Pronto
Cerrar

La vida de Lola Flores (capítulo 2): la artista que vendió su honra por un sueño

Aunque tras la guerra empezó a hacer sus primeras giras, aquello no le daba para vivir. Su familia estaba al borde de la pobreza y ella se vio abocada a robar e incluso a pedir por la calle

Con Manolo Caracol, al que conoció a los 17 años.

E

La dureza de la posguerra hacía estragos en España, donde reinaba una sociedad dominada por el hambre y la represión. Tampoco fueron tiempos sencillos en el hogar de los Flores y, aunque Lola, de 16 años, tenía hasta nombre artístico –Lolita Flores Imperio de Jerez–, sus actuaciones no le daban dinero suficiente para sacar de pobre a su familia.

Ella veía pasar los días cuidando de sus hermanos, echando una mano en la nueva taberna de su padre, El Pavo Real, y buscando oportunidades artísticas mientras su talento crecía a la par que su voluptuosidad como mujer. "A los hombres los trastornaba, y yo me dejaba admirar, pero sanamente, que no era yo una talega de picardía aún", reconocía Lola en sus memorias.

"Martingala", su debut en el cine. Lola Flores debutó en el cine con este drama de 1939, en el que la folclórica, que tenía 16 años, interpretaba el papel de una gitana.

Manolo Caracol, el hombre que lo cambió todo

Sin embargo, empezaba a descubrir lo que era la pasión, algo que se desató con la furia de un huracán cuando se topó por primera vez con Manolo Caracol.

Su corazón palpitó casi con el mismo coraje con el que taconeaba cuando vio el nombre del artista más célebre del momento escrito en el cartel del teatro Villa Marta, pues era la estrella de un espectáculo de la compañía de Custodia Romero.

El cantaor era entonces un genio, una leyenda, un monstruo del flamenco con mala reputación, eso sí, en cuestión de faldas. No imaginaba Lola que la suya sería la que más levantaría él en un futuro cuando, decidida, se plantó en el teatro dispuesta a que la contrataran.

Y lo hicieron. Y ella bailó frente a un teatro lleno a rebosar, con una furia arrebatadora, enfundada en un traje de cola blanco con lunares en rojo pasión que no dejaban duda de lo que la joven sentía.

Esa noche triunfó, y consiguió incluso que unas bodegas decidieran ponerle su nombre artístico a un vino fino. Pero Lola, por quien sentía sed de pasión era por el propio Caracol, al que había conocido fugazmente tras una rápida presentación en el camerino del artista.

Esa noche no pudo conciliar el sueño pensando en su éxito, y, sobre todo, en ese hombre de voz profunda y mano fría que la había saludado.

Primer plano de una jovencísima Lola, cuando la suerte no le sonreía.

Sin embargo, en aquella época, Lola, que empezó a tomar clases en la academia de María Pantoja (pariente de Isabel), en quien pensaba era en José, un vecino del que se había encaprichado, pero que no le hacía demasiado caso.

De gira con Manolo Caracol, a pesar de la oposición de Rosario

Lola Flores, con su hermana, Carmen.

Para despertar su interés, quiso darle celos viéndose con un pescadero, cuyo mayor atractivo es que era sobrino de Manolo Caracol, y mientras estaba en esa tesitura, el propio Caracol se presentó en la taberna de su padre diciendo que quería fichar a su hija para su espectáculo.

La noticia, una alegría para Pedro y para su niña, no fue tan bien recibida por su madre, Rosario, que temía la mala fama de Caracol con las mujeres. "La niña no tiene ni la edad siquiera, ni el carné para ser artista", se quejó.

Eso no impidió que Lola se fuese de "tournée" a los 17 años, acompañada, eso sí, por una desconfiada Rosario.

Se marchó a Sevilla tras una mala experiencia con un novio

La joven cobraba 100 pesetas diarias y se sentía una verdadera artista actuando para la gente de los pueblos de Sevilla, ya fuese en plazas y vistiéndose en los corrales entre cerdos y gallinas.

Sin embargo, la gira finalizó y Lola regresó a Jerez sin que pasara nada entre ella y Manolo. Allí se echó un novio formal, Antonio Burgos, aprendiz de imprenta. Pero el que parecía ser el joven ideal intentó una tarde aprovecharse de la joven, abalanzándose sobre ella con lascivas intenciones, ante lo que Lola se apartó y se rompió unas medias nuevas.

Abochornada, se pasó la noche llorando y tomó una decisión: le pidió a su madre que la mandara a Sevilla para olvidarse del chaval. Y fue así como terminó formándose con el maestro Realito, que estaba enseñando a bailar y cantar a toda la aristocracia sevillana.

El torero Rafael Gómez la dejó porque no se acostó con él.

Al poco tiempo, regresó a Jerez y la suerte quiso que por allí andara un director llamado Fernando Mignoni, que buscaba a una joven para su nuevo filme, "Martingala". Tras hacerle una prueba, la contrató y así fue como, en 1940, Lola firmó un contrato por 12.000 pesetas más dos pasajes a Madrid para empezar la filmación.

Sus difíciles comienzos en Madrid

Poco a poco, Lola Flores se fue haciendo un hueco en el mundo del espectáculo.

Lola fue a la capital con su madre y las dos se alojaron en el barrio de Salamanca. La Faraona se sentía en el paraíso, en un lugar donde parecía que la posguerra no existía y todo eran luces y brillos.

Sin embargo, madre e hija acabaron regresando a Jerez con más ilusiones que dinero, aunque dispuestas a volver a la Villa y Corte para conseguir lo segundo. Aficionado a las mudanzas, a su padre no le costó vender su Pavo Real y poner rumbo a la capital con los suyos, con dos duros en los bolsillos.

Sus inicios en la capital no fueron nada fáciles

Madrid era una ciudad complicada. Se instalaron en una casa de la calle Juan Bravo y, a diario, se las veían y deseaban para encontrar trabajo o un pequeño sustento para comer.

Por suerte, algunos artistas ayudaron a Lola. Estrellita Castro le regaló tres vestidos y el maestro Quiroga, a menudo, le daba algo de dinero con el que pasar la semana. Pero el pobre Pedro recorría las calles de Madrid pidiendo un empleo sin suerte.

"Mi madre perdió 5 kilos, ella decía que de tanto llorar, yo creo que de tanto no comer", recuerda Lola en su biografía.

En una escena de la película "Un alto en el camino" (1941), y el cartel promocional.

El desprecio de la Piquer le dolió en el alma

Cuando estaban a punto de tirar la toalla y volver a Jerez, su padre consiguió trabajo en una freiduría de pescado y a Lola le ofrecieron una gira por el norte de España, con un número pequeñito, cantando "La Parrala", de Concha Piquer.

El espectáculo no cautivó al público y acabó despedida. De nuevo en Madrid, vivió el hambre, la desesperación y hasta el desprecio de la Piquer, que un día la vio entrar en la sala donde ensayaba portando un abrigo modesto de mutón doré y le preguntó con desprecio: "¿Dónde vas con ese petigrí?".

Aquello le dolió profundamente, pero le dio fuerzas para seguir. Y, como si sus plegarias hubiesen sido, por fin, atendidas, le salió una gira en Barcelona con un guitarrista llamado Antonio González, "el Pescaílla", padre del que sería su futuro marido.

Poco duró la aventura barcelonesa, porque su hermana, que se quedó en Madrid al cuidado de su padre, enfermó, y Lola y su madre regresaron a la capital donde, desesperada, la Faraona se vio abocada, incluso, a robar 40 duros en una fiesta. Fue la única vez en su vida que lo hizo.

Penurias económicas y fracasos sentimentales

Disco con los primeros temas de Lola Flores.

Lola pensaba entonces que estaría dispuesta a lo que fuera con tal de devolverle a su padre el bar que le obligó a cerrar en Jerez. Hasta a vender su honra. Pero de momento, la tenía bien guardada. Ni siquiera dejó que se la robara un torero del que se enamoró a los 21 años, Rafael Gómez "Gallito".

Tanto se negó ella a acostarse con él, que el joven, de 26 años, la dejó por otra. Otro golpe para Lola, que no levantaba cabeza.

Sin embargo, la joven Flores recibió una oportunidad de oro: actuar como telonera en el Teatro Fontalba de Madrid. Aunque su nombre no salía en el cartel, la noche de estreno, en la que entre el público había muchos críticos y periodistas, todos aplaudieron a aquella artista incipiente que bailaba poseída con una fuerza descomunal.

Aquel triunfo le alimentó el ego y el alma, y le dejó claro que ése era su camino. Pero su estómago seguía vacío y, sin ninguna vergüenza, se lanzó a la calle a pedir para poder comer.

La pasión entre el guitarrista Niño Ricardo y Lola se desató y ella se quedó embarazada.

Lola mantenía una lucha entre su cuerpo, fogoso, y su sexo, domesticado

Por suerte, el director de cine José Torremocha se fijó en ella y le dio un papel en "Un alto en el camino", por el que cobró 13.000 pesetas. La suerte le empezaba a sonreír, pues, además, grabó su primer disco, "Pescaero, pescaero", y le salió una gira por el norte de España, a 60 duros la noche.

Su número fuerte era "Lerele", y ella arrasaba como primera figura desatando pasiones y con su virgo intacto. Hasta que llegó el Niño Ricardo, un guitarrista de 43 años, con esposa, amantes e hijos de varias mujeres.

Era un peligro para Lola, que mantenía una fervorosa lucha entre su cuerpo, fogoso, y su sexo, domesticado. Bastó que Rosario tuviese que irse a cuidar a Carmen, que se puso enferma, para que, sin vigilancia, su pasión se desatara.

Lola Flores estaba dispuesta a todo para compensar el esfuerzo que habían hecho sus padres por ella

Ella no sólo le dio su honra, sino varias noches de amor que acabarían buscando la ruina de la joven, que se quedó embarazada. Valiente, decidida y sola, se sometió a un aborto tan clandestino como doloroso.

Al día siguiente, en plena actuación, tuvo un sangrado y decidió contarle a Mercedes, la chica que su familia había llevado a Madrid desde Jerez, todo lo sucedido.

Ésta, que sabía que un empresario se había encaprichado con Lola y estaba dispuesto a comprar su honra por 10.000 duros, hizo todos los trámites para aquel extraño intercambio, que la Faraona aceptó para compensar el esfuerzo que habían hecho sus padres para que ella pudiera ser artista.

Y no le engañó porque le contó que no era virgen, algo que él ya sabía, pues aquella Mercedes la había vendido como si fuera Judas.

A él no le importó y le dijo: "Lolita, yo voy a ser tu empresario, voy a ayudarte en todo lo que quieras". Ella, entonces, sólo pronunció un deseo, que era su gran sueño: "Quiero que contrates a Manolo Caracol para que me cante a mí sola, en un espectáculo maravilloso".