La vida de Rocío Carrasco (capítulo 5): el rostro de la muerte y una herencia maldita

Tras saber de la fragilidad del amor, Rocío conoció la de la vida, y, en cinco años, tuvo que enfrentarse a la pérdida de sus padres y reconstruir su mundo, en medio de las batallas por el testamento de Rocío Jurado

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Tras la muerte de su madre, la relación con su familia se rompió.

Redacción

Desde que nació, hemos sido testigos de una vida que, a pesar de contar con todos los números para la lotería de la felicidad, ha estado llena de dolor y de pérdidas.

Y uno de los momentos que marcaron su existencia de forma permanente se produjo en el 2001. Rocío estaba separada ya de su primer marido y, tras unos meses muy complicados y de dura pugna ante los tribunales, había conseguido la custodia de sus dos hijos, Rocío y David Flores; estaba trabajando en televisión con María Teresa Campos y había rehecho su vida sentimental al lado de Fidel Albiac, el hombre que le había devuelto la sonrisa. Por primera vez en su vida, todo en ella parecía encajar.

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Uno de los últimos momentos de felicidad familiar, en mayo del 2005, en la Comunión de Gloria Camila. 

Las dos versiones de la última conversación con su padre

Pero poco iba a durar aquel oasis de felicidad, porque el 27 de enero del 2001, de forma repentina, su padre, Pedro Carrasco, que tenía 57 años, sufrió un infarto que acabó con su vida mientras estaba solo en su casa, preparándose para ir a recoger a su segunda esposa, Raquel Mosquera, a su peluquería.

Aquella muerte dejó a Rociíto destrozada. El boxeador no sólo había sido un aliado durante toda su infancia y adolescencia, también fue quien más la quiso y, a pesar de sus diferencias, su amor era incondicional. De hecho, poco antes del fallecimiento, padre e hija tuvieron una conversación llena de cariño, en la que él se disculpó con Fidel y a Rocío le dijo lo mucho que la quería. Esa fue la última vez que hablaron, a pesar de que Raquel explica otra versión, según la cual ambos no se reconciliaron jamás y la discusión que mantuvieron la última vez que se vieron desencadenó el trágico final de su marido.

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La joven, con Fidel, su madre, Ortega Cano y Amador, en el funeral por su padre, en enero del 2001. 

Sea como fuere, días después de que Rocío hiciera las paces con su progenitor, ella y Fidel se marcharon a Sevilla y es allí donde se enteró de la muerte de su padre, cuando regresaba de hacer unas compras.

Nada más abrir la puerta, su compañero le dijo que Pedro había sufrido un infarto. Rocío no se dio cuenta del alcance de aquella frase, de su verdadero significado, y creyó que había sido un susto, nada que no tuviera remedio. En su alma no cabía otra posibilidad. Así que, mientras dejaba la compra, "le contesté que no pasaba nada, porque estaba con Raquel y nosotros iríamos al día siguiente al hospital". Entonces, la mirada de Fidel y el gesto que hizo con la cabeza le golpearon con una crueldad insoportable. De repente todo se oscureció, porque comprendió que su padre estaba muerto. "Con él, se fue una parte de mí". Fue una época muy dura para Rocío, que se refugió en los suyos para superarlo. La joven comprendió entonces, después de sentir durante meses la mano de Fidel junto a la suya, guiándola en el camino del duelo, que el sevillano era su gran amor y que deseaba pasar el resto de su vida con él. "¡Quiero casarme con Fidel!", gritó a los cuatro vientos en el 2003. No sólo eso, sino que quería hacerlo de blanco y por la Iglesia en cuanto tuviera la nulidad eclesiástica de su matrimonio con Antonio David Flores.

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Una vez más, su pareja fue su mayor apoyo para salir adelante.

El desamparo de saberse huérfana

Pero aún faltaba mucho para cumplir ese sueño y, antes de lograrlo, la vida iba a ponerla a prueba de nuevo de la forma más cruel. Todo empezó en el 2004, cuando le diagnosticaron cáncer de páncreas a su madre. A pesar del optimismo inicial, las sombras de la enfermedad fueron extendiéndose mientras la familia hacía piña y trataba de mantener el ánimo de la Más Grande, que se sometió a un tratamiento en Houston (EEUU). 

Lo intentaron todo, pero el 1 de junio del 2006 se produjo el fatal desenlace y Rocío Jurado enmudeció para siempre, dejando a Rociíto en "shock". Remontar aquella caída y acostumbrarse a esa nueva ausencia mientras asimilaba que se había quedado huérfana, iba a ser una misión casi imposible. Como expresó, reflejando su tristeza y desamparo: "Se iba el otro trozo que me quedaba". Basta con ver las fotos del día del funeral, con una Rocío Carrasco desconcertada ante todo lo que ocurría a su alrededor –los aplausos, las miles de personas que despedían a la artista mientras ella intentaba despedir a una madre–, rota por el dolor e incapaz casi de sostenerse en pie, para comprender su dolor.

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Rocío se inclina ante el féretro de su madre. 

Sólo un mes después de aquel infierno, la joven volvió a probar el sabor amargo de la vida al enterarse de que, después de varios años de espera, el juez había sentenciado que iba a tener que compartir la custodia de sus dos hijos, Rocío y David, con su exmarido y padre de ambos. No es difícil imaginar cómo se sintió Rocío, qué inquietudes la invadieron y qué miedos resurgieron, en una época tan crítica y llena de dolor e incertidumbre como aquella.

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Rocío Carrasco con sus hijos, cuando eran pequeños.

Los problemas familiares por la herencia de Rocío Jurado

No era el mejor momento para recibir otro revés. Porque, aparte del hundimiento de su mundo, tuvo que hacer frente también a las consecuencias de la herencia de su madre. Fue, como suele decirse, una herencia envenenada y el origen de muchos males en el clan de la Más Grande, cuyo legado económico destrozó la unidad familiar que había construido a lo largo de los años y que se volatilizó como si fuera un frágil castillo de naipes. Dicen que nada rompe más familias que las herencias. Pues bien, lo que ocurrió en el clan Jurado es un claro ejemplo de esta realidad.

El legado de la cantante, valorado en 7 millones de euros, recayó en su mayor parte en su primogénita, que fue nombrada heredera universal, y, además, se quedó con su patrimonio musical y con sus efectos profesionales y personales. También fueron para ella una finca de Chipiona y el apartamento de Miami, que acabó vendiendo, algo que disgustó a José Ortega Cano, causando una grieta –pequeña, pero grieta al fin y al cabo– en su relación, hasta entonces muy buena.

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Ortega Cano y Rocío Carrasco, cuando su relación era buena.

Rocío Jurado estableció en su testamento que su casa de La Moraleja tenía que venderse en un plazo de dos años y repartir el dinero de su venta entre sus tres hijos: Rocío, Gloria Camila y José Fernando. A Ortega Cano, a quien, gracias a sus éxitos en los ruedos, no le faltaba de nada, le legó su parte de la finca Yerbabuena, mientras que a su hermana Gloria le dejó la casa familiar de Chipiona y a Amador, parte de la finca Los Naranjos y una nave industrial. Y resulta que a ninguno de los dos hermanos le gustó lo que le había tocado en el reparto, sobre todo a Amador, quien, de ser el representante artístico de la Más Grande, pasó a tener que vivir de lo que le pagaban algunas televisiones con las que colaboraba. 

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El hermano de Rocío Jurado se sintió perjudicado en su herencia.

La cuestión es que la herencia de la Jurado abrió la caja de Pandora de las envidias y los agravios comparativos entre los miembros del clan y lo que al principio fue un leve murmullo de quejas acabó convirtiéndose en un enfrentamiento que provocó que la firma de la herencia no se llevara a cabo hasta casi un año después. Sin embargo, la rúbrica del documento no era la garantía de que se hubiera restaurado la paz familiar. Ni mucho menos.

El testamento de Rocío Jurado destrozó la frágil convivencia de los suyos y si alguien se vio afectada por sus consecuencias, ésta fue Rocío Carrasco, que, hoy, no se habla con sus hermanos ni con su tío Amador ni con Ortega Cano. ¿Y cómo empezó esta guerra? ¿Fue por la herencia o se gestó años antes? Y ¿tiene Fidel algo que ver? Lo sabremos en el próximo capítulo de la vida de Rocío Carrasco, ¡no te lo pierdas!