Vidocq

Primer detective moderno

El filme «El emperador de París», estrenado recientemente, recrea la vida de este delincuente francés que aplicó su experiencia, intuición y conocimientos a luchar contra el crimen.

 

Eugène-François Vidocq

 

Eugène-François Vidocq nació el 23 de julio de 1775 en Arrás, al norte de Francia. «Nací en una casa vecina a aquella en que, 16 años antes, nació Robespierre. Era de noche, llovía, retumbaban los truenos y una parienta que acumulaba las funciones de comadrona y de sibila vaticinó que mi vida sería muy tormentosa», escribió él mismo años después. No se equivocó. Fue el tercero de los siete hijos de un panadero, se negó a seguir con el negocio familiar y prefirió dedicarse a los juegos, los deportes y las mujeres. A los 13 años, aprendió a manejar la espada con los militares de la guarnición que había en el pueblo y, a los 14, empezó a robar dinero de la panadería, siguiendo el ejemplo de su hermano mayor. Y si en la caja no había monedas, se hacía con cualquier producto u objeto que pudiera vender, desde gallinas hasta los cubiertos de plata de su madre. Incluso simuló que le habían secuestrado para cobrar su rescate. Así que no tardó en ir a prisión, por la que pasaría en numerosas ocasiones. 


A los 15 años intentó embarcarse hacia América, pero la víspera de su marcha perdió todo su dinero tras ser víctima de un robo después de una fenomenal juerga. Aquello le obligó a cambiar de planes. Entró a trabajar en un circo, donde empezó limpiando las jaulas de los animales y terminó siendo acróbata. En 1791, se alistó en el ejército, en el cuerpo de granaderos del regimiento Borbón. Su carrera militar fue destacable por retar a cualquiera que osara meterse con él. Así, en seis meses se batió en 15 duelos y dio muerte a dos hombres.  
Vidocq era un alma libre, que no toleraba la autoridad de nadie, ni la de su coronel, al que un día, en 1792, golpeó cuando éste le insultó delante de los soldados. Por esta falta fue encarcelado en Lille, donde coincidió con un condenado que había tenido que robar para dar de comer a sus hijos. Vidocq era un rebelde, pero tenía un sentido particular de la justicia y para él aquel pobre tipo no había cometido ningún delito. Por eso, le ayudó a escapar, falsificando su permiso de libertad. Le pillaron y su condena aumentó cinco años, si bien no tardó en fugarse y viajar a París. 


Carterista, estafador y falsificador en París

Durante los siguientes 10 años, Vidocq fue carterista, contrabandista, falsificador y estafador, pasando muchas veces por la cárcel, de donde huía con una facilidad pasmosa. Y es que, a su fuerza física, había que sumarle una gran inteligencia y perspicacia, de manera que siempre daba con alguna manera ingeniosa de engañar a las autoridades. Algunas veces se disfrazaba de funcionario, otras se vestía con la sotana de algún desgraciado sacerdote al que maniataba en la celda e incluso llegó a salir por la puerta vestido de mujer. En esos años, cuando tenía 29, se casó con Louise Chevalier que le acusó de haberla dejado embarazada, lo cual era mentira. Vidocq acabó divorciándose de ella, pero ella le chantajeó y le amenazó con entregarle a las autoridades si no le daba dinero. Fue también amante de la hija de un conde, haciéndose pasar por un noble austríaco, hasta que la policía logró dar con él y lo encarceló. Por enésima vez, Eugène-François logró escapar y se unió a una tripulación de corsarios hasta que las autoridades volvieron a detenerlo. 


Informador para la policía desde la cárcel

Su carrera como uno de los delincuentes más buscados del país llegó a su fin en julio de 1809, después de ver cómo su amigo César Herbeux fue ejecutado públicamente. Cansado de aquella vida, se ofreció al comisario jefe de París, Louis-Nicolas Dubois, para trabajar para la policía como infiltrado. Empezó como informador desde la cárcel, ya que tenía cuentas pendientes con la ley y debía cumplirlas. Ingresó en prisión, donde filtraba a las autoridades las conversaciones de los presos. Tas un tiempo, para no levantar sospechas, la policía arregló su fuga para que pudiera trabajar como informador en las calles. Pero pronto los criminales empezaron a sospechar de él y Vidocq tuvo que asumir diferentes identidades para que no lo reconocieran. 

 

VIDO

El actor Gerard Depardieu en la película «Vidocq». 

 


Estudios de balística y técnicas de seguimiento

En 1811, le propuso a su jefe, John Henry, crear un cuerpo de agentes formado por un grupo de hombres de paisano que, sin ser reconocidos, se movieran y actuaran por todo París. Así nació la Brigada de Seguridad de París, policía secreta que alcanzó tanta fama como la que tendría después la británica Scotland Yard.  


La función de esa policía secreta, formada por investigadores, médicos, exconvictos y mendigos, era vigilar, con libertad absoluta de actuación, a antiguos presidiarios reincidentes y a los delincuentes más conocidos de la ciudad. En este sentido, Vidocq fue un pionero de la policía que tenemos hoy en día y que no actúa sólo tras cometerse el delito, sino que intenta preverlo para evitarlo. Toda la energía que antes había dedicado a cometer delitos, la invirtió en mejorar los métodos policiales. Introdujo los estudios de balística, desarrolló las técnicas de vigilancia y seguimiento de sospechosos, ideó el uso de moldes de escayola de las huellas de los zapatos en la escena del crimen, inventó un papel especial y una tinta imborrable que hacía casi imposible el trabajo de los falsificadores de pagarés y cheques. Fue la primera persona en la historia de la policía que creó un registro de delincuentes para tenerlos localizados. Cada vez que la brigada detenía a alguien, le abría una ficha que incluía la descripción física, los alias que usaba, sus condenas, su forma de actuar y pruebas caligráficas del detenido. Este sistema sería adoptado, después, por las policías de todo el mundo. Entrenaba personalmente a sus hombres –y a algunas mujeres que también formaron parte de la brigada– enseñándoles a memorizar las caras y los rasgos de los delincuentes y a disfrazarse y actuar, según los lugares por los que tuvieran que moverse. 


Los logros de ese cuerpo policial, que en sólo ocho años redujo las tasas de criminalidad de París en un 40%, hicieron que el 17 de diciembre de 1813, Napoleón Bonaparte firmase un decreto que convertía la Brigada de Seguridad en la fuerza de policía de seguridad del Estado, es decir, la Sûreté National y nombró a Vidocq su primer jefe. 


Fundó la primera agencia de detectives

La vida de éste había dado un giro radical, por lo que a nadie le extrañó que, en 1820, contrajera matrimonio con Jeanne-Victoire Guerin, que murió cuatro años más tarde. En 1830, se casó por tercera vez con Fleuride Maniez. Ese mismo año dejó la policía, cansado de las envidias y los reproches de algunos colegas. Así, en 1833, fundó la primera agencia de detectives de la historia: el Bureau de Renseignements Universels dans l’Intérêt du Commerce (Oficina de Información Universal por el Interés del Comercio).  
Y le fue muy bien, ya que todo el mundo sabía que su efectividad era prácticamente del 100%. En menos de dos años, los casos que le encargaron crecieron tanto que necesitó una plantilla de 20 hombres, dispuestos a investigar todo tipo de robos, desapariciones u homicidios.


La mayoría de la gente prefería acudir a él antes que a la policía, que hizo todo lo posible para desprestigiarlo y meterlo en la cárcel bajo la acusación de intrusismo. En 1842, le arrestaron como sospechoso de detención ilegal y por robo, supuestamente, de los fondos de un caso de malversación que él mismo había resuelto. Fue condenado a cinco años de prisión, pero presentó recurso de apelación y le absolvieron. A los 70 años se retiró para dedicarse a escribir novelas a partir de su experiencia, aunque nunca dejó el trabajo del todo. Por gusto, investigaba para sus amigos cuando le pedían ayuda, hasta que falleció, a los 81 años, en mayo de 1857, en París.
Su figura ha llegado hasta nuestros días gracias a las novelas de varios escritores. Inspiró a Honoré Balzac para crear el personaje de Vautrin, que sale en cinco de sus obras; Víctor Hugo lo utilizó para dar vida a Jean Valjean y el inspector Jalvert, protagonistas de «Los miserables», y Edgar Allan Poe se basó en él para su detective, C. Auguste Dupin. Las andanzas del primer detective moderno han dejado huella también en el cine inspirando películas como «Escándalo en París» (1946), protagonizada por George Sanders; «Vidocq» (2001), con Gérard Depardieu, y la última, «El emperador de París», interpretada por Vincent Cassel.  

 


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