La vida de Rocío Carrasco (capítulo 2): Una adolescente rebelde en busca de su camino

Rocío Carrasco tuvo que adaptarse a la ruptura de sus padres y al hundimiento de su mundo. Mientras sus estudios y la relación con su madre se resentían, ella se obstinó en convertirse en modelo

rocio carrasco

Rocío Carrasco fue una joven díscola y testaruda.

Redacción

Cuando sus padres se separaron, Rociíto tenía 12 años, su mundo se desmoronaba y ella corría el riesgo de desplomarse con él. A pesar de que su infancia no fue perfecta porque muchas veces echó de menos a su madre, que estaba siempre de gira en gira, y a su padre, que solía estar ausente por sus negocios, esta singular estabilidad familiar era el único territorio seguro que conocía. Con todos los silencios y momentos de tristeza, el chalet de Monteclaro era el espacio al que se sentía unida emocionalmente, porque era su hogar.

Rocío Carrasco: su vida en La Moraleja con su madre y su abuelo Antonio

Rocio Jurado boda ortega cano

Rocío Carrasco, el día de la boda de su madre y José Ortega Cano.

La niña que todavía era creció de golpe porque, además de enfrentarse a la separación de sus progenitores y a un hogar roto, tuvo que adaptarse a otro cambio en muy poco tiempo: a un nuevo escenario para su vida, una casa en la urbanización Montealto de La Moraleja, que acabaría siendo conocida como Villa Jurado.

Allí vivía con su madre y con su abuelo paterno, Antonio Carrasco, que fue un gran punto de apoyo para Rociíto. Antonio fue su mejor aliado para evitarse más de una bronca en casa. Y es que, cuando la joven llegaba con malas notas, le pedía a su abuelo que le firmara la cartilla y, "como me adoraba", acababa haciéndolo, hasta que en el colegio se dieron cuenta de aquella trampa.

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´Pese a que chocaban continuamente, Rocío Carrasco y Rocío Jurado se adoraban.

Como la ruptura de sus padres fue ejemplar, Pedro Carrasco se convirtió en un visitante habitual de Villa Jurado, pues allí tenía a las dos personas más importantes de su vida: su hija y su padre. La relación entre el exboxeador y Rociíto se estrechó especialmente en aquellos años.

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Ortega Cano siempre tuvo buena relación con Rociíto.

Tras la separación, quien se ocupaba de controlar sus estudios y de lograr que se adaptara a una mínima disciplina era Rocío Jurado. ¿Qué significaba eso? Pues que madre e hija, las dos con un carácter fuerte, iban a empezar a chocar, a tener sus diferencias y a enfrentarse por culpa algo tan natural como complejo que se llama adolescencia.

"Tuve todo el amor y la atención del mundo, pero fui una adolescente rebelde, por cabezona. No me enorgullezco, fue una etapa de rebeldía dentro de un límite, de un respeto", diría años más tarde. Así que, con todos estos ingredientes y, a pesar de que quería muchísimo a su madre, no era extraño que Rociíto acabara llamando a su padre cada vez que la situación con la cantante se tensaba.

Acostumbrada a las cámaras, a ser famosa desde el día en que nació, y criada en un hogar en el que su padre y su madre eran estrellas –cada uno en su campo–, Rociíto batalló hasta consigo misma para encontrar su propio camino, porque, ¿cómo superar lo que habían conquistado 'la más grande' y uno de los mejores boxeadores de la historia de España?

Eso no sería fácil para nadie... y, además, Rociíto tampoco era una buena estudiante. A los 15 años repitió 8º de EGB y, mientras en su habitación de Villa Jurado, contemplaba los pósteres de sus ídolos (Rob Lowe, Michael Douglas o Mel Gibson), empezó a soñar con ser modelo, pensando en irse a Milán (Italia) para cursar Diseño y Moda.

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En 1993, Rocío dio sus primeros pasos como modelo.

Y llegamos a 1993, un año que para ella fue fundamental. No sólo porque hizo sus primeros pinitos sobre las pasarelas, con un caché de 300.000 de las antiguas pesetas, sino porque confesó en una entrevista que estaba cansada de que la llamaran Rociíto, que detestaba ese nombre y que quería que la gente la reconociera como Rocío Carrasco. La niña había crecido.

Sus padres rehacen sus vidas, cada uno con su nueva pareja

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Pedro Carrasco se casó con Raquel Mosquera.

Rocío Jurado había empezado a verse con el torero José Ortega Cano, con quien acabaría casándose en 1995. Y Pedro Carrasco, que era su paño de lágrimas, estaba a punto de rehacer su vida con una peluquera de 24 años, entonces desconocida, llamada Raquel Mosquera. ¿Cómo encajar esa situación? De niña asumió sus ausencias como un mal necesario; luego, comprendió su separación y aprendió a dividir su tiempo para no echar de menos ni al uno ni a la otra, porque ella los quería por igual. Pero, ahora iba a tener que compartirlos ¡con sus nuevas parejas!

Al principio, en las entrevistas que le hacían tras su debut como modelo, la joven Rocío Carrasco aseguraba que se llevaba muy bien con Ortega Cano. "Ha demostrado que me quiere muchísimo. Es muy cariñoso y buena persona. Aunque nunca sustituirá a mi padre, le tengo muchísimo aprecio", decía entonces.

"Mis padres son felices y eso es bueno para mí"

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Rocío disfrutaba de sus veranos en Chipiona, donde gozaba de mucha libertad, ya que su madre tenía la agenda llena de conciertos.

Era una época en la que todo en la vida de Rocío Carrasco parecía ser idílico: "Tanto mi padre como mi madre son felices, y eso repercute en mí de forma positiva, porque los dos están de buen humor y, por tanto, mejor conmigo", declaró entonces.

La hija de la Jurado también se enamoró. Su primer amor se llamaba Alfredo, y era un compañero de estudios "responsable, tierno y muy buena gente", como ella lo definió. Su relación fue tan seria que Rocío Jurado y Pedro Carrasco quisieron conocer al joven, que les cayó muy bien, a pesar de que aquel idilio sólo duraría un año. Pero, por debajo de esta aparente calma familiar, en medio de tantos cambios, se agitaba un torbellino de emociones no resueltas.

Rocío Jurado, preocupada por el futuro de su niña, estaba cansada de sus malas notas. Y, aunque hizo todo lo posible por ayudarla en la moda, pensando que, a cambio, ella cumpliría con sus estudios, el fracaso escolar de la joven acabó con todo aquello.

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Alfredo fue el primer novio de Rocío Carrasco. Era un compañero de estudios con quien salió un año.

Rocío Carrasco pasó en Chipiona el verano de 1994. La suma de sus 17 años y las ausencias de su madre, que en verano siempre tenía la agenda repleta de actuaciones, fueron la peor combinación para el destino de la joven. Una mañana, mientras disfrutaba del sol en la playa chipionera, se acercó un amigo suyo que iba con otro joven. "Mucho gusto. Me llamo Antonio David", dijo éste último cuando su amigo los presentó. Se miraron y sonrieron. A ella le gustó.

Quién sabe si, mientras intercambiaban sus números de teléfono, la hija de Rocío Jurado llegó a fantasear con la posibilidad de que aquel guardia civil, de 19 años, pudiese ser algo más que un amor de verano. No podemos olvidar que sus ganas de gobernar su propia vida, de librarse de las obligaciones que le imponían desde su familia –sobre todo, estudiar– y de demostrar a sus padres que estaba preparada para independizarse, la empujaban con fuerza.

Era joven, tenía prisa por vivir y no quería perder el tiempo. Necesitaba alejarse de sus padres y controlar su vida. No era consciente de que si algo le sobraba entonces era tiempo para tomarse las cosas con calma y decidir qué hacer con su futuro... pero todo se precipitó cuando su madre, tras ver los siete suspensos de las notas de su hija, decidió meterla en un internado como castigo. Y eso fue un detonante. Por un lado, porque Rociíto se enfadó con su madre y se sintió apartada de los suyos, y por el otro, porque, en aquel internado, desde el que divisaba el tejado de su casa de La Moraleja, empezó a recibir las cartas del nuevo amigo que había hecho en Chipiona.

Un acto de inconsciente venganza

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En el verano de 1994, en la playa de Chipiona, Rocío Carrasco conoció a Antonio David.

En esos días, en los que se sentía como si fuera una desterrada, Rocío se aferró con fuerza a su relación con Antonio David, viendo en ella la posibilidad de emprender su propio camino e ignorando que sería su condena. A pesar de que su madre no lo veía claro, ella, en un acto inconsciente de venganza, decidió salir con el hombre que, sí, iba a marcarle claramente un camino a seguir... pero uno que estaba lleno de sombras y espinas.