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La vida de Lola Flores (capítulo 5 y último): luces y sombras de sus años de gloria

Su fracaso matrimonial, el cáncer, la adicción de su hijo, sus problemas con Hacienda… Fueron muchos los frentes abiertos en la exitosa vida de Lola, que supo recuperarse, reinventarse una y otra vez hasta que, en 1995, falleció

Mientras Lola Flores triunfaba profesionalmente, acumulaba problemas personales. 

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Después de volver locos de amor a decenas de hombres, de amar sin medida, de vivir pasiones desenfrenadas, de lanzarse sin tabúes a "ser la otra" y de dar rienda suelta a su lado más picarón y libre incluso con mujeres, pues suya es la frase de "¿Quién no se ha dado alguna vez un piponazo con una amiga?", por fin Lola Flores había encontrado la estabilidad emocional en su madurez junto a Antonio González, "El Pescaílla".

Él consiguió hacer realidad su sueño de llevarla al altar y crear una familia. Lola se convirtió en madre por primera vez a los 35 años, y en aquel mayo de 1958, tras un parto doloroso, cuando cogió a su pequeña Lolita en brazos, no había madre más feliz en el mundo.

Feliz madre de tres hijos a los que adoraba

"Estábamos locos con ella, la llevábamos a todos lados", contaba Lola de su primera hija, que enseguida sacó a relucir sus dotes artísticas.

Tres años más tarde, llegó Antonio, su segundo hijo, que fue especial para Lola, primero, por su parecido con ella y después, por la personalidad tan genuina que tenía."Yo le veo como una luz tremenda alrededor", y recalcaba: "Parece un chico frío y distante, pero no. Es muy sensible, se le puede hacer daño de cualquier forma con una mirada", decía de él.

En 1963, Lola, que compaginaba la crianza de sus hijos con su vida profesional, se enteró en Hollywood de que estaba esperando a su tercera hija, a la que llamó como su madre, Rosario.

Quizás por ello, y porque embarazada de ella rodó tres películas, tuvo la certeza de que iba para actriz de cine. Sólo un poco se equivocó, pues esa chiquilla debutó en el cine con sólo 6 años, cuando apareció en "El taxi de los conflictos", con sus padres y su hermano Antonio cantando aquello de "Que me coma el tigre".

Con sus hijos, Antonio, de quien decía que tenía una "luz tremenda alrededor", y Rosario.

Lola Flores se desvivía para que a sus hijos no les faltase de nada

Así, mientras la prole de la Faraona iba creciendo, ella iba y venía de sus giras y de sus rodajes. Sin embargo, se desvivía para que a sus hijos no les faltara de nada, y, a pesar de que muchas veces debía viajar y estar lejos de ellos, juntos pasaban veranos inolvidables en Marbella, en la casa de los Gitanillos, donde Lola se reunía con famosos como Ava Gardner, Audrey Hepburn o Sean Connery.

A partir de 1964, su relación con el Pescaílla empezó a enfriarse, a pesar de las apariencias.

Le mostró el bulto de su pecho a Sara Montiel

Sin embargo, la felicidad de su matrimonio se empezó a quebrar a partir de 1964, cuando Lola y Antonio estrenaron un espectáculo llamado "La guapa de Cádiz". Allí, la mujer de un cantaor se fijó en el Pescaílla, y hacía numerosas visitas a su camerino, lo que provocó un vendaval de celos en la temperamental Faraona, que con esas crisis empezó a perder la pasión que la había unido al guitarrista. Pero ellos, incluso cuando su relación se rompió del todo, jamás dejaron de compartir techo por el bien de sus hijos.

Lola seguía siendo la que llevaba los pantalones en casa, la que triunfaba en primer plano mientras su marido estaba en un segundo lugar, y siempre tenía el bolso abierto para ayudar a sus amigos, y la nevera llena para alimentar a quien se presentara en su casa.

Esta portada causó un gran revuelo y, aunque se dijo que cobró 5 millones por ella, Lola lo desmintió.

Pero esa mujer, tan exitosa como generosa, sintió a sus 49 años y en su propia piel lo amarga que a veces se puede volver la vida de golpe. Un día, ensayando junto a su amiga Sara Montiel, le dijo: "Mira, Sara, tengo un bulto aquí en el pecho". Ella, ante tal confesión, le dijo que no lo dejara y que fuese inmediatamente al médico.

Cuando se presentó en consulta y el médico vio la gravedad del tumor, éste dijo rotundo: "Tengo que sacarle el pecho". Ella, un torrente de sensualidad y erotismo, se negó en rotundo.

Tras ir a pedirle a la virgen que la salvara, al día siguiente volvió al facultativo que la había atendido en sus partos, que le dijo: "No temas, Lola, que no te voy a quitar el pecho, sólo el quiste".

La operación fue un éxito, pero a los dos meses aparecieron seis bultos más que tuvieron que ser tratados con quimioterapia y radiación. A pesar de la dureza del tratamiento, nada pudo apagar ese torbellino que era Lola, quien siguió infatigable ganándose la vida con su arte: "Me ponían la quimio y, al día siguiente, desfalleciente pero con la cabeza en alto, salía a comerme el escenario".

Lola jamás mencionó la palabra cáncer y acalló su lucha y su dolor con todo el arte que llevaba dentro. "Una vez, recién operada de una axila, debuté en el Teatro Ópera y moví el mantón y bailé con una bata de cola que pesaba 20 kilos", recordaba.

Lola Flores se atrevió, incluso, con un rap, que tuvo mucho éxito

La artista, a la que Franco había concedido el Lazo de Dama de Isabel La Católica –aunque ella jamás se consideró franquista ni de ningún otro partido político–, tuvo que reinventarse en los 70, tras la muerte del dictador.

Siempre una adelantada a su tiempo, se atrevió incluso a renovar su estilo y, en la película "Casa Flora", nos sorprendió con un rap que la haría famosa, "Cómo me las maravillaría yo". Nadie podía acabar con ese huracán que, a pesar de los golpes del destino, seguía haciendo que el arte y la pasión estallaran allá por donde iba.

Lola y el bailarín el Junco, que fue su amante durante años.

El trote diabólico del caballo que enturbió su vida

Pero la vida de la Flores no estaba escrita para que fuese un camino de rosas. La crisis en su vida matrimonial era cada vez más profunda, aunque silenciada, y ella, puro fuego, inició un romance –del que sus hijas nunca quieren hablar—con el bailarín Antonio Carrasco, "el Junco", que llegó a durar, según él, 25 años.

La llegada de los años 80 supuso un nuevo golpe para Lola. Mientras ella seguía batallando con su cáncer, le iba a tocar vivir el peor de los episodios de su vida cuando su adorado hijo, Antonio, cayó en el diabólico embrujo de la heroína.

Lola se gastó millones en tratamientos de rehabilitación en una clínica de Barcelona durante años, y una vez, en uno de los momentos más dramáticos que se vivieron en su hogar por culpa de las drogas, la artista jerezana acabó gritándole a su hijo: "¿Quieres matarte? Dímelo para que nos matemos los dos juntos, de la mano, ¡ahora mismo nos tiramos por esa ventana!".

Y mientras lo arrastraba con ella, Antonio rompió a llorar y ambos acabaron abrazados en medio de un mar de lágrimas.

“¿Quieres matarte? ¡nos matamos juntos!"”, le retó lola a su hijo cuando era un adicto. En la boda de Lolita, en 1983, en la que pronunció la célebre frase "¡Si me queréis, irse!". Lola fue pintora de arte naíf y con la venta de sus cuadros pagó la deuda que contrajo con Hacienda.

Igual que ganaba fortunas, se le iban entre las manos

Arrastrando su cáncer, la lucha por rehabilitar a su hijo y su crisis matrimonial, Lola se enganchó a "las maquinitas", pues según decía le relajaban y le quitaban cosas de la cabeza. Pasaba horas en los casinos, y contaba, divertida, que una noche no paraba de ganar y se quedó jugando hasta altas horas de la madrugada. Cuando salió del casino ya no había taxis y la llevaron a casa subida en un camión que repartía leche.

Todo eran anécdotas en la vida de Lola, que igual que ganaba fortunas se le iban entre las manos. Por suerte, talento le sobraba para ganarlo sin parar. En el año 83, el mismo año en el que su hija Lolita se casó –y acudió tal muchedumbre que la boda casi no se pudo celebrar y Lola acabó lanzando su célebre frase "¡Si me queréis, irse!"–, Lola apareció en un "falso robado" en la revista "Interviú", mostrando sus pechos, que a tantos hombres habían enloquecido.

Se rumoreó que fue un acuerdo bajo cuerda y que le aportó 5 millones de pesetas, aunque ella se afanó en contar que había sido un robado en toda regla y que ella no había visto ni un duro.

Lola Flores sentó las bases del "crowfunding"

Sin embargo, nada de lo que ganaba lo declaraba, y en 1987 llegó otro de los grandes golpes de su vida cuando fue acusada por Hacienda de no declarar sus ganancias entre 1982 y 1985.

La Justicia le reclamó dos años de cárcel, 96 millones de pesetas y otros 52 en concepto de indemnizaciones. La gran Lola se derrumbó y confesó que a punto estuvo de tomarse un bote de pastillas.

Fue entonces, sin saber cómo afrontar ese escarnio público y, sobre todo, esa deuda, cuando apeló a la solidaridad de sus fans y dijo aquello de: "Si cada español me diera una peseta...", sentando las bases de lo que, hoy en día, es el "crowdfunding". Por algo esta mujer fue una adelantada a su tiempo.

En 1991, por fin acabó su calvario. Lola quedó absuelta aunque fue obligada a pagar 29 millones de pesetas. "Yo creo que a mi madre el cáncer se le aceleró con lo que le pasó", dice Lolita.

 Con Antonio, que se dedicó a la música, y Rosario, que heredó su duende. En sus últimos años, disfrutó de su papel de abuela. Aquí con su nuera, Ana Villa, y su nieta Alba.

150.000 personas asistieron a su funeral

Sin embargo, Lola también supo resurgir de eso. Convertida ya en abuela de Alba y de Elena, a las que adoraba, y muy pendiente siempre de que su hijo Antonio no recayera, Lola encontró el éxito en las teles, donde en los años 90 brilló haciendo entrevistas o repasando su vida en espacios como "El coraje de vivir", "Sabor a Lolas" o "Ay, Lola, Lolita, Lola".

"Ella tenía dolores, pero no dejaba de ir a televisión", recuerda Rosario, que es consciente de que su madre lo dio todo y jamás pensó en jubilarse a pesar de su enfermedad. Nada podía con este huracán que dedicó los últimos años de su vida a disfrutar de sus nietas, a ser pintora naíf y a dejar plasmado su arte en películas como "Sevillanas", de 1992.

Pero su enfermedad avanzaba irremediablemente, y ella lo sabía, incluso antes de ajustarse la peineta y salir a bailar con la misma garra y fuerza con la que bailaba de niña sobre la barra de la taberna de su padre.

Hasta que, la madrugada del 16 de mayo de 1995, Lola Flores dejó de luchar. Falleció en su casa de La Moraleja a los 72 años. En su funeral, retransmitido en televisión, más de 150.000 personas fueron a darle el último adiós en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, con "La Zarzamora" como marcha fúnebre, como ella siempre había deseado.

Así, a lo grande, se fue una mujer única e irrepetible que siempre vivió sin tabúes y con total libertad. Por suerte, Lola no se llevó a la tumba el dolor por la pérdida de su hijo, Antonio, que murió 14 días después, al no poder soportar la ausencia de su bastión, su madre.

El panteón de Lola y Antonio, que murieron con quince días de diferencia.