La vida de Ana Obregón (capítulo 2): su primera pasión, truncada por un golpe de salud

Continuamos repasando la vida de Ana Obregón. Seguimos con la infancia de la presentadora, pero ahora es algo más mayor y ya empieza a mostrar sus primeros intereses artísticos

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La presentadora tuvo un tumor de pequeña.

Redacción / M.A.

Desde muy pequeña, Ana Obregón ya daba muestras de la coquetería que hoy la sigue caracterizando. Y es que, cuando tenía 2 añitos, solían confundirla en la playa con un niño, por su pelo corto y su bañador de una pieza. Un día le sentó tan mal, que le pidió a su madre que le pusiera un collar de cuentas para evitar más confusiones. ¡Probablemente ahí comenzaron sus famosos posados veraniegos!

De su madre, Ana heredó la vena artística. Su progenitora estudió piano y tuvo que relegar su carrera después de casarse, pero quiso perpetuar su pasión por la música en sus hijas, a las que apuntó a clases de baile. Ana empezó a soñar con ser bailarina, le encantaba enfundarse las mallas y dar pasos de danza por toda la casa siguiendo melodías de Mozart y de Chopin. Y una tarde, cuando tenía 6 años, pudo hacerlo sobre un escenario. Fue en teatro de la Zarzuela, donde interpretó con sus compañeras de clase "El lago de los cisnes" y escuchó por primera vez, impactada y emocionada, los aplausos del público.

Cuando cumplió 10 años, la familia se mudó a una mansión que construyó su padre en la urbanización de La Florida. La casa se llamaba los Sauces, tenía casi 2.000 metros cuadrados, una enorme piscina y hasta un lago con patos, y, a pesar de que podía tener su propia habitación, Ana prefirió seguir compartiendo cuarto porque le encantaba estar con sus hermanas. Las pobres, ha reconocido, tenían una paciencia de santas, ya que, por la noche, "las martirizaba" jugando a que era la locutora de una emisora que sólo existía en su imaginación, Radio Ana, y les explicaba innumerables historias que se inventaba cada día.

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Ana Obregón, de pequeña, con una de sus muñecas.

Tuvo que ser operada de un tumor

A los 12 años se puso muy enferma. Le dolía el estómago, perdió el apetito y adelgazó hasta llegar a pesar 26 kilos. Se pasó un año yendo a médicos y sometiéndose a numerosas pruebas. Aquel proceso acabó con su vitalidad y se convirtió en una sombra taciturna.

La debilidad que sentía no le permitió seguir ni siquiera con sus adoradas clases de ballet. Finalmente, a los 14 años, le dijeron que tenía una especie de tumor en el estómago y que debían operarla. Aquella intervención, que le dejó una visible cicatriz desde el ombligo hasta el pecho, marcó su vida, porque le hizo comprender que vencer a la muerte con sólo 13 años y seguir viva era un maravilloso regalo. Y no estaba dispuesta a desperdiciarlo.

No iba a tenerlo fácil porque, aparte de la cicatriz, aquella operación le dejó otra secuela. A causa de la enfermedad, se había quedado muy flaca, totalmente plana, con las piernas demasiado largas, y, además, tenía que llevar unas gafas que odiaba. En el cole escribieron una vez en la pizarra "Ana, estás plana como una rana" y, al llegar a casa, avergonzada de sí misma, le pidió a su madre que le comprara un sujetador y lo rellenara con algodón. Su complejo de patito feo hizo que se encerrara horas y horas en la biblioteca de su casa, estudiando sin parar. "Ya que no soy guapa por fuera, voy a serlo por dentro", escribió en su primer diario.

¡No te pierdas el siguiente capítulo de la vida de Ana Obregón!