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El suicidio siempre ha estado rodeado de tabúes. 

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El pasado 10 de mayo entró en funcionamiento el 024, un teléfono gratuito impulsado por el Gobierno que funciona las 24 horas del día los 365 días del año y el primer día recibió más de un millar de llamadas. Esta línea ha nacido como una herramienta para evitar el suicidio y pretende ayudar tanto a aquellas personas que se plantean quitarse la vida como a los allegados que sospechan que alguien de su entorno está pasándolo mal y podría tener este tipo de ideas.

Estigmatizado por su relación con las enfermedades mentales, el suicidio siempre ha estado rodeado de tabúes. Sin embargo, sus datos son más que preocupantes: cada día se intentan quitar la vida en España 220 personas y, desafortunadamente, 11 lo consiguen.

El hecho de que a raíz del coronavirus se hable más que nunca de las depresiones y enfermedades mentales está ayudando a romper con la oscuridad que rodea a este drama, abriendo así una vía para buscar ayuda y soluciones, como las que ofrece desde hace cinco años, de forma altruista, la Asociación La Barandilla.

Su línea contra el suicidio, 911385385, ayuda a personas que están tan al límite como para plantearse acabar con su sufrimiento, un teléfono atendido de 9 a 21 horas todos los días del año por psicólogos que consiguen disuadir a la mayoría de ellos.

La necesidad de un plan de prevención

En la sede del Centro de Día de la Clínica Lajman, Ana Lancho, que preside la asociación y que cuenta con José Manuel Dolader como director, nos dan datos estremecedores, especialmente en cuanto a suicidios de jóvenes se refiere, pues son los que más han aumentado, "sobre todo si hablamos de personas muy jóvenes, incluso niños. Por primera vez se ha duplicado la cifra de suicidios de menores entre 7 y 14 años", nos dijo Ana, ante lo que José Manuel apuntó: "Algo está pasando en esta sociedad, porque ya en el 2019 en la franja de 15 a 20 años el suicidio se había convertido en la primera causa de muerte no natural".

PRONTO: ¿Estamos en el peor momento históricamente en cuanto a suicidios?

JOSÉ MANUEL DOLADER: Sí, sin lugar a dudas. En el 2014 hubo 3.910 suicidios porque veníamos de una crisis económica donde se cerraron muchos negocios. Pero en el 2020 se subió a 3.971. Y en el 2021, del que todavía no hay datos oficiales, se estima que se superaron los 4000. Y hablamos de suicidios que se pueden demostrar, pero a su vez hay más de 3.000 personas muertas por caídas accidentales, otras más de 3.000 ahogadas y accidentes de coche que nadie se explica cómo han ocurrido.

P.: ¿La pandemia del COVID-19 ha pasado factura especialmente también en este aspecto?

ANA LANCHO: Sí, porque hay personas de 80 años que hasta ahora habían tenido una vida buena y normal, pero de repente se vieron hundidas por el miedo a morir, por el aislamiento.

P.: ¿Por qué no se habla más de ello, sabiendo que las cifras son tan alarmantes?

A. L.: En psicología no se estudia nada el suicidio y hay muchos profesionales, incluso de medicina primaria, que no saben cómo tratarlo. En los colegios hacen oídos sordos o se silencia. Los familiares se culpabilizan. Todo esto debería establecerse en un plan de prevención.

J. M. D.: Este tipo de plan existe ya en 28 países en el mundo, pero España todavía no lo tiene. El 11 de septiembre del 2021, junto con otras asociaciones, hicimos la primera manifestación reclamándolo. Como la sociedad salió a la calle, el 9 de octubre el presidente del Gobierno declaró que iba a crearse un plan de salud mental.

A. L.: Sí, porque en Euskadi cuentan con uno, pero no lo han puesto en práctica y los suicidios subieron un 30%. Pero en Baleares, donde tienen un plan de prevención y han trabajado en él, bajaron un 9%.

Ana Lancho, presidenta de la Asociación La Barandilla, y José Manuel Dolader, director de la misma.

"Se pueden salvar la mayoría de las personas"

Según los directivos de La Barandilla, los suicidios son, en muchos casos, evitables. José Manuel lo tiene claro: "Se pueden salvar la inmensa mayoría de las personas. Si les transmites a los afectados que, como ellos, hay mucha gente que sufre, se salvarían".

Ana va más allá y desvela cuál es la mejor herramienta de disuasión. "Al final lo que salva del suicidio es el amor en todos los sentidos. Da igual si es el amor hacia unos nietos, hacia unos hijos o hacia unos perros. Cuando hablamos con quienes nos llaman, intentamos que nos cuenten cómo se pueden agarrar a la vida. Y lo que los salva es el amor, el que se sientan escuchados, queridos", asegura.

Una de las profesionales que está atendiendo el teléfono de La Barandilla desde que abrió la asociación es Junibel Lancho. Tanto ella como sus compañeros han tratado con casos realmente duros. "Cuando nos llaman, las personas se encuentran muy mal, están muy desesperanzadas. Hemos atendido también a personas con suicidios en curso, que llaman porque se quieren agarrar todavía a la vida y quieren que les ayudemos. Asimismo, telefonean profesores de instituto, de colegios, padres, amigos, familiares que han visto algo raro y preguntan qué es lo que pueden hacer. La sociedad se está preocupando, cuando antes era un tema tabú", manifiesta.

P.: ¿Qué signos de alerta debemos tener en cuenta para intuir que alguien piensa en un suicidio?

J. L.: En chavales, cuando hay cambios de comportamientos muy bruscos, son más agresivos o toman drogas y alcohol. Y que se empiecen a aislar muchísimo, que estén más metidos de lo habitual en sus habitaciones. A la vez suelen ir mal en el cole y estar muy enganchados a las redes sociales. También verbalizan que no sirven para nada, que son un desastre, que la vida es una mierda, que todos estarían mejor si ellos no hubieran nacido. Y hay que vigilar las autolesiones, que acostumbran a ser en los brazos o en los muslos. En las personas mayores, si padecen depresión, se van poniendo cada vez más tristes. Tienden a aislarse, no les apetece hacer nada, tienen problemas de sueño, dejan de comer, no tienen apetito.

JAVIER MARTÍN: "Decidí quitarme la vida porque no aguantaba más el sufrimiento"

Hace 10 años el ex reportero de "Caiga quien caiga" Javier Martín tenía trabajo, una economía solvente y una vida familiar maravillosa. Pero algo en él no estaba bien: su cabeza. Repentinamente, confiesa, "mi mente explotó, empecé a ver las cosas de forma distorsionada, era como una realidad paralela. De esa fase maníaca pasé a las depresiones y me diagnosticaron un trastorno bipolar".

A partir de ese momento Javier empezó con medicación, pero luego, al encontrarse bien, la dejó. "La depresión, fue lo más duro de toda mi vida. Yo era puro sufrimiento desde que me levantaba hasta que me acostaba, sentía un dolor constante que iba más allá del dolor físico. Y era tan profundo donde había caído que pensé que iba a ser para toda la vida. Y no quería una vida así. Así que decidí quitarme la vida porque no aguantaba más el sufrimiento", asegura.

Javier Martín se ha sincerado sobre su salud mental. 

Con la dureza que supone hablar de algo así, nos contó: "Vivo en una casa con una terraza y llegué a un punto en el que casi me tiro. Pero en el último instante pensé en mi marido, en que alguien le diría que me había quitado la vida, y vi su cara de terror en mi cabeza, así que me dije que no podía hacer eso y que tenía que ponerme en manos de psicólogos".

PRONTO: ¿Cómo estás ahora?

JAVIER MARTÍN: Muy bien. Pero para recuperarse hay que tener paciencia y un buen entorno. A mí, las personas que me rodean me lo han facilitado mucho, tanto mi familia como mis amigos se ocuparon muchísimo de mí, tuvieron mucha paciencia.

También ha sido para él más que una terapia el convertirse en director teatral de un grupo de pacientes del Hospital de Día Lajman. Estos han puesto en marcha varias obras de teatro. "Todos tenemos trastornos mentales graves, incluso yo, el director, que tengo trastorno bipolar. Pero eso les hace sentirse útiles, porque una persona con trastorno mental puede aportar mucho a la sociedad. Verles la cara a los actores cuando les aplauden o cuando el público se ríe con ellos es maravilloso. Para mí el teatro es absolutamente sanador", afirma.