Antonio Banderas: la apasionante historia del español que ha conquistado Hollywood

Desde su más tierna infancia, Antonio dio muestras de una creatividad desbordante. Enamorado del fútbol, destacó como delantero, pero una lesión cambió el rumbo de su vida

Antonio Banderas

El malagueño pasó penurias antes de triunfar.

Redacción

En el primer capítulo del coleccionable sobre la vida de Antonio Banderas repasamos la infancia y la primera juventud de este malagueño que vino al mundo el 10 de agosto de 1960. Su padre, José Domínguez, era policía y su madre, Ana Bandera, maestra, así que en su casa nunca faltó de nada, aunque tampoco les sobraba el dinero. Vivían en un piso de alquiler y su padre tuvo que ahorrar para poder comprarse un Citroën dos caballos.

Antonio no fue un niño conflictivo, aunque sí travieso y cabezota –pasó una época en la que se acostaba con las botas puestas y su madre no lograba que se las quitara–, y algo despistado. Más de una vez se plantó en el colegio llevando todavía la bolsa de basura que su progenitora le había dado para que la tirara al salir de casa.

Antonio Banderas de nino

El pequeño Antonio tuvo una infancia muy feliz.

Con 13 años era un apasionado del fútbol que jugaba muy bien de delantero centro, pero una lesión truncó la que podía haber sido su carrera profesional y le hizo virar hacia el teatro, creando su propio grupo amateur con Celia, su novia de entonces.

A los 19 años, el 3 de agosto de 1980, decidió poner rumbo a Madrid para labrarse un futuro como actor. Sus inicios no fueron nada fáciles y Antonio apenas tenía para comer, por lo que se alimentó a base de palmeras de chocolate.

Se hizo gran amigo de Joaquín Sabina e Imanol Arias

En la capital, fue a muchas audiciones, vio todo el teatro que pudo, frecuentaba bares y pubs, donde quedaba con Joaquín Sabina, al que conocía de un local de Málaga en el que había trabajado de camarero una vez que el cantante fue a actuar y, en esa época hizo amistad con Imanol Arias.

Antonio iba de aquí para allí buscando un sitio para dormir y un empleo. Y como no le llamaban de ninguna audición a las que se presentaba, trabajó de acomodador, taquillero y regidor de iluminación en el teatro de Lavapiés y llegó a hacer los coros de Joaquín Sabina para poder salir adelante.

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