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Bergoglio saludando a algunos fieles en una villa miseria de Buenos Aires, tras una de sus misas como cardenal.

J.C

En junio de 2011, Mario Bergoglio viajó a Roma para recibir el título de cardenal de manos del entonces papa Juan Pablo II. Pese a aquel nuevo rango, seguía teniendo las mismas obligaciones de su cargo como arzobispo de Buenos Aires y primado de Argentina, por lo que su rutina diaria era frenética.

La única afición mundana que se permitía era seguir las andanzas del club de fútbol de sus amores desde que era niño, el San Lorenzo de Almagro y alguna vez, incluso, iba al estadio para verlos jugar. Eso sí, dando previamente misa en la capilla del club.

Nunca hizo vacaciones. Ni cuando fue cura, ni de obispo. Tampoco entonces. Se pasaba el verano en Buenos Aires, “les daba vacaciones a todos sus asistentes y lo que más disfrutaba era quedarse solo”, escribía la periodista Alicia Barrios en su libro “Mi amigo el padre Jorge” (Ed. Romana).

En esos días también visitaba las villas-miseria de su barrio natal, compartiendo charlas con los más pobres o “atendía el teléfono, se divertía, lo pasaba bien. Los domingos invitaba a comer a dos amigos que ayudaban a los pobres que dormían en la puerta de la catedral, les servía la comida y les regalaba helados”. Y, por supuesto, era él quien cocinaba, otra de sus pasiones. Nunca dejó de trabajar como cura.

Buscando la fumata blanca

Juan Pablo II falleció el 2 de abril del 2005. Inmediatamente después, se organizó el cónclave que debía designar a su sucesor. El favorito desde el principio era el alemán Joseph Ratzinger que, además y también por su cargo, se encargó de organizar el cónclave. La sorpresa de aquella jornada fue quién quedó segundo. Desde el exterior se apostaba por el arzobispo de Milán, Carlo Maria Martino, pero sólo obtuvo 9 votos, mientras que el argentino Bergoglio, que no había estado en ninguna de las quinielas previas, se llevó 10 apoyos.

Eran dos opciones claramente opuestas, el conservador Ratzinger contra el más progresista Bergoglio. En la se- gunda votación, a la mañana siguiente, Ratzinger subió hasta los 65 votos, pero también Bergoglio ascendió a 35. Antes del almuerzo, se hizo un nuevo intento y ambos seguían sumando apoyos: Ratzinger obtenía 70 y el argentino, 40. A pesar de que Ratzinger iba ganando, sus oponentes estaban convencidos de que acabaría renunciando, ya que él creía que iba a ser elegido por abrumadora mayoría desde el principio. Pero no fue así.

Fue Bergoglio el que decidió bajarse del coche en marcha y pidió, suplicó, al resto de cardenales que no le votaran a él.

El capítulo completo, en tu revista Pronto de esta semana.