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Carlos e Isabel formaban una bella pareja.

A.L.J.

Tras la reciente muerte de Carlos Falcó, mucho se ha hablado sobre la relación que mantenía con su esposa, Esther Doña, pero poco se conoce acerca de su historia de amor con Isabel Preysler. En Pronto te la contamos al completo:

Cuando el matrimonio entre Isabel Preysler y Julio Iglesias hacía aguas, la filipina conoció a Carlos Falcó. Era un hombre que vivía retirado del mundanal ruido, estaba separado de Jeannine Girod, amaba el campo, tenía sentido del humor, era culto y no tenía la fama de “playboy” de su hermano, Fernando Falcó, que acabaría casándose con Marta Chávarri.

Fue una época en la que la complicidad de Carmen Martínez-Bordiú, que se separó casi al mismo tiempo que ella del duque de Cádiz, se hizo más evidente. Las dos salían y viajaban juntas y no había fiesta o reunión social a la que no asistieran.

En una de estas salidas, Isabel coincidió con Carlos Falcó. Podría decirse que fue John Travolta quien les unió. Porque, aunque se habían conocido años antes en un encuentro que fue muy fugaz, se volvieron a ver en un pase privado de la película «Fiebre del sábado noche». Al acabar la proyección, surgió la propuesta de ir a cenar, pero el marqués de Griñón prefirió retirarse. «Mañana tengo que madrugar para ir a la finca», se excusó.

La esposa de Julio Iglesias no perdió el tiempo y aprovechó la velada para conocer más cosas sobre Carlos. Así fue cómo su compañero de mesa le puso al corriente de todo: sus títulos nobiliarios, sus fincas (a pesar de lo cual tenía poca liquidez e Isabel acabó por prestarle 40 millones de las antiguas pesetas) y su matrimonio fallido con Jeannine Girod, madre de sus dos hijos, Manuel y Xandra.

Cupido se encargó de que volvieran a verse en una cena en casa de amigos comunes. “Cuando entré, vi la sorpresa en el rostro de Carlos. Sonreímos, divertidos por la coincidencia. No se separó de mí en toda la noche”, recordaba Isabel en unas memorias.

Después, la pareja siguió viéndose. Que si una noche de cine (una película de Woody Allen), una cena en un discreto italiano para evitar a los periodistas... Y, finalmente, tras un encuentro inesperado con su suegra, Charo Cuevas, una noche que Falcó la dejaba en su casa, la petición de divorcio a Julio Iglesias.

A los 29 años, Isabel estaba entusiasmada y tenía la sensación de estar con el hombre perfecto, su compañero ideal. Diez años después de llegar a España, había encontrado en el aristócrata lo que llevaba toda su vida buscando y que Julio Iglesias no supo ni pudo darle: estabilidad, amor y, sobre todo, mucha clase.

No hay que olvidar que este romance le sirvió a Isabel para situarse en lo más alto del escalafón social, no en vano se casaba con un marqués. Y, sin embargo, ella ha insistido una y otra vez que no contrajo matrimonio con Carlos para ser marquesa: «¡Estaba muy enamorada!», se ha defendido siempre.

 

Boda en Toledo y luna de miel en Filipinas

La pareja se casó el 23 de marzo de 1980, en la capilla de la ermita de Malpica de Tajo, Toledo, donde el marqués tenía sus bodegas. Sólo 20 personas asistieron al enlace y entre ellas no estaba la gran aliada de Isabel, Carmen, que en aquella fecha ya estaba en París viviendo su amor con el anticuario Jean Marie Rossi.

«Mi matrimonio con Carlos fue totalmente opuesto al de Julio. Carlos es un hombre muy cosmopolita, al que le gusta mucho viajar, moverse, el campo... Julio es más de ciudad y de playa. Carlos era liberal de verdad, yo podía ir a fiestas, bailar y divertirme... Julio más bien era un chico de derechas, conservador, celoso y posesivo. Carlos tiene otro tipo de carácter, otra mentalidad... Me gusta pensar que por lo menos he vivido cosas diferentes, no solamente diferentes, sino que he vivido», declaró en una entrevista la «socialité».

Para hacer borrón y cuenta nueva y dejar atrás sus recuerdos, Isabel vendió el piso de la calle San Francisco de Sales, donde había vivido con Julio Iglesias, que se mudó definitivamente a Miami, y se compró un chalet de tres plantas en la calle Arga, en la colonia de El Viso, donde, por cierto, también vivía Miguel Boyer con su esposa.

Pero no todo eran momentos de felicidad para Isabel. El mismo año de su boda con Falcó, la filipina tomó una de las decisiones más difíciles de su vida: separarse de sus tres hijos, Chábeli, Julio José y Enrique. Por cuestiones de seguridad, tras el secuestro del Dr. Puga, padre del cantante, los niños se fueron a vivir a Florida con el artista.

Poco después, Isabel se quedó embarazada y el 20 de noviembre de 1981 dio a luz a su cuarto hijo, una niña, a la que llamarían Tamara. En aquel parto y a diferencia de los tres anteriores, Isabel estuvo acompañada por su marido, Carlos, que no quiso perderse el nacimiento de su tercer retoño. El marqués era un hombre feliz y enamorado, y de su hija, la más parecida a su madre en cuanto a presencia mediática, siempre dijo: «Tamara es dulzura, transparencia, alegría y sensibilidad».

Carlos Falcó e Isabel junto a una pequeñísima Tamara.

El matrimonio de los Griñón iba viento en popa, como bien demostraba su intensa vida social, sus viajes al extranjero para promocionar los vinos del marqués... Isabel no paraba y era requerida en muchos eventos sociales mientras se convertía en una de las mujeres que nunca faltaba en la lista anual de las famosas más elegantes. Su cotización subió como la espuma y, pronto, se convirtió en un imán para las marcas, que sabían que contar con su presencia en una fiesta suponía una gran publicidad.

Así fue como, en 1984, inició su etapa de periodista para un conocido semanario, estrenándose con una entrevista a su exmarido, Julio Iglesias, y continuando con nombres tan famosos como Richard Chamberlain –protagonista de la exitosa serie de aquellos años «El pájaro espino»–, el tristemente desaparecido Stefano Casiraghi, Gregory Peck, Edward Kennedy y Estefanía de Mónaco, entre otros.

Un año más tarde, la firma Porcelanosa la convirtió en la reina de las baldosas al ficharla como su imagen en sustitución de la actriz italiana Gina Lollobrigida.

 

Carlos Falcó creyó que los rumores eran mentira

El Marqués de Griñón e Isabel cuando estaban completamente enamorados.

El final del segundo matrimonio de Isabel fue largo. Los rumores de que había algo entre ella y Miguel Boyer empezaron a circular de forma velada en algunos medios en 1982. Fue imposible poner coto a aquel amor, negarlo, ocultarlo o hacer ver que no era real. El marqués de Griñón soportó todo lo que pudo porque estaba enamoradísimo de Isabel y siempre pensó que los rumores eran mentira. Pero, al final, tuvo que hacer frente a la terrible realidad.

Intentaron hablarlo, buscar una solución que arreglara los desperfectos de su amor, lucharon por un acercamiento... pero todo fue inútil. Como explicaría Isabel más adelante: “¿Qué faltó en esa relación? Bueno, francamente, se cruzó Miguel en el camino. No fue culpa de Carlos, fue mía, qué quieres que te diga. Lo sentí muchísimo por él, pero me enamoré”.