Peggy Guggenheim

Coleccionista de arte

Excéntrica millonaria norteamericana que reunió una impresionante colección de arte y que fue una feminista «avant la letre», porque hizo con su vida lo que quiso.

 

Peggy Guggenheim

 

Marguerite Guggenheim nació el 26 de agosto de 1898 en Nueva York, en el seno de una familia suiza que emigró a EEUU en el siglo XIX y construyó un imperio de minas de cobre y plata. Su padre, un hombre muy mujeriego que vivía en París con sus amantes, fue Benjamin Guggenheim, que murió en 1912 en el hundimiento del Titanic. Su muerte dejó a Peggy, como la llamaban en casa, de 14 años, y a sus dos hermanas al cuidado de su madre, Florette Seligman, excéntrica heredera de una dinastía bancaria y con un trastorno obsesivo-compulsivo que le hacía repetir las cosas tres veces. En su familia, había otros miembros famosos por sus excentricidades, como su tío Washington, que tenía por costumbre mascar carbón y trocitos de hielo, y su tía Fanny, que solía cantar todas sus frases. Otro tío suyo, Solomon R. Guggenheim, fue el creador de la fundación que regenta los museos Guggenheim de Nueva York y Bilbao. 


Arte en lugar de las fiestas de la aristocracia

Peggy estudió en los mejores colegios de Manhattan y pasó su adolescencia atormentada por un complejo de fea que compensó con su desbordante energía y una rebeldía que desafiaba las normas sociales de la época. Muy pronto prefirió el ambiente bohemio de Manhattan, para escándalo de su familia, a las elegantes cenas de la aristocracia neoyorquina, huyendo así de un destino que consistía en casarse bien y ser una madre y esposa abnegada. Acabados sus estudios de bachillerato, se negó a ir a la universidad y se puso a trabajar en una librería, la Sunwise Turn, donde se enamoró de movimientos vanguardistas artísticos, como el cubismo, el dadaísmo y el surrealismo.


Por eso, a los 22 años, tras heredar los 2,5 millones de dólares que le dejó su padre, hizo las maletas y se fue a París. Vivió allí un año, tiempo en el que quedó hechizada por la ciudad de la luz y su ambiente artístico. En esa época conoció a Laurence Vail, un pintor dadaísta francés pobrísimo, del que se enamoró y con quien se casó el 10 de marzo de 1922. Ese matrimonio estuvo marcado por el carácter violento de Laurence, hasta que Peggy decidió abandonarle en 1928. Tenía entonces dos hijos, Sinbad, nacido el 15 de mayo de 1923, y Pegeen, una niña que vino al mundo el 18 de agosto de 1925. Lo único bueno que le quedó de aquella relación –aparte de los niños– fueron los artistas que conoció gracias a Laurence, como el fotógrafo Man Ray, Picasso, los escritores Djuna Barnes y Samuel Becket –con quien vivió un apasionado romance– y la bailarina Isadora Duncan, entre otros. Pero la persona que más le marcó fue Marcel Duchamp, su maestro, que le enseñó todo lo que necesitaba saber para convertirse en una entendida en arte. «Fue la persona que más me influyó en mi vida. Escuché todo lo que me decía y así fue cómo me convertí en una experta», diría años más tarde. 

Peggy Guggenheim Coleccionista

Peggy con obras de Pollock, su gran descubrimiento.


Amor con un alcohólico y galerista en Londres

Después de Laurence, Peggy se enamoró del escritor inglés John Ferrar Holms, un intelectual alcoholizado que también la maltrató. La pareja se fue a vivir a Inglaterra, pero en 1934, Holms murió mientras le operaban después de caerse de un caballo. Peggy no tardó en encontrar una nueva pareja: el editor Douglas Garman, con quien estuvo hasta mediados de 1936, viviendo en Inglaterra y apoyándole en su carrera política en el partido comunista, al que se afilió. 


Tras separarse de nuevo y con casi 40 años, Peggy decidió dedicar su vida al arte y, cuando en 1937 heredó 450.000 dólares de su madre, abrió su primera galería, la Guggenheim Jeune, en Londres. La sala se inauguró con una exposición del pintor Jean Cocteau que fue un fracaso, ya que nadie le conocía. Le ocurrió lo mismo con otros artistas como Kandinsky y Mondrian. Para evitar que se frustraran, Peggy compraba sus obras en secreto y, como ella misma explicó, «así empecé mi colección de arte». 


En 1939, sin embargo, no tuvo más remedio que cerrar la galería, pero su idea de tener una sala de exposiciones no se desvaneció. Así que volvió a París decidida a crear un museo de arte moderno, especializado en surrealismo, cubismo y arte abstracto. Para ello, se propuso comprar un cuadro cada día y, gracias a su fortuna, pudo cumplir su propósito, convirtiéndose en la mecenas más activa de aquellos años, apoyando a decenas de artistas, que, sin su ayuda, no habrían salido adelante.


Estalló la Segunda Guerra Mundial y sus planes de abrir el museo se fueron al traste. La situación, sin embargo, tuvo un aspecto positivo: pudo comprar obras a muy buen precio porque los artistas y galeristas vendían barato para tener dinero con el que huir del avance de los nazis. La mecenas se gastó 70.000 euros de entonces en unas 50 obras de Miró, Juan Gris, Chagall, Paul Klee, Alexander Calder, Picasso, Yves Tanguy –que fue su amante–, Matisse, Kandinsky y Dalí, que acabó escondiendo en el granero del castillo de un amigo, para salvarlas de la guerra, porque el Louvre se negó a guardarlas en sus sótanos al considerar que eran muy modernas. 


En 1940, cuando los nazis entraron en París, Peggy se fue a Marsella. Allí conoció al artista Max Ernst, con quien se casó en diciembre de 1941, tras volver con él a Nueva York. No sería su amor definitivo, ya que Ernst se había casado con ella por su dinero y acabó dejándola por la artista Dorothea Tanning. Como diría Peggy de esa historia: «Max necesitaba paz para pintar y yo necesitaba amor para vivir. Como ninguno de los dos le daba al otro lo que necesitaba, nuestra unión estaba abocada al fracaso».


Fue la descubridora de Jackson Pollock

En la ciudad de los rascacielos inauguró, por fin, una galería de arte de vanguardia, The Art of this Century, en la que expuso a sus amigos artistas europeos junto con jóvenes norteamericanos, como el padre del expresionismo abstracto, Jackson Pollock, al que descubrió en 1943. A pesar de que al principio su obra no le gustó, durante cuatro años empujó su carrera, pasándole una mensualidad, organizándole exposiciones individuales y comprando sus lienzos. Años más tarde, reconocería que «el descubrimiento de Pollock fue mi logro más notable». 

 


Aunque su galería tuvo éxito y su vida social era un torbellino de amantes, alcohol y fiestas, Peggy echaba de menos Europa. Así que en 1948 llevó su colección a la Bienal de Venecia (donde el servicio de limpieza tiró a la basura una de las esculturas móviles de Alexander Calder creyendo que era un montón de chatarra) y se instaló en la ciudad de los canales con sus cuadros y sus 11 perros. En 1949, compró el palazzo Venier dei Leoni, que convirtió en su museo particular, colocando en su entrada una escandalosa estatua de Marino Marini, llamada «El ángel de la ciudad», que representaba a un jinete con un enorme falo erecto. En 1951, decidió que tres días a la semana se abrirían gratis las puertas de este museo, que alberga más de 400 obras maestras de Picasso, Mondrian, Kandinsky, Marc Chagall, Mark Rothko y muchos otros.

 


Durante los años que vivió en Venecia, la mujer que dijo de sí misma que no era una coleccionista «sino un museo», reunía en su palacio a artistas, organizaba fiestas y paseaba a diario en su góndola privada, con sus características gafas de sol en forma de mariposa y sus perros. «Adoro flotar en los canales venecianos hasta tal punto que no puedo pensar en nada más hermoso desde que dejé el sexo, o mejor dicho, desde que el sexo me dejó», comentó la mujer que, en sus memorias, «Confesiones de una adicta al arte», presumía de haber tenido 400 amantes.   


Su golpe más duro: la muerte de su hija

En 1967, Peggy recibió el golpe más duro de su vida. Su hija Pegeen fue hallada muerta en su apartamento de París. Tenía 41 años y una vida marcada por la depresión, el arte –era pintora– y una conflictiva relación con su madre, a la que adoraba. «Sentí que toda la luz de mi vida se apagaba», dijo Peggy de aquella tragedia. 

 

Eso, literalmente, no ocurrió hasta el 23 de diciembre de 1979, cuando tenía 81 años y falleció en Padua por una apoplejía. Pocos días antes de morir había escrito en su diario: «Si echo la vista atrás, veo mucha alegría. Creo que he tenido una existencia llena de éxito. Siempre he hecho lo que he querido y nunca me ha importado lo que los demás pensaran de mí. ¿Liberación de la mujer? Yo era una mujer liberada antes de que hubiera un nombre para eso». 

 


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