Whitney Houston

Una de las grandes divas de la historia del pop

Adicta a la cocaína, los tranquilizantes y el crack

Whitney Elizabeth Houston nació el 9 de agosto de 1963 en Newart, localidad cercana a Nueva York. Fue la última de los tres hijos de John Russell Houston, un funcionario municipal, y Emily «Cissy» Drinkard, una ambiciosa cantante que no llegó a tener ningún gran éxito. Ahijada de la legendaria reina del soul, Aretha Franklin –la tía Ree para ella–, y con una voz sencillamente prodigiosa, Nippy (su apodo familiar) empezó a cantar siendo una niña en los servicios religiosos de la New Hope Baptist Church, donde su madre dirigía el coro. Sus progenitores se separaron siendo ella muy pequeña y Whitney se pasó la infancia viendo las actuaciones de su madre entre bambalinas. Tenía sólo 8 años cuando cantó por primera vez como solista. «Creo que la emoción con que canto se la debo al gospel, a que mi madre me introdujo en esa música a una edad muy temprana», diría años después. Estudiante en un instituto católico para señoritas, la infancia de Whitney Houston tuvo un lado oscuro que podría explicar el talante autodestructivo con el que vivió toda su vida. Según la película «Whitney», de Kevin McDonald, la cantante podría haber sufrido abusos sexuales por parte de una tía lejana, la cantante Dee Dee Warwick, hermana de la legendaria Dionne Warwick.


En cambio, «Can I Be Me», otro documental sobre ella producido por la cadena Netflix, sugiere que la abusadora fue la propia madre de la cantante. «Siendo una niña, Whitney volvió un día pronto de la escuela y se encontró a su madre en la cama con el pastor de la iglesia. Entonces, Cissy habría obligado a Whitney a participar de esas relaciones. Eso la obsesionó durante años, la desmontó», ha contado el director de la cinta, Nick Broomfield, que también refería las brutales palizas que Cissy le propinaba a su hija.

 

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Whitney de adolescente, con sus padres, John Russell y Cissy, y sus dos hermanos mayores, Gary y Michael.


Era una espigada y guapísima adolescente cuando empezó a hacer coros para cantantes como Jermaine Jackson –hermano de Michael–, Chaka Khan o Lou Rawls. Poco después, fue la voz principal del sencillo «Life’s a Party», de la banda de Michael Zaber, y empezó a simultanear la música con la profesión de modelo.

 

Una figura virginal con una voz de oro

La descubrió, en 1983, Gerry Griffith, director de contratación de Arista Records, y se la presentó al jefe de la discográfica, Clive Davis, que había llevado las carreras de Janis Joplin y Bruce Springsteen. Clive, que llevaba tiempo intentando crear una diva pop que trascendiera todos los géneros, se quedó encandilado con aquella voz prodigiosa encerrada en un cuerpo de modelo. Trabajó con ella durante dos años (la convenció para que se pusiera siempre una peluca en sus apariciones públicas) y, en 1985, se presentó por primera vez en televisión vestida como una buena chica en el día de su graduación y cantando «Home», del musical «The Wiz». Ese mismo año salió a la venta su primer disco de larga duración, «Whitney Houston», del que se vendieron 25 millones de copias. Los «singles» «How Will I Know» y «Saving All My Love for You» (por éste último ganó sus primeros Premios Grammy y Emmy) alcanzaron el número 1 en las listas. Irrumpió, así, en el coto reservado de los grandes de la música.


Dos años después, aparecería su segundo álbum, «Whitney», cuyo primer sencillo, «I Wanna Dance with Somebody» (tema que abrió el baile en la boda del príncipe Harry y Megan Markle), escaló directamente al número uno de las listas. Ese segundo disco le reportó el récord de ser la única artista que, hasta la fecha, ha conseguido siete números uno consecutivos en EEUU. La marca anterior estaba en manos de los Bee Gees y los Beatles. Un año después, hizo la primera de sus giras mundiales. Pero su éxito no convencía a la comunidad negra. En la entrega de los Premios Soul Train de 1988, los más importantes entonces de la música negra, el público la abucheó al grito de «whitey» (blanquita) por considerarla una vendida a su raza.

 

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Whitney en una de sus actuaciones.

 

En el capítulo amoroso, se la relacionó sentimentalmente con el jugador de fútbol americano Randall Cunningham, con el actor Eddy Murphy e incluso con Michael Jackson, pero, según «Can I Be Me», su gran amor de juventud fue su amiga Robyn Crawford. «Era sexualmente fluida», dice un entrevistado en ese documental. Ella negó los rumores sobre su homosexualidad: Robyn era una amiga de la infancia y su secretaria personal.


En 1989, cuando su fortuna personal empezaba a ser tan grande que pudo comprarse una mansión y hacer una fundación con su nombre para niños pobres, inició un romance con Bobby Brown, un rapero de Atlanta con el que desarrollaría una relación tan tóxica como destructiva. Poco después, en 1991, durante la final de la Super Bowl, uno de los eventos más importantes de EEUU, hizo una de sus actuaciones más destacadas de su carrera: interpretó el himno estadounidense con un sentimiento que, para muchos, nadie ha igualado jamás. Pero lo que de verdad la hizo famosa fue la película «El guardaespaldas» (1992), un exitazo comercial en todo el mundo donde interpretaba a una diva de la que se enamoraba perdidamente Kevin Costner. La banda sonora de este almibarado filme catapultó su carrera musical y el tema «I Will Always Love You» –una versión de la canción original compuesta en 1973 por la cantante country Dolly Parton– es el sencillo más vendido por una mujer en la historia de la música: 48 millones de copias.

 

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 Escena de «El guardaespaldas», con Kevni Costner.

 

Adicta a la cocaína, los tranquilizantes y el crack

En marzo de 1993, fue madre de su única hija, Bobbi Kristina. Un segundo embarazo acabó en aborto. La maternidad no la salvó de sus propios demonios y su relación conyugal siguió siendo una montaña rusa donde el amor pasional alternaba con fenomenales broncas y el consumo de alcohol y drogas. Adicta a la cocaína, los tranquilizantes y el crack, se empezó a hablar de Whitney Houston más por su aspecto enfermizo que por su trabajo.

 

En el 2000, pese a haber firmado un fabuloso contrato de 100 millones de dólares, apareció tan desmejorada en un concierto-homenaje a Michael Jackson que muchos la dieron casi por muerta. En el 2002, en una entrevista dijo: «El mayor demonio está dentro de mí». Cinco años después, se divorció de su marido y se fue a vivir con su hija y Nick Gordon, un huérfano al que había acogido dos años antes, a una casa en Atlanta. Se refugió en la religión, intentó rehabilitarse de sus adicciones, pero sus demonios pudieron con ella y, el 11 de febrero del 2012, sucedió la tragedia: su cuerpo sin vida y con restos de cocaína apareció ahogado en la bañera pocas horas antes de su prevista actuación en una fiesta de entrega de los Grammy.

 

El drama no acabó con ella: su única hija murió el 26 de julio del 2015, seis meses después de haber sido hallada prácticamente ahogada en el baño de su casa. Había drogas y ansiolíticos en su sangre. Su pareja y casi hermano, Nick Gordon, fue declarado responsable de su muerte.