Rosalía de Castro

La gran poeta de las letras gallegas

La autora de «Follas novas» está considerada como la escritora gallega más universal.

 

Rosalia de Castro retrato

 

Rosalía Rita de Castro y Abadía nació el 21 de febrero de 1837 en Santiago de Compostela (A Coruña). La mujer que sería la gran representante de las letras de Galicia y devolvería al gallego su carácter de lengua culta fue fruto de los amores clandestinos de Teresa de Castro y Abadía, de familia hidalga venida a menos, y el sacerdote de la iglesia de Santa María de Iria, José Martínez Viojo. Temiendo la reacción de la gente por esas relaciones ilícitas, la madre optó por inscribir a la niña como hija de padres desconocidos y como tal Rosalía de Castro fue bautizada tres días más tarde, según recogió el acta del bautismo firmada por el cura José Vicente Varela y Mantero. 

 

Criada, en sus primeros años, por una sirvienta

Rosalía se libró de ir al orfanato porque María Francisca Martínez, la fiel criada de Teresa, se hizo cargo de ella durante sus primeros años, pero, cuando la niña tenía 5 años, su madre se la llevó a Padrón para que estuviera con ella. En un registro del ayuntamiento del 17 de septiembre de 1842 constaba que Teresa de Castro, soltera; su hija y una criada vivían en esa localidad, en la casa de A Matanza (Padrón), conocida como Huerta de la Paz.

 

Niña enfermiza y delicada, vivió una infancia triste, como también lo sería su adolescencia. Su madre, preocupada por la fragilidad de la niña, decidió retrasar su ingreso en la escuela, ya que el colegio estaba en un edificio húmedo y frío. Así que la pequeña se pasó horas y horas en su casa, contemplando la naturaleza, escuchando las trágicas historias del mar que explicaban los vecinos y observando el duro trabajo de los hombres y las mujeres del campo. Aprendiendo, en definitiva, a amar su tierra. Un sentimiento que le provocaría, cada vez que se alejaba, una morriña insoportable que tan bien reflejaría en sus poemas.


Finalmente, ingresó en la escuela, situada ante el cementerio de Santa María Adina, el lugar en el que, a la salida del colegio, correteaba con sus compañeros entre las tumbas del camposanto. Adina fue para Rosalía un paréntesis de luz entre el silencio y la tristeza que se vivía en su casa y la frialdad y la oscuridad de la escuela. El destino le puso otra dura prueba cuando le diagnosticaron la enfermedad romántica por excelencia: tuberculosis. Una precaria salud la acompañó el resto de su vida. Uno de sus libros se lo dedicó a su médico, Maximino Teijeiro, y lo firmó como «su eterna enferma».

 

Rosalía de Castro escribió sus primeros versos a los 11 años y, a los 15, familiarizada como estaba con la pobreza y las penalidades de los pescadores y la gente del campo, hablaba en sus poemas de emigrantes y mujeres abandonadas. En una ocasión, estando en Santiago, donde se trasladó con su madre en 1850, leyó algunos de sus versos en una fiesta del Liceo San Agustín. Aunque todos vieron el potencial de Rosalía como poeta, hay quien dice que en esos años flirteó con el teatro como actriz y que, como no lo hacía mal y estaba agobiada por la precariedad económica de su casa, estuvo a punto de irse a trabajar a Madrid. Por suerte para la literatura, siguió escribiendo, aunque dejó Galicia para irse a la capital en 1855. Allí se instaló en la casa de una pariente, Josefa García-Lugín y Castro, en una planta baja de la calle Ballesta.

 

Rosalía por Encausse. Santiago, década dos 60 do s.XIX

Rosalía en sus años de juventud.

Gran amiga de Gustavo Adolfo Bécquer

En Madrid, conoció a uno de los grandes poetas del país, Gustavo Adolfo Bécquer. Se hicieron amigos y juntos visitaron los cementerios de San Isidro y San Justo, que tanto le recordaron al de Adina. La relación de la gallega con el sevillano, que fue el primero en leer las poesías de la joven compostelana, llevó a algunos a pensar en un idilio, pero nada más lejos de la realidad.

 

En 1857, Rosalía publicó su primera obra, «La flor», que tuvo buena acogida entre los intelectuales gallegos. Uno de ellos fue el escritor e historiador Manuel Murguía, que le dedicó una crítica en la revista «Iberia» llena de elogios. Como también vivía en Madrid, pronto coincidió con ella gracias a un amigo común, Eduardo Chao. Murguía pasó de admirarla como poeta al amor y, pese a ser 18 años mayor que la escritora, poco después viajó a Padrón para pedirle su mano a su madre.

 

En 1858, Rosalía y Manuel se dieron el «sí, quiero» para alivio de la progenitora de la poeta, quien, como explica la biografía de Luisa Carnés, «Rosalía», respiró tranquila al constatar que «su hija tendrá esposo y sus hijos tendrán padre». Se cuenta que, antes de que Manuel llegara a su vida, Rosalía había vivido un amor de juventud en Padrón que acabó trágicamente. En una de las fiestas de su pueblo, un muchacho se enamoró de ella y empezaron a salir, pero una noche, cuando otro joven la sacó a bailar, el primero, en un violento ataque de celos, lo mató y acabó cumpliendo condena en Ceuta. Lo cierto es que no se sabe si esta trágica historia fue cierta o no, pero los estudiosos de la obra de la escritora aseguran que la joven no sólo trasladó a sus poemas el recuerdo de una gran pasión juvenil, sino que éste permaneció en su memoria durante toda su vida, incluso cuando ya estaba casada.

 

El matrimonio no fue fácil para ella, pues tuvo que alejarse muchas veces de Padrón y de Galicia para acompañar a su esposo por motivos de trabajo. La poeta residió en Santiago de Compostela, pero también en Madrid y en Simancas (Valladolid), donde Manuel fue director del Archivo General. Allí escribió su obra más conocida, «Follas novas». Durante años apenas visitó Padrón y las cartas de su madre eran lo único que la animaban, pese a que ya tenía una hija, Alejandra, nacida en mayo de 1859.

 

Rosalía e familia por Juan Palmeiro e fillos, A Matanza. 1883 4

Rosalía con su marido, Manuel, y cinco de sus siete hijos.

Destrozada por la muerte de su madre

En 1862, la escritora sufrió uno de los golpes más duros de su vida cuando su madre murió de forma repentina. Hundida, le dedicó un libro de poesía, «A mi madre», en el que queda reflejado el dolor que sintió por la pérdida de la mujer que lo dio todo por ella y a la que se sintió muy unida. Tres años antes, en su primera novela, titulada «La hija del mar», también le rindió un cariñoso tributo cuando, en un fragmento de la obra, se refería a una niña huérfana diciendo: «Hija de un momento de perdición, su madre no tuvo siquiera para santificar su yerro, aquel amor con que una madre desdichada hace respetar su desgracia ante todas las miradas, desde las más púdicas hasta las más hipócritas».

Perdió a dos de los siete hijos que tuvo

De su matrimonio con Manuel Murguía tuvo, además de Alejandra, más hijos: Aura, en 1868; los gemelos Gala y Ovidio (1871); Amara (1873); Adriano, que nació en marzo de 1875 y falleció, por una caída, en noviembre del año siguiente sumiendo de nuevo a Rosalía en una gran depresión, y Valentina, que nació muerta en 1877.

 

Poco después empezó a manifestarse la enfermedad que acabaría con su vida: un cáncer de útero. Rosalía se recluyó en Padrón con su familia y, como explica Luisa Carnés en su biografía, «en las temporadas en que sus males parecen ceder, le gustaba huir de su enfermedad y entregarse totalmente al amor de sus hijos. Rodeada por ellos, se olvida de sí misma». Mientras, su marido estaba pendiente de cualquier signo de dolor de su esposa: «Es demasiado pura, demasiado sensible para habitar este mundo», decía una y otra vez. Y cuando tenía que quedarse en Madrid, su hija Alejandra era la encargada de enviarle cada día noticias sobre su estado de salud. En aquellos años postreros, la autora también se refugió, como había hecho siempre, en la poesía. En 1884 se publicó «En las orillas del Sar», su último libro, donde en cada verso aparece la idea del dolor y de la muerte. «¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana con sus ecos responde a mis gemidos...»,  o «abismo arriba, y en el fondo abismo: ¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?», escribió.

 

El 15 de julio de 1885, a los 48 años, Rosalía de Castro falleció en su casa de A Matanza. «Abre esa ventana, que quiero ver el mar», le dijo instantes antes a su hija delirando o, quizás, movida por el deseo de alcanzar el mar que tanto adoraba, el que iba a dejarla descansar, por fin para siempre. El mar de su propia muerte. Fue enterrada en el cementerio de Adina, pero en 1895 su féretro fue trasladado al Panteón de los Gallegos Ilustres de la Iglesia compostelana de Santo Domingo, donde también está enterrado Alfonso Castelao, padre del nacionalismo gallego.