y sobrina de Boyd Dunlop Morehead, primer ministro de Queensland entre 1888 y 1890. Tuvieron tres hijas: Helen, Biddy y Moya. Por sus problemas económicos, la familia tuvo que dejar la lujosa mansión en la que vivían para instalarse en una casita de Allora en 1905, donde el padre falleció dos años después. Helen tenía 9 años. 


Oficialmente, Guff murió de un ataque de epilepsia, pero la autora siempre explicaba que había sido «por beber agua no potable». Tras aquella desgracia, se mudaron a Bowral (Nueva Gales del Sur), donde sobrevivieron gracias a la ayuda de una tía abuela, Helen Morehead. Con dotes para la escritura, Travers colaboraba con un diario donde publicaba una columna diaria bastante picante. Luego, probó suerte como actriz y se unió a una compañía itinerante hasta que, en 1924, puso rumbo a Gran Bretaña. 


Apasionada por la mitología y la mística

El viaje en barco de 50 días fue para ella, que se mareaba como una sopa, una de las experiencias más terribles de su vida. Quizás entonces se le ocurrió la idea de lo bueno y fácil que sería llegar volando a los sitios, como después haría su niñera, propulsada por un paraguas. Instalada en un piso de su rica familia en Londres, trabajó escribiendo críticas teatrales, pero, ambiciosa, coqueta e inteligente, envió sus poemas al «Irish Statesman», cuyo editor, George A.E. Russel, le contestó diciéndole que le encantaban y quería conocerla. Helen viajó a Dublín y, desde la primera entrevista, hubo «feeling». A Russel le encantaban las jovencitas y a ella, los hombres con poder. Durante años tuvieron una relación intelectual con altas dosis de erotismo, aunque parece ser que nunca tuvieron sexo. Gracias a que fue su mentor, Helen (que ya usaba el seudónimo P. L. Travers para ocultar que era mujer) conoció a la intelectualidad de la época. El editor también la inició en la mitología y la mística: estudió con gurús en India, vivió en una reserva de indios americanos y fue discípula del ruso G. I. Gurdjieff. 


Convivió casi 30 años con otra mujer  

Dueña de un endiablado y fortísimo carácter, mujer independiente y capaz de hacer «topless» en una playa de Italia en aquella época, Travers tuvo varios romances con hombres, pero ninguno cuajó en matrimonio. Nunca se casó. Su relación más larga fue con una mujer, Madge Burnand, hija del dramaturgo Francis Burnand. Compartieron apartamento en Londres desde 1927 hasta 1934 y luego se mudaron a una casa en Sussex, donde vivieron 20 años más juntas. Su amistad, según su biógrafa Valerie Lawson, fue tan «intensa» como extremadamente ambigua. 

 

Captura de pantall RET

Julie Andrews protagonizó la primera película de «Mary Poppins»


En 1934, P. L. Travers publicó «Mary Poppins», el libro que la consagraría como uno de los grandes nombres de la literatura para niños. Lejos de la versión edulcorada que popularizaría después el cine, la niñera del libro era una mujer seca, enfadada, desdeñosa y terrorífica, que conseguía el trabajo amenazando a los Banks y que odiaba tanto a los niños que no tenía problemas en insultarlos, empujarlos por las escaleras o hacerles comer tan rápido que se atragantaban. Con sus poderes mágicos los salvaba de peligros… en los que ella los metía. Fría y nada sentimental, Travers dibujó a Poppins huesuda, alta y de boca fruncida, con un sempiterno paraguas y pies enormes. En esto último se parecía a su tía abuela. Otros personajes de la novela eran también calcos de personas que formaron parte de su infancia en Bowral, cuyos nombres ni se molestó en cambiar.


Mientras vivía con placer el éxito de su primera novela, Travers se desesperaba por no ser madre. En 1939, un amigo le dijo que una familia irlandesa, los Hone, querían dar en adopción a unos gemelos de seis meses. La escritora fue a Dublín y, tras consultar con un astrólogo, adoptó a Camillus, el de más peso de los dos, pero se negó en redondo a llevarse al otro: Anthony. Una decisión acorde a la nula empatía de esta mujer con cualquier sufrimiento humano que no fuera el suyo. Con 40 años cumplidos, Travers se puso a criar a su hijo, al que nunca le explicó que era adoptado –le dijo que su padre era un magnate del azúcar muerto en extrañas circunstancias–, ni que tenía un gemelo. Pero su instinto maternal era más mental que real y, al poco tiempo, se dio cuenta de que no sabía –y, sobre todo, no quería– cuidar del niño, al que metió en un internado. Pero, a los 17 años, Camillus descubrió sus verdaderos orígenes y consiguió contactar con su hermano. Cuando le pidió explicaciones a su madre, ésta montó en cólera y lo echó de casa. Camillus acabó alcoholizado.

 

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P. L. Travers con Walt Disney y Julie Andrews que protagonizó la primera película. 


Negoció durante 16 años los derechos con Disney

Al margen de su nefasta faceta como madre, el éxito estratosférico de «Mary Poppins» tuvo que ver con que, en 1945, Diane Disney, una de las dos hijas del famoso productor de Hollywood, se empecinó en que su papá llevara al cine las peripecias de la mágica «nanny». El productor aceptó, sin saber que Travers iba a ser un hueso muy duro de roer: la negociación para que la escritora cediera los derechos para la película duró nada menos que 16 años. El filme «Al encuentro de Mr. Banks», protagonizado por Emma Thompson y Tom Hanks, narra la tormentosa relación que tuvieron Travers y Disney, que se odiaban sin disimulos. «Era como ver dos fuerzas de la naturaleza rugiendo a lo largo de una vía de ferrocarril y avanzando hacia la inevitable colisión frontal», decía un amigo de la escritora que había visto cómo ésta negociaba con el productor. Travers sólo claudicó cuando, en 1961, Disney le ofreció un cheque de 100.000 dólares (unos 2 millones de euros de ahora).

 

La autora no fue invitada al estreno de la película, que ganó cinco Oscars y fue el éxito taquillero de 1964, pero ella consiguió colarse en la gala. Cuando hubo visto el filme, lloró de rabia porque no reconocía en la dulce y bondadosa Julie Andrews a su Mary Poppins. Tampoco le gustó una banda sonora con 30 canciones, el uso de dibujos animados, que la madre de los niños fuera una sufragista (creía que las mujeres luchaban por tener los mismos derechos que los hombres pero no sus obligaciones) y, sobre todo, que el norteamericano Dick Van Dick hiciera el papel de deshollinador. Racista sin disimulos, la escritora había establecido que todos los actores del filme tenían que ser británicos. Horrorizada, le sugirió a Disney que hiciera cambios, pero él le respondió: «Este barco ya ha zarpado». 


Nada pudo hacer por cambiar la Mary Poppins del cine, pero no volvió a ceder los derechos de sus otros siete libros de la saga. Condecorada como Oficial de la Orden del Imperio Británico en 1977, Travers falleció el 23 de abril de 1996, a los 96 años. Sus nietos, en el funeral, dijeron de ella: «Murió sin querer a nadie y sin haber sido nunca querida».